domingo, 24 de noviembre de 2019

DESHEREDADOS




Tiemblan los dobleces del papel
Que rezuman aire y fuego o salitre espeso,
Borbotones de humana esencia
Que gotea de las entrañas mismas del destino.
Azogue que vierte nuestra ignominiosa presencia,
Desatino del quehacer diario,
Muerte por recompensa,
Bravata de los justos, serena dentellada
Que no corroe sino quema.
No más balas, no más quimeras,
Niños desnudos sobre las playas desiertas,
Como sombrillas abandonadas al pairo
Del mar que los mece en las espumas muertas.
Tened vuestras manos manchadas
Hacedores de nuestras cuerdas
Que se construyen con las venas deshilvanadas
De los brazos que en el campo cosechan.
Queda solo en el horizonte una aviesa vela
Hecha de la espuma de los desheredados
Cosechada en sus calaveras,
Carabelas que huyen hacia ese sol que se aleja.

jueves, 26 de septiembre de 2019

BAJO LA TEMPESTAD



Querría la pulcritud de un disparo para acabar con todo,
Pero eso sería demasiado fácil y cobarde;
 Es la lucha cotidiana lo que requiere valentía
La que desgasta los cóndilos de los huesos
Hasta hacerlos romos y dolorosos.
Querría una luna de alacranes negros
Que devorara tu alma y la mía
Y la escupiera a la cuneta,
 Ya sabes sin ni siquiera saborear nuestros jugos,
Solo por la impía necesidad de morder
La mano del que amigablemente los alimenta.
Pero que haríamos entonces tú y yo,
Que haríamos si no fueran ya necesarios los locos,
Los estúpidos a conciencia, con zapatos en las manos,
Que haríamos ya con los muñones desgastados
Por mor de la comezón infinita que produce una tela
Que ya solo cubre nuestros cuerpos por costumbre.
No, ya no es posible la rendición,
Ya solo queda la batalla a cuerpo descubierto
Abrir las carótidas y ofrecerlas sin rencor,
Dejar que toda la inmensa ola se estrelle contra nosotros
Y bracear o perecer en el mismo orgasmo sin sentido,
Porque si ya no nos queda vida
Al menos que nos quede algo de esperanza.

jueves, 22 de agosto de 2019

EL PEQUEÑO CORTADOR DE HOJAS


Este es Kevin, de 12 años. Kevin es un niño menudo, un poco desaliñado en el vestir y en el caminar. Como si sus brazos y piernas no formaran parte de su cuerpo y llevados por su propia inercia tiraran de Kevin en direcciones diversas mientras él intenta seguir un rumbo más o menos fijo.
Kevin también se peina a veces, la mayoría, no. Es un poco olvidadizo. Seamos generosos a estas horas de la mañana. Quien de los 365 días que tiene un año no ha olvidado peinarse y lavarse la cara 352. Es un niño normal. En el sentido amplio del término. O sea tiene todos los órganos y estructuras corporales idénticos a los de cualquier otro de los niños de su edad. Claro que si miramos con un poco más de detalle, normal, normal, no es.
Asomando del bolsillo de su camina lleva unas tijeras. Y colgada de un lateral de la mochila que lleva al colegio, de Spiderman, como no podría ser de otra manera, lleva una bolsa.
Kevin sale todas las mañanas rumbo al colegio y tiene que caminar unos quince minutos. No se le hacen largos en absoluto, más bien se le hacen cortos, porque va entretenido buscando por los jardines y setos, plantas de hojas grandes y de colores vivos que con mucho cuidado corta y mete en su bolsa. Una sola hoja de cada planta porque Kevin no quiere dañar a las plantas, solo les pide prestadas algunas de sus hojas.
Buenos días, señor Rosal, piensa plantado con sus tijeras frente a un precioso arbusto con rosas rojas y blancas. Le tomaré una hoja si no le importa, comenta para sí cortando con mucho cuidado una del tallo.
Luego va repitiendo la operación a lo largo del camino. Buenos días, señor Jaciento. Buenos días, señora azucena. Y va recolectando con mucho cuidado las preciosas hojas que guarda de manera ordenada en su bolsa.
Lo peor es cuando en su tarea de recolección se topa con algunos de los compañeros más crueles del colegio.
-Adios friki, le gritan.
-Ahí va el estúpido cortador de hojas, dicen otros, lanzándole piedras, que normalmente no le alcanzan.
Lo pasa un poco mal por unos momentos y camina más de prisa pasándose algunos de sus lugares de recolección y eso le enfada un poco. Pero bueno luego se tranquiliza y sigue hasta que llega al colegio.
Al salir del colegio le recoge su padre y lo lleva a casa en el coche.
-¿Qué tal la cosecha esta mañana? , pregunta su padre con naturalidad, que tal estaban tus plantas hoy. ¿Y las clases?, todo bien.
Claro que su padre no espera respuesta. Kevin nunca responde. Dejó de hablar el día en que su madre murió. Pero la psicóloga ha dicho que debe seguir preguntándole, que un día, cuando Kevin esté preparado volverá a hablar. Que debe de seguir escuchando su voz y tener paciencia y calma y no presionarle. Que Kevin debe notar que su padre está ahí para cuando esté preparado para volver a comunicarse con él.
Su padre es un buen padre. Trabaja y lleva la casa adelante tan bien como cualquier persona con esta responsabilidad. Ni mejor ni peor. No es un superhéroe. No es un extraordinario showman que hace reír ni tampoco un malvado que martiriza a su hijo para desahogarse por los reveses de la vida o la desgracia de haber perdido a su mujer. No. Es solo un hombre que intenta vivir la vida y criar a su hijo lo mejor que sabe y puede.
Cuando llegan a casa, Kevin se dirige a su habitación, deja la mochila y desata la bolsa de las hojas. Pero su padre va detrás de él, como todos los días.
-Kevin, no tienes que hacer deberes del colegio.
Kevin deja con cuidado la bolsa de las hojas en el suelo y se dirige con mala cara hacia el escritorio. Odia los deberes.
Hace todo rápido. Se equivoca un par de veces y tiene que repetirlo. Por fin termina.
Recoge la bolsa de las hojas y con cuidado las extiende sobre el escritorio. Tienen múltiples formas y tonalidades de verde e incluso de rojizos. Con bordes dentados, serrados o lisos. Con el haz lustroso y brillante o mate. Con venas muy ramificadas y abundantes o escasas.
Luego coge sus tijeras y con mucho cuidado va recortando en cada una de ellas un pequeño corazón que va arrojando en un gran bote que se va llenando. Hay cientos o miles de pequeños corazones de hoja. Todo en un perfecto estado de conservación, inmarcescentes ante el paso del tiempo.
Y kevin sigue recolectando hojas y cortando corazones minúsculos que va atesorando en su tarro de cristal. Días tras día. Pasan las semanas y luego los meses. Y también las estaciones se suceden. Y Kevin recolecta sin cesar sus hojas, a menudo bajo los insultos o agresiones de sus compañeros. Una veces de plantas de hojas caduca, otras, en invierno u otoño, solo de las perennes. Y todas se van acumulando con la misma forma de corazón recortado con esmero, como una filigrana de un platero de la Granada musulmana.
Los huesos de Kevin crecen y con ellos el resto de su cuerpo. Pero Kevin sigue sin hablar. Va al colegio. Realiza sus tareas. También las de la casa. Sus calificaciones son mediocres pero a trancas y barrancas va llevando los trimestres como puede.
Una noche como otra cualquiera su padre está en el salón después de cenar. Está tomando una cerveza mientras ve un partido de fútbol. En la semipenumbra de la sala de estar, por fin un poco de tranquilidad después del ajetreo del día. Kevin ha estado en su cuarto toda la tarde muy tranquilo y callado. Después de hacer los deberes, ha estado con esas malditas hojas. Pero bueno al menos con esas manualidades no molesta ni se mete en líos. La adolescencia es complicada en todos los chicos.
Kevin sale de su habitación y llega hasta donde está su padre. Se queda en el dintel de la puerta mirándolo sin ser visto amparado en la oscuridad. Se le ve cansado. Tal vez triste. Le ve retrepado en el sofá, viendo el fútbol, sin emoción. Quizá con un tono de perpetua melancolía cruzándole la cara.
Kevin da un paso adelante, saliendo de las sombras. Saliva varias veces. Lo intenta pero no puede. Intenta articular las cuerdas, moverlas para que hagan su trabajo, crear sonidos en su garganta. Un nudo se le atraviesa. Lo vuelve a intentar. Y por fin, un susurro quedo, como un ronquido lejano proveniente de las mismísimas entrañas de la tierra, se despega de su boca y sale al exterior.
-Mamá está en mi cuarto, dice con una voz casi irreconocible.
Su padre se sobresalta y mira hacia donde su hijo, ya un joven casi más alto que él mismo, lo ha estado observando.
-Kevin, que dices, hijo.
-Mamá está en mi cuarto, repite Kevin ahora con un poco más de intensidad.
Su padre permanece perplejo. Sumido en la emoción de volver a escuchar la voz de su hijo y a la vez sobrecogido por las primeras palabras que este articula en dos años.
-Kevin, Kevin … no, no, mamá murió, no te acuerdas.
Pero Kevin no ceja, levanta un brazo y apunta a su dormitorio y repite con voz cada vez más clara – mamá está en, traga saliva para poder seguir, mi cuarto, ahora las lágrimas comienzan a brotar de sus ojos mientras su voz recién adquirida tiembla al hablar.
Su padre lo mira entre la tristeza y el desconsuelo. Esto era. A esto había que llegar, piensa para sí. Tanta paciencia, tanto esperar, para esto, para llegar a esto. Como puede ser tan cruel la vida, porqué ensañarse con nosotros. Mira a su hijo señalando la habitación. Inmóvil. Llorando furtivamente.
Se levanta con un tremendo esfuerzo del sofá, con un cansancio que no es físico, que proviene de lo más profundo de su alma, con ese cansancio que sabe ya que nunca la abandonará el resto de su vida, con esa pesadumbre que formará parte de él mismo hasta el último día de su vida.
Kevin se mueve hacia su habitación mientras su padre va siguiéndolo. Al acercarse un leve resplandor emana de la oquedad tras la puerta, aunque la luz está apagada.
El padre de Kevin llega hasta el dintel de la puerta y se asoma. En el suelo de la habitación una figura humana resplandece. Contra el piso, una forma plana se transmuta tomando diversas tonalidades que asemejan la piel, y los cabellos, y ojos y cejas y otras partes del cuerpo. Y bajo el leve fulgor aparecen las facciones de una mujer de mediana edad, con el cabello castaño y unos intensos ojos marrones. En sus labios asoma una ligera sonrisa. Todo su ser huele a hojas frescas recién cortadas, toda la habitación se impregna de una fragancia de savia recorriendo los tallos de las plantas, de la vitalidad de un bosque recién amanecido regado por el rocío de la noche. Cuando el padre de Kevin se fija más ve que toda la imagen es un puzzle formado por diminutos corazones que unidos dan lugar a aquella aparición imposible.
-Pero Kevin, esto que es, esto no es …,  balbucea.
-Ella decía que pertenecemos a la naturaleza, y que la naturaleza está en todos nuestros corazones. Ella me lo dijo. Ella estaba guardada en el corazón de las hojas; Kevin va desgranando las palabras entre lágrimas como puede, tropezando con cada una de ellas, tras todo este tiempo de mutismo. Pero las palabras salen, aún a trompicones, las palabras salen de algún lugar más allá de su garganta.
Su padre llora, llora ya sin contención. Solo abraza a su hijo y llora sin apartar la mirada de la figura luminiscente de su mujer.
Poco a poco la figura se va apagando. Los trocitos de corazón se van volviendo marrones. Se cuartean y se vuelven quebradizos, como si pertenecieran a hojas secas recogidas hace muchos meses. Se van deshaciendo y van formando una pequeña capa de ceniza parduzca sobre el suelo de la habitación que se va quedando en silencio y a oscuras.

miércoles, 21 de agosto de 2019

SOBRE LA COMPLEJIDAD Y LA INSOPORTABLE LEVEDAD DE LO INTRASCENDENTE.



Vivimos días convulsos. ¿Quién puede negarlo? Aunque la mayoría no se dé cuenta de ello. Enfrascados en chorradas como los programas de cotilleo o citas, las modas superficiales y pasajeras, las series de consumo rápido de Netflix y otras estupideces varias sin trascendencia, lo cierto es que algo está pasando en nuestra sociedad. Entendida la sociedad a nivel de especie que es de la única forma en que ya tiene sentido entenderla. Solo los catetos más cazurros todavía creen en los pueblos o los países.
Intentando abstraerme pues de la estupidez generalizada que me rodea y que está convirtiendo nuestro mundo en un rebaño que no tiene dos neuronas útiles y que es incapaz de pensar en nada más que lo inmediato, me he parado a pensar sobre el aumento de la complejidad que nos rodea.
Porque parece contradictorio pero conviviendo en ese mar de gente que se dedica a los horóscopos, el glamour de las divas gays para lobotomizados superficiales y la barbarie culinaria de McDonald, se encuentra un mundo paralelo de ciencia y tecnología cuyos conocimientos se van acumulando de manera exponencial.
Hace un siglo, cualquier científico podía casi abarcar su campo a poco que fuera brillante, hoy ni el más brillante es capaz de saber ni una milmillonésima parte de su propia área de estudio. A esto me refiero con el aumento exponencial de la complejidad que nuestra especie está alcanzando en la última centuria.
Esto me ha llevado a pensar sobre otros periodos de la historia de la Tierra, aunque podría extrapolarse a la propia formación de Universo, en los que se han producido fenómenos de alta complejidad y lo que de ellos ha surgido.
Lo cual a su vez me ha llevado al concepto de Propiedad Emergente, entendida esta como una nueva propiedad que aparece en un nuevo escenario y que es distinta de todas las que los elementos constituyentes pudieran poseer.
Así, en los albores de la Tierra las moléculas eran escasas y bastante simples. Metano CH4, amoniaco NH3, óxidos diversos, haluros y en resumen química orgánica e inorgánica básica. A medida que la temperatura del planeta fue bajando, las especies químicas pudieron comenzar a tener más complejidad y diversidad. Esto llevo hasta la aparición de moléculas orgánicas, aminoácidos y ácidos grasos, e incluso las primeras cadenas de ARN, un ribonucleótido que podía portar ya información y que podría ser el primer germen de una molécula autorreplicante. Y así llegamos a la primera propiedad emergente: LA VIDA. Cuando esa acumulación de información, que es complejidad, se produjo, la naturaleza encontró una forma nueva de ordenarla, con una propiedad que ninguno de los componentes mencionados tenía, la vida tal como la conceptualizamos los humanos. Esto produjo una rebaja de la complejidad e introdujo un nuevo factor de orden, lo que rebajo la entropía de todo el sistema, haciendo más fácil las interacciones entre las moléculas inorgánicas.
A continuación se empezó a acumular oxígeno en la atmósfera producido por la fotólisis del agua por parte de los recién aparecidos organismo fotosintéticos. Esto condujo a un aumento de la masa de células vivas, y por tanto a una nueva acumulación de información y de complejidad. Marco el segundo hito de Propiedad Emergente, con la aparición de la pluricelularidad, ya que esto permitió la distribución del trabajo y la especialización de las células, apareciendo los primero organismos fotosintéticos que andando el tiempo, se organizarían en aparatos, órganos, sistemas, etc para producir la mayor explosión de diversidad conocida en la Tierra desde la aparición de la vida.
Esa propia especialización condujo a la evolución de cada uno de esos órganos y aparatos, volviendo a aumentar la complejidad de manera exponencial hasta construir uno de los sistemas más sofisticados que conocemos: el sistema nervioso con el cerebro como abanderado. Lo que finalmente condujo a una nueva Propiedad Emergente: la inteligencia.
Y hete aquí, que llegamos a la actualidad, en donde como he dicho al principio, de nuevo la complejidad, esta vez no solo orgánica sino sobre todo tecnológica, vuelve a aumentar de forma exponencial de modo que ahora mismo ya comienza a desbordar a la propia especie humana.
¿Estaremos pues, extrapolando lo anterior, ante la posible aparición, en tiempo geológico, de una nueva propiedad emergente? De ser así, yo pronostico, por supuesto sin poder decir cual, debido a la propia naturaleza de las propiedades emergentes de aparecer de novo, que estará basada en un híbrido entre la inteligencia humana y la computacional, de modo que cerebro y computador puedan quizás dar lugar a una nueva propiedad hasta ahora nunca conocida en la Tierra.
Mientras esto sucede, y sin mayor maldad de la precisa, dejemos a los inermes intelectuales continuar con sus juegos florales sobre insustanciales y superfluas ocurrencias.

martes, 6 de agosto de 2019

NO PRETENDO VENCER.

No pretendo doblegar el acero,
Tal vez, convencerlo;
Atraerlo hasta la puerta de mi casa
Encalada y revestida de madreselvas;
No quiero oír su lamento,
Su cotidiana melancolía
Del barco que pudo navegar
Pero amarrado a puerto
Se oxida bajo el aliento inmisericorde
Del salitre que lo carcome por dentro.
No quiero amartillar su dureza
En la fragua del joven herrero,
Yunque contra yunque,
Mano de fierro sobre el duro acero.
No, de verdad que no quiero.
No pretendo verlo en el apero
Del agricultor que lo lleva a los campos
Entre olivos y zumayas
Por los yermos, o hacia el monte
Donde el quejigo crece salvaje y espeso.
¿Cómo voy a rendir su indomable
Esencia de metal forjado al candente fuego?
¿Cómo doblegar su espíritu
Que es espejo de los astros del universo?
Quiero que corra fiero, inflexible, terco
En su intransigencia de metal honesto,
Que no engaña, que no se disfraza,
Que es solo metal bruñido, muerto.
No quiero doblegar a la vida,
Con su frío aliento,
Quiero hacerla mi amiga,
Acurrucarme a sus pies cual fiel perro,
Por dura y feroz que a veces sea
Quiero traerla conmigo a mi sendero,
Caminar bajo sus alas
Hasta que la oscura tierra
Reclame mi, ya cansado, inútil cuerpo.

sábado, 3 de agosto de 2019

HECHO


En general tengo una mala opinión sobre el modelo de sociedad estadounidense. Es el imperio actual, aunque cada vez menos, que amenaza con devorarse a sí mismo y de paso devorar al resto del mundo con él. Pero reconozco que hay unas cuantas películas que son americanadas, en las que como siempre hacen se dedican a hacer propaganda de lo buenos que son ellos y lo malos que somos los del resto, hay unas cuantas digo, que me encantan. Incoherencias tenemos todos. Entre ellas citaría Nacido el 4 de julio, Forrest Gump, Algunos hombres buenos en la que Tom Cruise está como siempre y Jack Nicolson, histriónico y destartalado, como nunca. Y de la que quiero hablar hoy, Philadelphia, que aborda el inicio de la pandemia del SIDA. Y Me gusta no solo por la visión amplia que da de la homosexualidad, o por esa maravillosa escena donde Tom Hank, al que amo por sus películas y odio por su conservadurismo fanático, baila con su gotero mientras la Callas canta La mamma morta perforándome el corazón sin remedio. Solo por esa escena ya amaría esta película pero me gusta más que nada la idea que trata de explicar; que a pesar de todo puede hacerse justicia y que incluso los poderosos pueden perder pie. Pero en realidad de lo que quiero hablar es de una parte de la película en la que se está desarrollando el juicio. En ella la abogada del poderoso buffete de abogados que ha despedido a su mejor abogado, Tom Hank, tras descubrir que tiene SIDA aunque lo que en realidad se esconde detrás es una profunda homofobia, la abogada digo, se dedica a destruir ante el tribunal la reputación de Hank mediante una sucesión de pruebas incontrovertibles. En esa larga secuencia, ella va diciendo, HECHO y lo explica, HECHO, y explica otro y así, de modo que convierte el juicio no en un acto jurídico bajo la supervisión de un tribunal y un jurado, sino en un procedimiento científico donde no hay nada que discutir ya que los hechos no se discuten.
Pues en ese punto de mi vida es justo en el que estoy, en el de los HECHOS. Los hechos contra las palabras. Las palabras son cáscaras vacías que no representan nada, que no quieren decir nada, que no tienen sustancia ni presencia. Los hechos son tangibles, han sucedido, son medibles o evaluables, porque los hechos representan el pasado y el pasado siempre ha sucedido.
Siempre he desconfiado de los que hablan en lugar de hacer. Siempre me ha cabreado esta sociedad experta en diagnosticar problemas pero inoperante a la hora de resolverlos. Hay un tipo de gente que solo se queja pero que nunca se arremanga para enfangarse y resolver las cuestiones. Hay una categoría de políticos que representa la parte más conspicua de este tipo de sociedad; hablan, critican, pero son incapaces de presentar propuestas sensatas, o de renunciar a parte de sus principios para entrar a gobernar y de verdad meterse a cavar en la trinchera.
Cuando estuve en el instituto de Córdoba de manera inmediata distinguí a la parte del profesorado que pertenecía a este grupo, los dolientes, los que se quejan de todo, los que todo le viene mal; de aquellos, curiosamente pertenecientes al departamento de inglés y francés, que eran todo lo contrario y con los que hubo match de manera fulminante. Aquellos que como yo decían, vale, los problemas ya los conocemos, ahora veamos las soluciones, veamos que hacéis cada uno de vosotros para mejorar esto.
Este tipo de gente se encuentra de forma predominante en el funcioraniado. Los privilegiados de nuestro país, que aun teniendo trabajo de por vida, pudiendo desarrollar planes de futuro, etc se dedican sistemáticamente a lamentarse y quejarse de lo mucho que trabajan, pobreticos míos. Me producen verdadera repulsión esta gente egoísta y desconectada del mundo que no sabe o no recuerda, como es el mundo laboral en la empresa privada, donde echas horas extras sin que te las paguen, con el peligro de despido en cualquier momento, con sueldos de miseria, eso por no hablar de que la mitad de los desgraciados trabajadores de este país van a la puta calle o tienen que cerrar sus negocios cada vez que llega una crisis.
Estoy harto de las palabras y de quienes las pronuncian como excusa barata; son el subterfugio de mentirosos e hipócritas, el parapeto de cobardes, la lanza de indignos, el proyectil de los odiadores profesionales, el adarve de los indolentes. HECHOS.
Recuerdo cuando era joven y estaba en la facultad con algún carguillo de representación estudiantil y venían los comerciales a venderme cosas para la facultad. Había uno al que habría decapitado públicamente, que me llamaba campeón. Baboso y genuflexivo hasta el vómito. Sin saber que no hay nada que me ponga más a la defensiva que un buen halago. Yo sé que no soy precisamente un dechado de virtudes así es que en cuenta alguien me suelta una lisonja pienso rápidamente, a ver que quiere este pollo.
También en las relaciones personales ocurre lo mismo. Como decía mi abuela, a mí el que me quiera hacer algo bueno que me lo haga en vida, cuando me muera que no venga a llorarme y que se vaya a tomar por el culo. Pues eso digo yo. HECHOS. Amigos y familiares que vienen muy rápido a tu funeral pero a los que les importas un carajo y no te han preguntado cómo te va en años. Eso es muy español. Esa hipocresía barata de las palabras vacías. De cuánto me alegra lo bien que te va todo o cómo te echado de menos, pero sin ser capaz de descolgar el teléfono para preguntar si estás vivo. HECHOS.
A mí, a veces, me acusan de ser hiriente con las palabras, de ser mordaz o agresivo o de decir lo que pienso y que con eso puedo hacer daño a los demás. Pero las palabras solo hacen daño cuando encajan en la misma herida que las causaron. Las palabras de los seres queridos son las que más daño hacen y es porque en el fondo sabes que son verdad, que están tocando el mismo tuétano que te compone, la misma raíz esencial que te anima. Esas palabras queman como fuego porque tocan allí donde la herida permanece y no ha cicatrizado. En realidad no son las palabras lo que hacen daño, sino el remordimiento sobre aquellos hechos en los que se asientan, sobre las malas conductas que recuerdan, las palabras no son las que hacen daño, son los HECHOS los que duelen.
Así es que a estas alturas de mi vida le digo al amplio mundo: te puedes  ahorrar todas las palabras buenas o males que quisieras dedicarme. Demuéstralo. Demuéstralo con HECHOS.

domingo, 28 de julio de 2019

UN GATO EN LA HABITACIÓN.



-Vamos, cuéntenos cómo fue, no tenga miedo, aquí estamos para ayudarle, dice uno de los hombres de blanco sentado a la mesa metálica y desnuda mientras tamborilea sobre ella con los dedos de su mano derecha. Tiene unas manos regordetas y blanquecinas, yo diría que incapacitadas para cualquier actividad manual que vaya más allá de escribir con un bolígrafo o tal vez teclear con torpeza las teclas de un ordenador o los botones de un móvil. Me mira de soslayo, sentado de medio lado y desparramado sobre la silla de metal bruñido. No sé si con miedo o aburrimiento o tal vez la prisa de terminar pronto para regresar a casa junto a su familia que debe de tiene que ser una copia de la familia Adams pero en loser.
El otro tipo sentado junto a él, sin embargo, me inspira confianza. Permanece erguido con la espalda apoyada en el respaldo de la silla, hierático, me mira con una fijeza calculada, como de manera prospectiva sino más bien esperanzada, cómodamente expectante.
La habitación es bastante rudimentaria. Una mesa, las sillas que ocupamos, algunas estanterías con unos pocos libros. Una papelera. Lo justo para que parezca un espacio de trabajo, pero por el contrario destila cierta agresividad, como si quisiera transmitir comodidad pero sabiendo que estamos en territorio enemigo.
Yo atuso de manera compulsiva mi cabello, sin césar, llevo la mano hasta mi cabeza y lo pliego, lo aplasto contra mi cráneo, pero no se queda quieto. No para de erizarse. Siento como cada cabello toma vida propia y se despega de la piel y se eriza como un mar de púas, una barricada de lanzas preparadas para hacer frente al ataque inmediato, la miedo de la oscuridad, al terror que ya desde hace una semana se ha apoderado de mí, que no me deja dormir y amenaza con aniquilarme.
El terror oscuro que surgió de mi propia cama para adueñarse de mi vida y de mi próxima muerte.
-Quiere un vaso de agua, sugiere el hombre más callado, y sin esperar mi contestación se levanta y lo coge de la bombona que yace boca abajo y lo deposita con tranquilidad frente a mí.
De pronto noto los labios secos, la boca arrasada, como si llevara a la deriva varios días por el desierto, como si la comida y la bebida que he tomado en las últimas horas no hubieran entrado en mi cuerpo o no hubiera sido asimilada. Tomo el vaso y bebo con premura, sediento sin sed.
-Puede traerme más, articulo las palabras con dificultad mientras le alargo el vaso vacío.
No hay respuesta, solo coge de nuevo el vaso y lo llena. Después lo deposita ante mí y se sienta casi como una sombra sin hacer ruido. Y eso hace que todo mi cuerpo se erice mientras unos sudores fríos me embargan y el pánico se apodera de lo poco que de cuerdo queda aún en mí.
Todo comenzó hace unas dos semanas. Lo recuerdo bien. Llegué a casa de noche, tras un día de intenso trabajo. Hacía una tarde primaveral con un aire suave y perfumado de primavera que invitaba a sentarse en una terraza y tomar una cerveza fresca agradeciendo a la naturaleza el don de la existencia. Pero estaba extenuado. Y lo único que me apetecía era una cena frugal y dormir. Dormir como un bendito.
Y eso hice. Abrí la puerta de casa y solté la cartera sobre el sofá.  Vivía en un pequeño piso con tres habitaciones, un pequeño salón, la cocina y el baño. Me dirigí a una de las habitaciones que usaba a modo de trastero y también como residencia de Newton, mi gato. Era un gato de mediana edad, tenía seis años y negro azabache por completo. En realidad más que tener color pareciera que absorbiera la luz de modo que generara oscuridad en derredor de él. Aún en los entornos más lóbregos su negrura resaltaba como una esfinge maciza, en la completa ausencia de luz, su perfil se resaltaba entre las sombras destacando como una presencia rotunda.
Así es que abrí la puerta para que saliera pues no me gustaba que estuviera suelto por la casa y vino a saludarme como hacía cada día. Newton más que un gato se comportaba con las formas de un vetusto y noble cortesano. No requería mimos. Nunca tuvo un gesto de agresividad  y jamás lo vi asustarse. Salía de la habitación con parsimonia y se acercaba hasta mí. Luego se sentaba sobre sus patas traseras e inclinaba levemente la cabeza como dándome la bienvenida. Yo acariciaba su noble cabeza, acto que aguantaba con estoicismo, transcurrido lo cual volvía grupas y se alejaba hasta alguno de los lugares en los que gustaba de reposar para reflexionar sobre las complejidades del universo, supongo.
Después de la cena y un poco de televisión y en vista que los ojos se me cerraban solos me dispuse a acostarme. Por la noche, Newton dormía en mi habitación y como siempre a ellos nos dispusimos. Cerré la puerta pues no me gustaba dormir con la puerta abierta y me acosté. Newton rondaba por la habitación. Siempre lo hacía. Subía a la cama y se tumbaba. A los segundo volvía a bajar al suelo y se metía debajo de la cama o se tumbaba sobre la ropa que estaba en la silla. Por las veces en que me había despertado otras noches, no tenía un lugar fijo para dormir. Sino que a lo largo de la noche iba deambulando y durmiendo en distintos lugares.
Me quedé dormido de inmediato.
Paré de hablar y tomé el vaso de agua; mi mano temblaba ligeramente. El hombre de manos regordetas parecía más aburrido que nunca, su cuerpo casi resbalaba ya de la silla. Su mano seguía tamborileando sobre la mesa, aunque yo no oía el ruido que debía producir. El otro hombre, sereno, impertérrito, no pestañeaba. Parecía una grabadora en funcionamiento. Dejé el vaso sobre la mesa de nuevo.
A alguna hora indeterminada de la mañana me desperté. Había dormido profundamente pero noté una acuciante necesidad de orinar. Me levanté y salí de la habitación con cuidado de cerrar la puerta a mis espaldas para que Newton no escapara y tener que buscarlo por toda la casa de nuevo. A oscuras fui al baño y oriné con los ojos casi cerrados. Salí y apagué la luz para volver a la habitación y de pronto en mitad del pasillo advertir una masa negra en el suelo que me miraba con toda fijeza.
-Pero Newton ya te has escapado, exclamé. Me agaché y lo cogí para volver con él a la habitación. Cerré la puerta y me volví a acostar dejándolo sobre la cama.
Cuando desperté a la mañana siguiente me encontraba mucho más descansado. Había dormido bastantes horas con un sueño profundo y reparador y me encontraba de muy ánimo. Abría la puerta del dormitorio para que Newton saliera y paseara por sus dominios y fui a prepararme el desayuno. Me sorprendió ver en el suelo una lata de atún vacía. Le tenía prohibido a Newton que entrara a la cocina pero sé que buscaba cualquier descuido mío para penetrar y revolver en la bolsa de los envases o en la basura. Supongo que cuando escapó en la noche se había dedicado a eso. Volvía a recordar entonces cuando me desperté en la noche. Estaba seguro de haber cerrado la puerta tras de mí. ¿Cómo había salido Newton entonces? La verdad es que estaba muy adormilado cuando fui al baño y pudo escabullirse entre mis piernas mientras salía de la habitación. De hecho podía haber pasado un hipopótamo por mi lado sin que me diera cuenta. En fin, recogí la lata y me preparé el desayuno bajo la atenta mirada de Newton que me observaba bajo el dintel de la puerta sentado en posición de observación.
El día pasó con sus avatares cotidianos y la lucha constante para no naufragar en este mundo sin remedio y volví a casa nuevamente de noche.
Me hice una ensalada y vi un rato la televisión mientras los ruidos de la calle se iban atenuando y la pequeña muerte de la noche caía sobre la ciudad con la esperanza de la resurrección matinal. Llevé a Newton a la habitación, cerré la puerta y me acosté. De nuevo me desperté de madrugada para ir al baño. Me levanté adormilado y cuando fui a salir me quedé paralizado. La puerta estaba abierta. Pero eso no podía ser. Era una costumbre afianzada desde la infancia. Siempre antes de dormir me aseguraba de cerrar la puerta. Era algo sobre lo que no tenía ninguna duda. Si había una certeza en mi vida era que antes de dormir cerraba la puerta de mi habitación. La verdad es que me invadió el miedo. Encendía la luz. Todo parecía normal. Salí al pasillo y también di la luz. Luego recorrí cada una de las habitaciones del piso hasta que todas las luces estuvieron encendidas. No se advertía nada extraordinario. Ni el menor ruido. Miré la hora, eran las cuatro y media de la madrugada. Todo estaba en calma. Nada era inquietante. Solo un profundo silencio en la luminosidad de la normalidad aterradora que no explicaba por qué la puerta estaba abierta. Parado en mitad del salón reflexioné unos segundos. Y al darme la vuelta me sobresalté. Sobre la silla estaba Newton mirándome con fijeza, con sus ojos ámbar perdidos en la negritud de su pelaje. Si eso fuera posible pensé que una mueca de comicidad asomaba a sus pupilas. Pero por supuesto eso no era posible.
No sabía qué hacer y al final hice lo único que se podía. Fui al baño, apagué de nuevo todas las luces, cogí al gato, me aseguré de cerrar todas las puertas y me volví a acostar. Recuerdo con claridad que durante unos minutos el corazón me palpitaba con todos mis sentidos puestos en escuchar el menor ruido o notar el menor movimiento. Pero solo percibí la tranquilidad más absoluta. Incluso Newton que de manera habitual solía cambiar de lugar en la habitación, permanecía inmóvil en algún lugar de la misma, como si él mismo también permaneciera expectante. En algún momento me volví a dormir.
Cuando me levanté por la mañana la puerta permanecía cerrada. Salí de la habitación y me dediqué a inspeccionar la casa. Nada había de extraordinario. Nada fuera de su lugar. Absolutamente nada delataba cualquier intromisión. Nada era nada.
Pero aquello no iba a quedar así por supuesto. Salí de casa aquella mañana de sábado y fui a una tienda de informática para comprar una webcam. Cuando volví a casa lo primero que hice fue dedicarme a instalarla antes de dejar a Newton salir para que no estuviera enredando por medio, pues ya se sabe lo curiosos que son los gatos. Y en eso Newton sí que no era una excepción. Cualquier cosa que trajera nueva a casa era sometida a una meticulosa inspección por su parte.
Por fin estuvo instalada y comprobé en el ordenador que funcionara adecuadamente. Fui a hacer la compra del fin de semana y a visitar a unos amigos. Llegué a la noche con unas cervezas de más, pero después de una semana de intenso trabajo me merecía aquel exceso.
Cogí a Newton y me acosté. Dormí profundamente toda la noche del tirón. Aunque recuerdo haberme levantado un par de veces para orinar pero lo tengo en una nebulosa alcohólica un poco lejana, así es que no podría jurarlo. Cuando me levanté por la mañana tenía algo de resaca. Me tomé un ibuprofeno y me preparé el desayuno. Mientras tomaba el café y las tostadas me dediqué a navegar leyendo las noticias en el Facebook y escribiendo algunos comentarios incisivos. Las mañanas de los domingos los solía dedicar a estar relajado en casa, leyendo y escuchando música o realizando algún trabajo para el inicio de semana. Estaba a punto de cerrar el ordenar cuando reparé en la aplicación de la webcam del escritorio. La abrí y visualicé la grabación. La habitación aparecía en penumbra pero con la luz que entraba de la calle se reconocían las formas con claridad. Sobre la cama aparecía una forma humana tumbada bajo las sábanas, que obviamente era yo. A un lado la mesita y la silla con la ropa. Todo parecía en calma. De pronto algo se movió frente a la cámara. Era Newton que saltaba desde el suelo hasta la cama y se hacía un ovillo a mis pies para dormir con toda placidez. Luego de nuevo tranquilidad. Avancé un poco en la grabación. Newton había desaparecido de los pies. No se le veía por ningún lado, por lo demás todo estaba en orden. Avancé un poco más. Newton aparecía de nuevo. Sentado sobre la mesita parecía acicalarse con tranquilidad, luego permanecía inmóvil unos segundos, para saltar al suelo y desaparecer bajo la cama. Avancé un poco más en la grabación y entonces me quedé paralizado. La puerta estaba abierta. Se veía con toda claridad. No por completo pero estaba abierta. Volví hacia atrás en la grabación y comprobé lo que jamás hubiera querido comprobar, la puerta aparecía cerrada. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. No puede ser, mascullé, Esto no puede ser. Tiene que haber una explicación. Mi cerebro corría vertiginoso por todos los recovecos de mi razón y de mi saber. Tiene que haber una explicación. Pero la explicación no aparecía. Tomé de nuevo el ratón del ordenador y pasé la grabación segundo a segundo. Y allí estaba. En mitad de la noche. En la oscuridad de la habitación, la puerta se abría de forma lenta pero evidente. No se veía nada que la impulsara. Nada raro. Solo que la puerta se abría. Vi la hora en la grabación, eran las cuatro y media de la madrugada.
Me retrepé sobre el respaldo de la silla. No entendía. No podía entender. No era entendible. No le era. Simplemente.
E hice lo que nunca tendría que haber hecho. Esa noche preparé todo como de costumbre. Cerré la puerta pero puse el móvil en la mesita programado para las cuatro y media de la mañana. Y me acosté. Tardé un rato en dormirme, los minutos pasaron con lentitud mientras yo me revolvía intranquilo bajo las sábanas. Pero en algún momento me quedé dormido. Y en su momento la alarma sonó. La pared y me incorporé. La puerta estaba abierta. Comencé a temblar descontroladamente y sin encender la luz salí al pasillo. El miedo me invadió sin mesura. En el salón la televisión estaba encendida. Anduve impulsado quien sabe por qué energía hasta el salón y atravesé el dintel, no parecía haber nada raro. Y entonces lo vi. Sobre la silla del rincón una masa negra de opacidad sentada sobre sus cuartos traseros clavaba sus pupilas amarillas atravesando mi cordura mientras masticaba deleitándose con la comida. Una lata de atún a medio comer permanecía bajo su pata. Me miraba sin dejar de comer mientras la maldad absoluta se reflejaba en la profundidad de sus ojos.
Salí corriendo. Abrí la puerta y salí del piso. Y no puedo decir mucho más.
El hombre de la mano regordeta había dejado de tamborilear. La habitación permaneció en silencio por un tiempo que no sabría determinar mientras yo volvía a beber agua. El hombre que permanecía quieto cambió el peso de su cuerpo y carraspeó.
-Pero hemos revisado su ordenador en busca de esa grabación y no la hemos encontrado. Como explica eso, como explica que no haya grabación, dijo en un tono que pretendía ser neutro.
Yo fui a añadir algo, pero cambié de idea. Solo dije con el último atisbo de cordura que me quedaba.
-Newton.