En el límite de la desesperación, está la vida,
En el límite de la llama,
Justo en el lugar donde se vuelve traslúcida
Se halla el lugar más caliente, el más ardiente,
En el centro del corazón que nos delata
En la oscuridad y la luz.
En el límite del odio y del dolor,
Está el perdón, también el perdón a uno mismo,
Por no luchar suficiente o por luchar demasiado
O por rendir las armas o blandirlas
O no pararse en la almena a contemplar la luna.
Corre hacia las fronteras, hacia donde todo termina
Porque también es el inicio de todo,
El comienzo del resto de lo que queda.
Huye por los caminos sin saber a dónde conducen,
Solo huye y recorre senderos
Porque en eso cosiste la vida,
Al menos la vida que merece la pena ser vivida.
Un espacio para el pensamiento libre, para lanzarse al vacío, sólo, con el paracaídas de la palabra. Si eres osado en tu pensamiento, si no tienes prejuicios, si la vida te apasiona; di "amigo" y entra.
martes, 16 de julio de 2019
viernes, 21 de junio de 2019
RUMBO A BERLÍN.
Suena el despertador, suena
primero de manera pausada, melancólica como una canción de cuna inversa. Tarda
poco en detenerse. Durante unos segundos vuelve a reinar el silencio. Luego, de
nuevo, comienza a sonar de manera furibunda, esta vez con un estrépito
desagradable que retumba en toda la soledad y el silencio de la casa. Me
levanto del sillón y voy hasta el dormitorio a apagarlo. Son las cinco de la
mañana. Llevo despierto desde las dos. Me acosté a la una. O sea que he dormido
una solitaria y raquítica hora. Desde que me levanté he estado enfrente del
ordenador navegando por internet y tomando café. De vez en cuando me he dado
una vuelta para revisar algo del equipaje o comprobar que todo estaba bien
empaquetado.
Las seis menos diez. Por fin es
la hora de ponerse en marcha. Odio las esperas. Soy una persona de acción. Me
gusta actuar, planificar, quemar etapas. Pero la desidia del lento tiempo reptando
en un mar de ondas temporales de manera calmada hacia la nada me desespera.
Pero como digo es la hora de ponerse en marcha. Sitúo cada cosa en su lugar
previamente fijado en mi cabeza. Todo encaja como en un engranaje perfecto,
como un autobox que cambia de forma. Yo me transformo en el Travelman. El bolso
con la documentación cruzado sobre el pecho. La mochila encima, sobre la
espalda. La maleta en la mano izquierda. Todo perfecto, todo preparado para
ensamblarse y desensamblarse de manera autónoma. Me encanta el orden, la
simetría. Es tan pulcra, tan carente de la imperfecta humanidad.
Bajo las escaleras y salgo a la
oscuridad nocturna de la ciudad. También eso me gusta. Una ciudad silenciosa,
despoblada y solitaria. Si pudiera permanecer así para siempre. Sin la ruidosa
gente. Sin sus malos modales. Si pudiera permanecer inmutable por incontables
eones protegida por una capa sobrenatural que la preservara del desgaste de la
entropía. Sería entonces tan bella en su eterno sudario de muerte … Me encantan
las ciudades aunque no soporto a sus habitantes.
Me encamino hacia la parada del
bus SN2 frente a la sede local del Partido Popular. No puedo evitar que un
escalofrío me recorra el cuerpo. Pero no hace frío pese a ser la dos de la
mañana. Será algún episodio alérgico, digo yo. Dejo la maleta y sobre ella un
jersey y una chaqueta. Porque en Berlín ya refresca y gracias a las políticas
low cost cualquier mínimo excedente en la maleta se paga con 60 euros de multa.
Así es que viajo, como Machado con lo puesto casi.
Mientras espero miro los
horarios: el primer servicio comienza a las seis y veinte. Con mi proverbial
habilidad me he adelantado al menos 25 minutos. En fin, no tengo remedio. Me
toca volver a esperar. Paseo como una fiera enjaulada, pero a diferencia de
estas, no para salir sino para entrar al recinto del bus. Después de un rato de
solitarios paseos se acerca un anciano vestido de manera impecable y espigado
como un obelisco. Saluda con rotundidad. Y yo contesto un poco indeciso. Ya
casi nadie saluda por las calles de la ciudad. Antes, en los pueblos, uno se
cruzaba por las calles con gentes a las que no había visto en su vida e
intercambiaba los buenos días de rigor, o el con dios que decía mi abuela. Hoy
ya ni en los ascensores o las escaleras la gente se dirige la palabra. Pero
aún, los más auténticos permanecen fieles a la costumbre educada y, en las
solitarias paradas de los autobuses o lugares cerrados, se niegan a abandonar
la ancestral manía de demostrar que son humanos.
Los minutos van pasando con
lentitud exasperante y mis paseos se hacen más frenéticos ante la duda de si el
autobús recorrerá la distancia hasta la estación de autobuses con la suficiente
rapidez como para llegar antes de las siete, hora en que sale mi transporte con
destino al aeropuerto de Málaga.
Por fin llega. Vacío y enorme
como el estómago de la ballena, y me engulle a mí y a mi equipaje. Me siento
Jonás navegando por el mar urbanita mecido por las olas silenciosas de la noche
de finales de verano. Quedan 45 minutos, teniendo en cuenta la hora y que es un
día laborable no creo q haga muchas paradas y debería de arrivar con holgura a
la estación antes de la hora funesta. Me relajo y me sumerjo en la ciudad
desierta y dura a base de ladrillo y asfalto. Se detiene en la primera parada
para recoger un par de pasajeros. Continúa el viaje. Vuelve a parar en la siguiente,
sube más gente. Como una Tenia que se va volviendo grávida a medida que recorre
los intestinos de la ciudad se va deteniendo en cada una de las malditas
paradas sin dejar de engordar con pasajeros que suben y suben y suben. Y a
medida que van subiendo el tiempo se hace infinito como en la ecuación de
Einstein, donde la masa de pasajeros va alargando los minutos que tarda en
llegar a la estación. A mitad de la Redonda se sube el cuarteto Maravilla. Dos
chicos y dos chicas que vienen de marcha y amenazan con entrar en combustión
espontánea de un momento a otro. Las destilerías ambulantes me rodean y gracias
a ellos soy como una fruta que se sumerge en alcohol para obtener esa maceración
perfumada.
Me desespero a medida que el
autobús va parando. Me gustaría coger al conductor del uniforme y zarandearlo
gritando, por dios no pare más, no ve que voy a perder el vuelo. Mientras la
ira va colmando mi desazón por fin llego a la estación de autobuses, son las
nueve. Salgo del autobús volando como un pájaro al que han abierto la puerta de
la jaula y corre hacia otra jaula ante el terror del mundo abierto. Localizo el
autobús que ha de llevarme a Málaga. Dejo la maleta en su panza y subo arriba,
no sin que antes un guiri se me cuele por estribor con un empujón, demostrando
que la mala educación no es algo exclusivo de nuestros lares.
Por fin de nuevo sentado en un
cómodo asiento de cuero, único en uno de los laterales del bus. Dormito. El
bicho se desliza suavemente por las autovías como por las venas de un ser
antediluviano gigantesco. Llego al aeropuerto 45 minutos antes de que salga el
vuelo.
El aeropuerto de Málaga. El
chiringuito de España. Seres pálidos, casi fantasmales que llegan cargados con
enormes maletas en las que supongo tratan de trasladar la civilización a
nuestro tercer mundo. Seres crustaceados, cocidos al fuego lento de la costa,
enrojecidos a partes iguales por el astro rey y el calimocho o la cerveza. Qué
también cargan con descomunales equipajes, quizá los mismos que trajeron o no.
El aeropuerto es una marabunta humana, la marabunta que llega de centro Europa
para ahogarse en nuestras costas, pero que de forma milagrosa vuelve de nuevo a
sus tierras norteñas. Hoy los nuevos peregrinos no llevan vieiras y báculos,
llevan bañadores y palas de playa. Eso sí el calzado sigue siendo el mismo, un
poco más moderno, la alpargata de esparto es ahora chancla plastificada, con
sus calcetines correspondientes para las durezas del camino.
Yo también me he modernizado. Un
poco. Llevo mi tarjeta de embarque en el móvil. Pero como soy un desconfiado
por naturaleza, también la llevo impresa. Precavido y beligerante con el exceso
de tecnología a partes iguales. Al final no puedo retenerme el ramalazo de
nostalgia, guardo el móvil y enseño el papel varías veces doblado y arrugado a
la eficiente chica de la cola de facturación. Usted no tiene facturación debe
ir a las colas de acceso.
Minutos preciosos perdidos. Corro
por las infinitas colas del aeropuerto como entre los géiseres del parque de
Yellowstone, desaparecen y se crean de forma súbita. Una chica quita una cadena
y de pronto, como llovidos de las profundidades magmáticas de la tierra, un
chorro de turistas lampantes se apiña frente a ella.
En la lejanía diviso una multitud
frente a las puertas de Ishtar. Son los turistas recorriendo laberínticos
caminos para pasar por los arcos de seguridad. Menos de 20 minutos para el
cierre de la puerta de embarque. Me sitúo en una de las infinitas colas. Y digo
bien, infinitas, pues mientras se acortan por delante crecen por detrás, de
modo que no tienen fin, siguen y se renuevan sus eslabones uno por uno, nuevos se unen al final sin parar en una
sucesión perpetua.
Por fortuna los funcionarios son eficaces
y la cola avanza sin cesar. Por fin llego, me desmonto, me quito todo lo
metálico o lo que pudiera serlo en un universo paralelo, o lo que pudiera
levantar alguna sospecha, o lo que es líquido o pudiera serlo bajo incrementos
brutales de presión y temperatura, o cualquier cosa que piense que puede
molestar al agente de la autoridad o a su madre o a su abuela. Por si acaso.
Finalmente paso. Me vuelvo a
automontar. Travelman acoplado. Corro ahora hacia la puerta de embarque por
fin, llego siete minutos antes de la hora de cierre. Y me pongo en una nueva
cola donde la gente se sienta en el suelo, come galletas, bebe café. Qué poco
glamour tienen ahora los vuelos. Las primeras veces que yo volé parecía como
cuando se iba al médico, bien aseado, pulcro, con modales de persona de bien.
Ahora los vuelos se han democratizado, o sea que se puede vestir como un
pordiosero, llevar mochilas que se caen a pedazos y sentarse en el suelo a
comer bocadillos de mortadela con total impunidad.
Pasa la hora límite de embarque.
Y la hora de salida del avión. Y seguimos en la cola. Ya se va acumulando la
tensión de las prisas ahora innecesarias, a buenas horas mangas verdes, y el
cansancio y la madre que parió a las compañías aéreas que me hacen correr para
que ellos luego puedan disponer de mi tiempo con total arbitrariedad. Por fin
se abre la puerta de embarque y comenzamos a entrar en una sala que da paso a
los espacios donde los aviones se encuentran estacionados. Nos empezamos a
hacinar en la habitación. Cada vez entran más personas, niños llorando, jóvenes
gritando, padres llorando y suspirando que quien les mandaba a ellos viajar.
Al fin nos dejan entrar al avión.
Deambulamos por un pequeño laberinto hasta llegar a la aeronave. Subimos las
escaleras. Consigo mi asiento. Lo acaricio. Me parece tan amado, lo he echado
tanto de menos. Froto mi nuca contra su piel de plástico. Me siento
reconfortado y a salvo.
El señor comandante y toda la
tripulación se disponen a ponerse a nuestro servicio para hacernos llegar a
Berlín. Hablan en varios idiomas, nos dan la bienvenida, nos proporcionan
instrucciones. Todo parece tan formal, tan bien organizado, tan serio. Me
incrusto en el asiento y me dispongo a esperar el despegue. No me dan miedo los
aviones, nunca desde la primera vez que subí. Como decían en el Bosque Animado,
lo que da miedo es la vida. El avión se pone en marcha y pienso que pronto
estaremos en el aire. Iluso de mí. Comenzamos un baile desprovisto de toda
gracilidad por el aeropuerto; los aviones se deslizan por las pistas, tomando
curvas y cediéndose el paso unos a otros en un baile orquestado a través de un dédalos
invisible en busca de la pista que les corresponde. Y vamos dando trompicones
por las pistas de asfalto, trotando como potrillos neófitos incapaces de
lanzarse al galope por cobardía o impericia. Y trotamos y trotamos y trotamos.
Más de media hora de trote por las pistas y más de ocho horas desde que salí de
mi casa sigo deambulando por las pistas del aeropuerto de Málaga, ciudad
situada a unos ciento treinta kilómetros de mi domicilio. He recorrido este
trayecto a una prodigiosa velocidad de 16 km/h. ¡Qué portentoso avance el de la
aviación!
Por fin el avión parece encontrar
un cacho de asfalto que le parece aceptable y empieza a tomar velocidad. En
unos pocos segundos estamos en el aire camino de Berlín. Bueno lo peor ha
pasado, y ahora toda será comodidad y tranquilidad.
Eso es lo que creía. Pero me
equivoco. De un momento a otro el interior del fuselaje del avión se transmuta
y se convierte en el plató del Precio Justo o La Ruleta de la Fortuna. Empiezan
a pasar azafatas y azafatos vendiendo
cupones de sorteo, todo tipo de bebidas y cachivaches, y cualquier cosa que sea
susceptible de poder comprarse en un avión. Pero no pasan una vez, no, que va.
Pasan una y otra y otra en una rueda cósmica sin fin, en donde el show se mantiene
durante todo el trayecto.
Intento leer un poco y
desaparecer de aquel escenario montado para el consumismo. Pero la verdad es
que el continuo movimiento acompasado del personal de cabina por un tan
estrecho pasadizo es hipnótico. Cuando vuelvo a retornar a la realidad nos
disponemos a aterrizar en Berlín.
En la maniobra de acceso me
sorprende al bajar de las alturas los entornos de la ciudad. Es un cenagal.
Aguas estancadas, lagunas y vegetación acuática en un mar verde es lo único que
puedo ver desde las ventanas del avión. Por fin se ven los primeros edificios
escondidos por el entorno natural. La primera impresión que tengo de Berlín es
la de una ciudad que se esconde para no llamar mucho la atención.
Tras el aterrizaje y un rato
esperando el equipaje por fin consigo salir del aeropuerto que me parece
diminuto para una gran ciudad como esta y por fin salgo al cielo berlinés que
me recibe con un sol radiante. Ahora solo queda llegar a la pensión situada en
mitad de la ciudad. Hay una especie de tren pero no me da confianza y yo he
mirado por internet que un autobús me deja cerca del alojamiento. Pero donde
está la parada de autobuses. Ni idea. Oteo el horizonte y a unos doscientos
metros veo un grupo de personas que parecen esperar. Me dirijo hacia allí con
todo el montaje de transporte encima arrastrándome como una babosa por la
carretera.
Cuando me acerco efectivamente
veo postes con números. Consulto mis apuntes. Leo los letreros. Ni rastro del
que yo creía que debía de coger. Al fin llega un autobús y yo muy gallito me
dirijo al conductor para preguntarle con mi mejor acento en inglés gracias a mi
B1 recién adquirido que cuál es el autobús que me lleva a la dirección. El
conductor moreno, cejijunto, con un perfecto acento turco-germánico me habla en
algún idioma fronterizo entre ambas nacionalidades. Virgen del amor hermoso. Yo
insisto en inglés figurado y finalmente el hace un movimiento de asentimiento
al escuchar la calle, supongo, y me da un número de autobús. Luego cierra las
puertas del bus y sale como alma que lleva el diablo.
Doy una vuelta y efectivamente encuentro el
número en un palitroque. Espero. Son las 18 horas. Doce horas desde que salí de
mi casa. El cansancio comienza a apoderarse de mí. Sin comer. Sin agua. Cargado
como un porteador africano de los de Tarzán. Sigo esperando. Y por fin, lo veo,
el número mágico, el número de la suerte. El número que me llevará al paraíso
de la pensión.
Para, entro, saludo en inglés, y
lacónicamente digo con un brillo de esperanza en los ojos el nombre de la calle
que está junto a la pensión, el conductor, un alemán mallorcete y con cara de
bonachón me mira y en un acto de misericordia impremeditada, asiente con una
sonrisa. Yo estoy a punto de caer de hinojos y lavarle los pies, pero
simplemente le doy las gracias y entro despacio saboreando el olor de la
victoria. Me siento. El autobús arranca. Arranca y deambula. Se dirige hacia
las afueras de la ciudad hasta incrustarse en uno de sus barrios. Y luego en
una romería a la que solo le faltan las sevillanas y el calimocho comienza a
recorrer calle tras calle, barrio tras barrio de Berlín, haciendo infinitas
paradas, recogiendo y dejando gente. En una trayecto que parece no tener final
nunca. Son barrios obreros a tener de las construcciones y de los pasajeros que
suben y bajan en ellos. Edificios grises, utilitarios y clónicos unos de otros.
Construidos durante la época comunista. Sin una floritura. Todos
milimétricamente iguales. Tras 45 minutos viendo el mismo paisaje el suicidio
acude a mi mente como un amigo que viene de visita para evitarte la agonía del
sufrimiento postrer.
Por fin el autobús parece
alejarse de los barrios obreros y dirigirse hacia el centro de la ciudad. Hasta
que finalmente me deja en una estación de autobuses situada en una gran plaza.
Miro mis notas. Dios mío, no puede ser, me he equivocado, no estoy cerca de la
pensión, no es la calle. El cansancio, la ira y la frustración se apoderan de
mí. Por fortuna estoy en Europa, en una ciudad civilizada y no en EEUU donde
llevaría un Kalashnicov en la maleta para volcar toda mi locura en los pobres
desgraciados que me rodean. Me dirijo a otro conductor y le enseño el papel con
el número de la calle de los cojones. El hombre me mira turbado, supongo que ve
la sangre en mis ojos y con cierta lejanía me señala: el metro.
Me encamino hacia la boca de
metro y miro los paneles. Efectivamente una de las líneas me deja en la calle
maldita. Me meto por los túneles del metro. Qué diferente al metro de Madrid o
Barcelona. Es menos apoteósico, como todo en Berlín es funcional y poco más. Me
subo a la línea. El trayecto es corto, solo tres o cuatro paradas. Por fin
emboco la salida del metro y al final de las escaleras me paro un segundo para
consultar mis notas y saber dónde estoy en un mapa. De pronto me percato de que
ya no hay sol. El cielo se ha convertido en una plancha gris que amenaza con
desplomarse sobre las cabezas de los berlineses y de los desgraciados turistas
como yo. Y efectivamente es lo que ocurre. En apenas unos segundos comienzan a
caer unas gotas pequeñas casi insustanciales y de pronto sin más aviso una
tromba de agua cae a plomo. En mitad de la calle, guardo el móvil para que no
se moje, me quito la mochila y busco un impermeable. El agua me corre por las
gafas y casi no veo. Como puedo abro el impermeable y me lo pongo entre la
cortina inmisericorde que se desploma del cielo. Me vuelvo a poner la mochila y
camino bajo el aguacero enfilando la calle de la pensión. Unos metros antes de
llegar como por ensalmo la lluvia cesa de modo tan súbito a como apareció. Al
acercarme veo a David que me espera. Me acerco a él. Dejo las maletas en el
suelo y me quito la mochila y el impermeable.
-La puta madre que parió a
Berlín, grito, mientras unas lágrimas furtivas corren por mi cara mezclándose
con las gotas de lluvia berlinesa.
UN MAESTRO EN EL EXILIO.
La aldea tiene un aire como de
cementerio chico, familiar, en el que todos los muertos se conocen y se tratan.
Está en las estribaciones de una montaña que la protege y la castiga a partes
iguales como un progenitor sensato. A veces lanza la montaña sobre la pequeña
población su reprimenda de nieves, hielos y fríos para que no olviden los
lugareños que hay que hacer frente a la vida y aprender a vadear las
adversidades. Luego, pasada la reprimenda, la montaña extiende su mano
acogedora de aguas cantarinas, bosques perfumados e hierbas acolchadas en
derredor del pueblo, y lo acaricia con la suavidad de su primavera florida y
feraz. Todo eso lo sé ahora y lo he aprendido con el tiempo.
Sin embargo, cuando llegué el
primer día a aquel pueblo de la serranía tras atravesar la laberíntica
carretera de montaña que desemboca en él, pensé que había sido exiliado del
mundo civilizado por mis pecados y que era justo que alguien tan abyecto como
yo pasara allí el resto de su vida.
Puse el Gps para que me llevara
hasta la escuela. Entonces mi desesperación fue absoluta. No funcionaba. Paré
en la cuneta y apoyé la cabeza en el volante, como en las películas de
Hollywood. Sollocé quedamente. Cuando por fin me tranquilicé un poco al volver
por un momento, aunque fuera en mi imaginación, a los filmes de mi época
urbanita, volví a conducir hasta llegar a las afueras del pueblo.
Allí, en un pequeño parque volado
a forma de balcón sobre la ribera del río, algunos pueblerinos momificados en
su vejez iban girando sobre sus propios talones como girasoles en busca de los
famélicos rayos del invierno. Paré junto a ellos. Volví a suspirar sin poder
soportar la melancolía. Bajé la ventanilla y pregunté desde la distancia,
perdonen me pueden decir cómo ir a la escuela.
Los chivos enchaquetados con
camisas blancas oliendo a alcanfor y trajes de rejilla pardos me miraron con
desconfianza, como evaluando el grado de peligrosidad que yo representaba para
sus vidas monótonas e insustanciales.
Tras unos segundos de silencio
uno dijo en algún idioma parecido al español, tire esa calle parriba y cuando
llegue a la plaza, a la derecha, no tie pérdida.
Di las gracias y seguí la
dirección indicada, una pronunciada cuesta semiasfaltada y estrecha que como
había dicho el buen hombre me condujo a una pequeña plaza en la cual por
supuesto estaba la iglesia. Giré y desemboqué a otra escuálida explanada en la
que efectivamente estaba la escuela.
Aparqué el coche y me quedé allí
sentado, mirando aquellas cuatro aulas frías, austeras y funcionales,
encuadradas por un enorme macizo montañoso que a sus espaldas se levantaba como
una gigantesca mole adusta, casi amenazadora.
Volví a llorar, pero esta vez no
hubo lágrimas.
domingo, 12 de mayo de 2019
LA VIDA DE NINO.
-
Hola, me llamo Nino y tengo siete años para ocho
–digo- mientras me pongo en pie delante de toda la clase.
La maestra nos
ha pedido que nos presentemos. Es otra. No es la maestra del año pasado que se
llamaba Lucy. La maestra Lucy era joven y guapa y tenía un diente torcido que
se veía cuando abría la boca.
Esta maestra
es vieja. Y habla muy alto. Toda la clase está en silencio siempre cuando
habla, yo creo que porque si no, nos explotarían los oídos. Esta maestra se
llama Carmen y me gusta regular.
Por fin hemos
terminado las presentaciones y hemos salido al recreo. El recreo es lo que más
me gusta del cole. Porque juego con mis amigos y me como el bocadillo. Hoy el
bocadillo es de chopped, que no me gusta mucho, pero me lo como porque tengo
hambre.
Al lado de mí
se ha sentado en el bordillo un niño que es negro. Tiene la nariz muy ancha y
unos ojos enormes y pelo muy raro, como cuando yo me paso varios días sin
peinarme.
-Hola, soy
Nino -le he dicho- ¿porqué eres tan oscuro?
-No sé -me ha
respondido- es algo de dentro, creo. Y tú, ¿por qué no tienes color?, ¿estás
enfermo? -me ha contestado.
Yo no creo que
esté enfermo, al menos no me duele nada. Y qué es eso de que es negro por algo
de dentro. Se tragó un bolígrafo y se le ha salido la tinta. A mí una vez me
pasó en la mochila, y se puso toda negra por fuera.
Me gustaría
preguntárselo a los mayores pero siempre están ocupados. Y cuando no, me hablan
con palabras que no entiendo. Una vez pregunté que por qué mi pelo era rubio y
me dijeron que era genético. ¿Gené que? Eso que significa. Pero nadie me lo
explicó. Lo puse en google y me dijo relativo a los genes. Pues vale. Estamos
igual. Busqué gen, podía leer las palabras pero decía algo que no entendía. Estaré
de verdad enfermo por algo que tengo dentro.
Me parece raro
porque yo sé cuando estoy enfermo. Cuando me pasa me duele y me siento mal. Y
además luego no estoy como si tal cosa, como les pasa a los bebés, que ahora
lloran y están malos y un momento después, como si nada. Yo soy mayor, a mí
cuando me duele no se me olvida tan fácil. Claro que podría ser enfermo como
papá y mamá que a veces se encierran y se quejan y luego salen al rato como si
nada les doliera.
Una vez los
escuché quejarse y entré en la habitación para saber que les dolía. Pero no
parece que estuvieran enfermos, mamá estaba sosteniendo la pared y papá estaba
detrás empujándole para ayudarla. Yo salí corriendo gritando, yo ayudo, yo
ayudo, e hice todas mis fuerzas para que la pared no cayera sobre papá y mamá.
Pero ellos se asustaron mucho y empezaron a decir palabrotas de esas que me
dicen que no diga porque son solo de mayores, y saltaron de la cama para sacarme
de la habitación. Pero la pared no se cayó al dejarla cuando dejaron de
empujar. Yo no sabía que era tan fuerte y la podía sostener yo solo.
Otra cosa rara
también fue que estaban desnudos como cuando nos bañamos. Supongo que iban a
bañarse cuando vieron que la pared se caía y fueron corriendo a sostenerla.
Menos mal que al final entre los tres conseguimos que no pasara nada. Esa pared
hay que arreglarla porque de vez en cuando papá y mamá tienen que ir a
sostenerla, pero ahora han puesto un pestillo para protegerme de que no me pase
nada si se cae. Ellos no saben que soy tan fuerte que puedo sostenerla yo solo.
Bueno tengo que averiguar qué es eso de la genética. Y
porqué mi amigo Juan
lunes, 18 de marzo de 2019
EL ÚLTIMO MOHICANO.
Lo cierto es que el peso de la
sociedad, del ambiente que nos rodea, es muy grande. Inmenso y descomunal,
diría yo. Hace poco vi en la tele Capitán Fantastic. Me puso de muy mala leche
ver como un padre egoísta y desquiciado hipotecaba la vida de sus hijos, los
destruía como personas en una fantasía comunista antisistema en aras de la
pureza intelectual y los convertía en seres asociales e inadaptados que no
podían interrelacionar con ninguno de sus semejantes de una forma sana.
Pero también me molestó mucho el
final, en el que el hombre, vencido por sus suegros y por sus propios hijos en
rebeldía tras descubrir que se habían convertido en unos fenómenos de feria, el
hombre digo, cedía a las presiones de la sociedad, se compraba una granjita y
enviaba a sus hijos al colegio para convertirse en buenos americanos que vivían
en comunidad.
Algo de rebeldía ardía en mi
interior, no porque sus hijos fueran al colegio y se educaran, que es lo que
tenía que haber pasado desde el principio, sino por la rendición, por la
certidumbre de que el sistema, de que la sociedad siempre gana, por unos
métodos u otros.
Me recuerda a un querido amigo,
una buena persona, culta, interesante, infeliz quizá en su soledad y
marginalidad que influido por su pareja, se ha convertido en un ser superficial
y egoísta. Lo entiendo. Entiendo que la presión es muy fuerte. Que es muy
difícil mantenerse fiel a los principios. No ceder a la basura de las
televisiones que es lo que luego va a hablar la basura de la mayoría de gente
que uno conoce en la vida. Es difícil leer libros, cuando con casi nadie puedes
ya compartirlos, porque la gente habla de series de pacotilla, supuestamente
excelsas, que no profundizan en los temas y son visiones superfluas y sesgadas
de temas complejos. Comprendo que el impuso de supervivencia te lleve a coger
el camino fácil. Ceder a la presión social para integrarse, para convertirse en
uno más, para ser popular y tener cientos o miles de supuestos amigos de las
redes que te dan “like” como si eso valiera lo mismo que un abrazo.
Es infame. Al menos para mí. Lo
siento, pero no pienso ceder. Comprendo a quienes lo hacen, aunque me dan mucha
pena. Y además, entonces ya no me interesan. Para vulgar y mundano tengo donde elegir.
Si quisiera carne picada la podría encontrar a cientos. ¿Soy un elitista por
ello? Puede ser. Pero me trae sin cuidado.
Lo siento, pero si hace falta
seré el último de los mohicanos. Y cuando ya todos hayan marchado, tal vez rece
porque también me lleven a mí. Pero entretanto, aquí sigo con el tomahawk
dispuesto a cortar las cabelleras de los vulgares, necios, simples … No pienso
dejar ni uno.
miércoles, 15 de febrero de 2017
LA OBRA SOCIAL DE LOS BANCOS.
A veces,
cuando hace frío en la noche un cajero es un lujoso hotel con un recepcionista
electrónico. Los sin-techo entran en ellos y dicen buenas noches al dormido
empleado mientras extienden sus cartones y preparan el vino barato para la
cena. Con suerte alguna visita inesperada entra de manera inadvertida en sus
habitaciones y, como suelen ser estas visitas impertinentes, lo manosean todo
mientras ellos se hacen los despistados para no crear malos rollos. Los
sin-techo son viejos o jóvenes, harapientos o no, vivos o no, pero casi siempre
silenciosos para no molestar. Esa es otra virtud de los cajeros-hotel, que son
silenciosos para dormir. Rara vez hay ruido a menos que algunos jóvenes de
juerga se acerquen para avivar el calor de los postrados con algún líquido
inflamable, hecho este que no siempre es tomado con algarabía por todos. Como
decía Gila, si no puedes aguantar una broma pues vete del pueblo. Y es que
España ha sido siempre un país de bromistas.
En fin, no
puedo por más que elogiar el bien social que realizan los bancos al recaudar
amigablemente de todos los ciudadanos nuestro dinero para instalar esos lujosos
habitáculos que son los cajeros y proporcionar acomodo barato y de gran calidad
a los desheredados de la sociedad.¡Toda una obra social!
domingo, 24 de abril de 2016
DESNUDO
Empecinado en sublimar lo cotidiano
Ya no tengo ojos para la alcurnia,
Los oropeles y las colgaduras me injurian,
Me hacen rozaduras en las manos.
Camino por la vida sin brocados,
Desnudo bajo el sol del mediodía
El viento acaricia mi madurez tardía,
No me importan ni riquezas ni boatos.
Soy un perdedor por convicción, tanto
Como los jóvenes por el dinero porfían
No comprenden que llegado el día,
También se miraran al espejo con espanto.
Pues perdedores serán al fin y al cabo,
Ya que instalados en la medianía
Habrán extraviado sus vidas
Sin saber cómo, dónde y cuándo.
Así pues camino con rotundo aplomo
Sin equipajes ni mercancías
Soy una liviana nube de poesía
Que se deshace al céfiro del otoño.
Soy como la sirena del barco en retorno,
Ved mis manos completamente vacías
No contienen sino las risas
Que me regalan los niños con alborozo.
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