sábado, 14 de diciembre de 2019

LA VERDADERA HISTORIA DE ESTEBAN CONNERY


De su melancólico caminar había hecho un sello vital. Un estilo de vida propio que navegaba entre la desidia y la incertidumbre sin más agarraderas que su propio amor por la vida. Calafateaba las brechas que en su alma habría la tristeza con dosis de humor impostado y comentarios ingeniosos que rezumaban ironía a fuerza de la verdad que les confería ser trozos de su pasado. Era adusto en los ademanes, soez si era preciso espantar a algún refinado hipster de los media mass. Condescendiente con los relamidos, tenaz con los deprimidos, voraz con los desalmados.
Era sin más, intemporal, desalmado y compasivo. Un hombre de otro tiempo y de ninguno. Un capricho de la naturaleza que en medio de la mediocridad humana se permitía de vez en cuando, dar lugar a un ser que divergiera de todos sus coetáneos para martirio suyo y desprecio de ellos.
Llamado por mor de su padre, Esteban, y de su madre Connery gracias a un desliz televisivo que la buena mujer tuvo con tan atractivo actor durante los meses de postramiento en el embarazo que le alegraron los largos días mientras que el marido andaba pescando en las aguas canadienses. Fruto de aquellas tardes de pasión nació Esteban Connery Sánchez Puertas con un perfecto dominio del inglés y una sonrisa socarrona que nada más nacer le granjeó la primera bofetada del obstetra en un arrobo de ira ante lo que consideró recochineo del púber recién nacido tras doce horas de lucha para hacerlo pasar por el canal de parto. Bien hubiera podido el ginecólogo reprenderlo por tan visceral acto advirtiendo al facultativo de que la costumbre era dar una palmada en las nalgas, pero él mismo se quedó con las ganas de propinarle otra bofetada y calló haciendo caso omiso de aquel acto si no poco profesional al menos harto infrecuente en un paritorio.
Así el pobre Esteban Connery pasó los primero años de su vida recordando aquel hecho premonitorio cada vez que al sonreír ante una reprimenda o situación apurada recibía una nueva bofetada de quienes no comprendían que su sonrisa era regalo de los dislates amorosos de su madre y no de una socarronería que sin embargo al final iba a adquirir para acompañar a aquella malhadada mueca.
Durante su infancia Esteban Connery fue ya un niño especial. Mientras el resto de niños cogía saltamontes, hormigas o cualquier otro animalillo para metérselo en la boca, él se dedicaba a desmembrarlos con delicadeza para luego reconstruir quimeras que enseñaba a sus allegados. Así puso las alas de una mariposa con unos alfileres pegados a la espalda de una rana, construyendo así un prototipo de helicóptero. En otra ocasión adhirió las patas saltadoras de un saltamontes a un escarabajo gracias a unas grapas incrustadas en sus francos. Este fue un modelo fallido ya que bajo el peso de la cabina, el artilugio volcaba a ambos lados con facilidad, hecho este que de haber sido publicado habría prevenido la aparición de los todoterreno Zuzuki.
Sus constantes experimentos con animales le fueron ganando entre sus compañeros a medida que crecía el sobrenombre de Doctor Frankenstein. Sobrenombre que luego adoptaría muchas veces durante su vida adulta como por ejemplo en su correspondencia epistolar.
Sea como fuere Esteban Connery fue creciendo en un mundo que le era a la vez extraño y hostil, lo cual también era recíproco para el mundo que tenía la misma consideración para el pobre desgraciado. De modo que constantemente se esforzaba en extrañarlo de la existencia y a la vez le temía y se apartaba a su paso.
Así a la tierna edad de tres años Esteban Connery sufrió un brote de malaria que los médicas tardaron tres meses en diagnosticar ya que nadie jamás había visto en este país un caso se semejante patología. Cuando por fin buscaron un tratamiento,  comprobaron con estupefacción que los glóbulos rojos del muchacho no solo habían aceptado al parásito sino que lo habían domesticado de modo que ahora sus eritrocitos eran más eficaces en el intercambio gaseoso y por tanto le permitían aumentar sus destrezas atléticas, hecho este que sin embargo Esteban Connery casi nunca aprovechó en su larguísima existencia más que dos o tres veces pues era poco amigo del apresuramiento, mucho menos de la carrera.
De este modo la naturaleza aprendió que tenía que pensar muy bien las herramientas que usaba en su guerra por expulsar a Esteban Connery de su seno y en adelante fue más sibilina, evitando los ataques frontales con un ser tan bien parapetado tras los adarves de la existencia.
Esteban Connery salió del hospital ante la mirada estupefacta de los médicos por su propio pie y con un artículo publicado en Nature que sería reproducido y buscado por investigadores de todo el mundo durante siglos.
A los cinco años, tras dos de una tregua soterrada, donde se producían refriegas por parte de uno y otro bando, el mundo trató de propinarle un nuevo jaque mate. Esta vez usando un arma que suele ser letal. La combinación de la gravedad con la natural inclinación de los niños al descubrimiento y la curiosidad. Así en una tarde calurosa de verano, cuando las cigarras se deshacen las alas en su canto nupcial, Esteban Connery se balanceaba en el extremo de la rama de un nogal intentando llegar a un nido de jilgueros para comprobar su contenido ováceo, cuando bajo el influjo gravitatorio vino la rama a quebrar, de modo que el propio planeta se implicó en la expulsión de la vida animada del cuerpo del niño que se precipitó hacia tierra como un saco de trigo, donde cayó con un golpe sordo y crujiente que presagiaba el fin de la andanzas mundanas de la pobre criatura.
Y así fue. Durante media hora el infante permaneció en parada cardiorespiratoria bajo los intentos frustrados de los servicios de emergencia para reanimarlo. Sus padres lloraban más o menos. Y los servicios de emergencia, más o menos trataban de reanimarlo. Tampoco hay que exagerar con estas cosas. Cuando ya todo parecía perdido y estaban a punto de dejarlo pasar, un joven ayudante e inexperto auxiliar dejó la pala cargada durante unos cinco minutos almacenando tal cantidad de energía que la furgoneta se quedó sin batería y hubo que sustituirla por una nueva. Al entrar la pala en contacto con el pecho desnudo del chico produjo un chisporroteo eléctrico que desprendía un fuerte olor a pollo asado; el cuerpo del chico se contrajo y se dobló como una S suspendiéndose en el aire durante un tiempo indefinido para finalmente caer sobre la camilla, chamuscado y renegrido. Todos los ocupantes de la ambulancia se habían apartado por miedo al calambre y cuando la humareda se disipó vieron con estupefacción como el pecho requemado de Esteban Connery ventilaba con no pocas dificultades pero de modo constante.
Efectivamente el corazón del chico había vuelto a latir, de manera arrítmica y desacompasada, pero latía. Tras reponerse del impacto emocional de tal hazaña, por supuesto cayeron en las horrorosas consecuencias que tendría para el chico aquella anoxia de más de media hora. Sin embargo, no contaban con la capacidad de sus glóbulos rojos para retener enormes cantidades de oxígeno y de dióxido de carbono. Para sus eritrocitos media hora de falta de ventilación no era más que un leve ejercicio de aguantar la respiración para ver quién gana una apuesta en un bar.
Tras aquel segundo intento el mundo dejó en paz a Esteban Connery durante una larga temporada. De vez en cuando intentaba algún pequeño asalto o triquiñuela para comprobar su solidez, pero nunca nada serio, ante la férrea disposición del chico de seguir con vida.

domingo, 24 de noviembre de 2019

DESHEREDADOS




Tiemblan los dobleces del papel
Que rezuman aire y fuego o salitre espeso,
Borbotones de humana esencia
Que gotea de las entrañas mismas del destino.
Azogue que vierte nuestra ignominiosa presencia,
Desatino del quehacer diario,
Muerte por recompensa,
Bravata de los justos, serena dentellada
Que no corroe sino quema.
No más balas, no más quimeras,
Niños desnudos sobre las playas desiertas,
Como sombrillas abandonadas al pairo
Del mar que los mece en las espumas muertas.
Tened vuestras manos manchadas
Hacedores de nuestras cuerdas
Que se construyen con las venas deshilvanadas
De los brazos que en el campo cosechan.
Queda solo en el horizonte una aviesa vela
Hecha de la espuma de los desheredados
Cosechada en sus calaveras,
Carabelas que huyen hacia ese sol que se aleja.

jueves, 26 de septiembre de 2019

BAJO LA TEMPESTAD



Querría la pulcritud de un disparo para acabar con todo,
Pero eso sería demasiado fácil y cobarde;
 Es la lucha cotidiana lo que requiere valentía
La que desgasta los cóndilos de los huesos
Hasta hacerlos romos y dolorosos.
Querría una luna de alacranes negros
Que devorara tu alma y la mía
Y la escupiera a la cuneta,
 Ya sabes sin ni siquiera saborear nuestros jugos,
Solo por la impía necesidad de morder
La mano del que amigablemente los alimenta.
Pero que haríamos entonces tú y yo,
Que haríamos si no fueran ya necesarios los locos,
Los estúpidos a conciencia, con zapatos en las manos,
Que haríamos ya con los muñones desgastados
Por mor de la comezón infinita que produce una tela
Que ya solo cubre nuestros cuerpos por costumbre.
No, ya no es posible la rendición,
Ya solo queda la batalla a cuerpo descubierto
Abrir las carótidas y ofrecerlas sin rencor,
Dejar que toda la inmensa ola se estrelle contra nosotros
Y bracear o perecer en el mismo orgasmo sin sentido,
Porque si ya no nos queda vida
Al menos que nos quede algo de esperanza.

jueves, 22 de agosto de 2019

EL PEQUEÑO CORTADOR DE HOJAS


Este es Kevin, de 12 años. Kevin es un niño menudo, un poco desaliñado en el vestir y en el caminar. Como si sus brazos y piernas no formaran parte de su cuerpo y llevados por su propia inercia tiraran de Kevin en direcciones diversas mientras él intenta seguir un rumbo más o menos fijo.
Kevin también se peina a veces, la mayoría, no. Es un poco olvidadizo. Seamos generosos a estas horas de la mañana. Quien de los 365 días que tiene un año no ha olvidado peinarse y lavarse la cara 352. Es un niño normal. En el sentido amplio del término. O sea tiene todos los órganos y estructuras corporales idénticos a los de cualquier otro de los niños de su edad. Claro que si miramos con un poco más de detalle, normal, normal, no es.
Asomando del bolsillo de su camina lleva unas tijeras. Y colgada de un lateral de la mochila que lleva al colegio, de Spiderman, como no podría ser de otra manera, lleva una bolsa.
Kevin sale todas las mañanas rumbo al colegio y tiene que caminar unos quince minutos. No se le hacen largos en absoluto, más bien se le hacen cortos, porque va entretenido buscando por los jardines y setos, plantas de hojas grandes y de colores vivos que con mucho cuidado corta y mete en su bolsa. Una sola hoja de cada planta porque Kevin no quiere dañar a las plantas, solo les pide prestadas algunas de sus hojas.
Buenos días, señor Rosal, piensa plantado con sus tijeras frente a un precioso arbusto con rosas rojas y blancas. Le tomaré una hoja si no le importa, comenta para sí cortando con mucho cuidado una del tallo.
Luego va repitiendo la operación a lo largo del camino. Buenos días, señor Jaciento. Buenos días, señora azucena. Y va recolectando con mucho cuidado las preciosas hojas que guarda de manera ordenada en su bolsa.
Lo peor es cuando en su tarea de recolección se topa con algunos de los compañeros más crueles del colegio.
-Adios friki, le gritan.
-Ahí va el estúpido cortador de hojas, dicen otros, lanzándole piedras, que normalmente no le alcanzan.
Lo pasa un poco mal por unos momentos y camina más de prisa pasándose algunos de sus lugares de recolección y eso le enfada un poco. Pero bueno luego se tranquiliza y sigue hasta que llega al colegio.
Al salir del colegio le recoge su padre y lo lleva a casa en el coche.
-¿Qué tal la cosecha esta mañana? , pregunta su padre con naturalidad, que tal estaban tus plantas hoy. ¿Y las clases?, todo bien.
Claro que su padre no espera respuesta. Kevin nunca responde. Dejó de hablar el día en que su madre murió. Pero la psicóloga ha dicho que debe seguir preguntándole, que un día, cuando Kevin esté preparado volverá a hablar. Que debe de seguir escuchando su voz y tener paciencia y calma y no presionarle. Que Kevin debe notar que su padre está ahí para cuando esté preparado para volver a comunicarse con él.
Su padre es un buen padre. Trabaja y lleva la casa adelante tan bien como cualquier persona con esta responsabilidad. Ni mejor ni peor. No es un superhéroe. No es un extraordinario showman que hace reír ni tampoco un malvado que martiriza a su hijo para desahogarse por los reveses de la vida o la desgracia de haber perdido a su mujer. No. Es solo un hombre que intenta vivir la vida y criar a su hijo lo mejor que sabe y puede.
Cuando llegan a casa, Kevin se dirige a su habitación, deja la mochila y desata la bolsa de las hojas. Pero su padre va detrás de él, como todos los días.
-Kevin, no tienes que hacer deberes del colegio.
Kevin deja con cuidado la bolsa de las hojas en el suelo y se dirige con mala cara hacia el escritorio. Odia los deberes.
Hace todo rápido. Se equivoca un par de veces y tiene que repetirlo. Por fin termina.
Recoge la bolsa de las hojas y con cuidado las extiende sobre el escritorio. Tienen múltiples formas y tonalidades de verde e incluso de rojizos. Con bordes dentados, serrados o lisos. Con el haz lustroso y brillante o mate. Con venas muy ramificadas y abundantes o escasas.
Luego coge sus tijeras y con mucho cuidado va recortando en cada una de ellas un pequeño corazón que va arrojando en un gran bote que se va llenando. Hay cientos o miles de pequeños corazones de hoja. Todo en un perfecto estado de conservación, inmarcescentes ante el paso del tiempo.
Y kevin sigue recolectando hojas y cortando corazones minúsculos que va atesorando en su tarro de cristal. Días tras día. Pasan las semanas y luego los meses. Y también las estaciones se suceden. Y Kevin recolecta sin cesar sus hojas, a menudo bajo los insultos o agresiones de sus compañeros. Una veces de plantas de hojas caduca, otras, en invierno u otoño, solo de las perennes. Y todas se van acumulando con la misma forma de corazón recortado con esmero, como una filigrana de un platero de la Granada musulmana.
Los huesos de Kevin crecen y con ellos el resto de su cuerpo. Pero Kevin sigue sin hablar. Va al colegio. Realiza sus tareas. También las de la casa. Sus calificaciones son mediocres pero a trancas y barrancas va llevando los trimestres como puede.
Una noche como otra cualquiera su padre está en el salón después de cenar. Está tomando una cerveza mientras ve un partido de fútbol. En la semipenumbra de la sala de estar, por fin un poco de tranquilidad después del ajetreo del día. Kevin ha estado en su cuarto toda la tarde muy tranquilo y callado. Después de hacer los deberes, ha estado con esas malditas hojas. Pero bueno al menos con esas manualidades no molesta ni se mete en líos. La adolescencia es complicada en todos los chicos.
Kevin sale de su habitación y llega hasta donde está su padre. Se queda en el dintel de la puerta mirándolo sin ser visto amparado en la oscuridad. Se le ve cansado. Tal vez triste. Le ve retrepado en el sofá, viendo el fútbol, sin emoción. Quizá con un tono de perpetua melancolía cruzándole la cara.
Kevin da un paso adelante, saliendo de las sombras. Saliva varias veces. Lo intenta pero no puede. Intenta articular las cuerdas, moverlas para que hagan su trabajo, crear sonidos en su garganta. Un nudo se le atraviesa. Lo vuelve a intentar. Y por fin, un susurro quedo, como un ronquido lejano proveniente de las mismísimas entrañas de la tierra, se despega de su boca y sale al exterior.
-Mamá está en mi cuarto, dice con una voz casi irreconocible.
Su padre se sobresalta y mira hacia donde su hijo, ya un joven casi más alto que él mismo, lo ha estado observando.
-Kevin, que dices, hijo.
-Mamá está en mi cuarto, repite Kevin ahora con un poco más de intensidad.
Su padre permanece perplejo. Sumido en la emoción de volver a escuchar la voz de su hijo y a la vez sobrecogido por las primeras palabras que este articula en dos años.
-Kevin, Kevin … no, no, mamá murió, no te acuerdas.
Pero Kevin no ceja, levanta un brazo y apunta a su dormitorio y repite con voz cada vez más clara – mamá está en, traga saliva para poder seguir, mi cuarto, ahora las lágrimas comienzan a brotar de sus ojos mientras su voz recién adquirida tiembla al hablar.
Su padre lo mira entre la tristeza y el desconsuelo. Esto era. A esto había que llegar, piensa para sí. Tanta paciencia, tanto esperar, para esto, para llegar a esto. Como puede ser tan cruel la vida, porqué ensañarse con nosotros. Mira a su hijo señalando la habitación. Inmóvil. Llorando furtivamente.
Se levanta con un tremendo esfuerzo del sofá, con un cansancio que no es físico, que proviene de lo más profundo de su alma, con ese cansancio que sabe ya que nunca la abandonará el resto de su vida, con esa pesadumbre que formará parte de él mismo hasta el último día de su vida.
Kevin se mueve hacia su habitación mientras su padre va siguiéndolo. Al acercarse un leve resplandor emana de la oquedad tras la puerta, aunque la luz está apagada.
El padre de Kevin llega hasta el dintel de la puerta y se asoma. En el suelo de la habitación una figura humana resplandece. Contra el piso, una forma plana se transmuta tomando diversas tonalidades que asemejan la piel, y los cabellos, y ojos y cejas y otras partes del cuerpo. Y bajo el leve fulgor aparecen las facciones de una mujer de mediana edad, con el cabello castaño y unos intensos ojos marrones. En sus labios asoma una ligera sonrisa. Todo su ser huele a hojas frescas recién cortadas, toda la habitación se impregna de una fragancia de savia recorriendo los tallos de las plantas, de la vitalidad de un bosque recién amanecido regado por el rocío de la noche. Cuando el padre de Kevin se fija más ve que toda la imagen es un puzzle formado por diminutos corazones que unidos dan lugar a aquella aparición imposible.
-Pero Kevin, esto que es, esto no es …,  balbucea.
-Ella decía que pertenecemos a la naturaleza, y que la naturaleza está en todos nuestros corazones. Ella me lo dijo. Ella estaba guardada en el corazón de las hojas; Kevin va desgranando las palabras entre lágrimas como puede, tropezando con cada una de ellas, tras todo este tiempo de mutismo. Pero las palabras salen, aún a trompicones, las palabras salen de algún lugar más allá de su garganta.
Su padre llora, llora ya sin contención. Solo abraza a su hijo y llora sin apartar la mirada de la figura luminiscente de su mujer.
Poco a poco la figura se va apagando. Los trocitos de corazón se van volviendo marrones. Se cuartean y se vuelven quebradizos, como si pertenecieran a hojas secas recogidas hace muchos meses. Se van deshaciendo y van formando una pequeña capa de ceniza parduzca sobre el suelo de la habitación que se va quedando en silencio y a oscuras.

miércoles, 21 de agosto de 2019

SOBRE LA COMPLEJIDAD Y LA INSOPORTABLE LEVEDAD DE LO INTRASCENDENTE.



Vivimos días convulsos. ¿Quién puede negarlo? Aunque la mayoría no se dé cuenta de ello. Enfrascados en chorradas como los programas de cotilleo o citas, las modas superficiales y pasajeras, las series de consumo rápido de Netflix y otras estupideces varias sin trascendencia, lo cierto es que algo está pasando en nuestra sociedad. Entendida la sociedad a nivel de especie que es de la única forma en que ya tiene sentido entenderla. Solo los catetos más cazurros todavía creen en los pueblos o los países.
Intentando abstraerme pues de la estupidez generalizada que me rodea y que está convirtiendo nuestro mundo en un rebaño que no tiene dos neuronas útiles y que es incapaz de pensar en nada más que lo inmediato, me he parado a pensar sobre el aumento de la complejidad que nos rodea.
Porque parece contradictorio pero conviviendo en ese mar de gente que se dedica a los horóscopos, el glamour de las divas gays para lobotomizados superficiales y la barbarie culinaria de McDonald, se encuentra un mundo paralelo de ciencia y tecnología cuyos conocimientos se van acumulando de manera exponencial.
Hace un siglo, cualquier científico podía casi abarcar su campo a poco que fuera brillante, hoy ni el más brillante es capaz de saber ni una milmillonésima parte de su propia área de estudio. A esto me refiero con el aumento exponencial de la complejidad que nuestra especie está alcanzando en la última centuria.
Esto me ha llevado a pensar sobre otros periodos de la historia de la Tierra, aunque podría extrapolarse a la propia formación de Universo, en los que se han producido fenómenos de alta complejidad y lo que de ellos ha surgido.
Lo cual a su vez me ha llevado al concepto de Propiedad Emergente, entendida esta como una nueva propiedad que aparece en un nuevo escenario y que es distinta de todas las que los elementos constituyentes pudieran poseer.
Así, en los albores de la Tierra las moléculas eran escasas y bastante simples. Metano CH4, amoniaco NH3, óxidos diversos, haluros y en resumen química orgánica e inorgánica básica. A medida que la temperatura del planeta fue bajando, las especies químicas pudieron comenzar a tener más complejidad y diversidad. Esto llevo hasta la aparición de moléculas orgánicas, aminoácidos y ácidos grasos, e incluso las primeras cadenas de ARN, un ribonucleótido que podía portar ya información y que podría ser el primer germen de una molécula autorreplicante. Y así llegamos a la primera propiedad emergente: LA VIDA. Cuando esa acumulación de información, que es complejidad, se produjo, la naturaleza encontró una forma nueva de ordenarla, con una propiedad que ninguno de los componentes mencionados tenía, la vida tal como la conceptualizamos los humanos. Esto produjo una rebaja de la complejidad e introdujo un nuevo factor de orden, lo que rebajo la entropía de todo el sistema, haciendo más fácil las interacciones entre las moléculas inorgánicas.
A continuación se empezó a acumular oxígeno en la atmósfera producido por la fotólisis del agua por parte de los recién aparecidos organismo fotosintéticos. Esto condujo a un aumento de la masa de células vivas, y por tanto a una nueva acumulación de información y de complejidad. Marco el segundo hito de Propiedad Emergente, con la aparición de la pluricelularidad, ya que esto permitió la distribución del trabajo y la especialización de las células, apareciendo los primero organismos fotosintéticos que andando el tiempo, se organizarían en aparatos, órganos, sistemas, etc para producir la mayor explosión de diversidad conocida en la Tierra desde la aparición de la vida.
Esa propia especialización condujo a la evolución de cada uno de esos órganos y aparatos, volviendo a aumentar la complejidad de manera exponencial hasta construir uno de los sistemas más sofisticados que conocemos: el sistema nervioso con el cerebro como abanderado. Lo que finalmente condujo a una nueva Propiedad Emergente: la inteligencia.
Y hete aquí, que llegamos a la actualidad, en donde como he dicho al principio, de nuevo la complejidad, esta vez no solo orgánica sino sobre todo tecnológica, vuelve a aumentar de forma exponencial de modo que ahora mismo ya comienza a desbordar a la propia especie humana.
¿Estaremos pues, extrapolando lo anterior, ante la posible aparición, en tiempo geológico, de una nueva propiedad emergente? De ser así, yo pronostico, por supuesto sin poder decir cual, debido a la propia naturaleza de las propiedades emergentes de aparecer de novo, que estará basada en un híbrido entre la inteligencia humana y la computacional, de modo que cerebro y computador puedan quizás dar lugar a una nueva propiedad hasta ahora nunca conocida en la Tierra.
Mientras esto sucede, y sin mayor maldad de la precisa, dejemos a los inermes intelectuales continuar con sus juegos florales sobre insustanciales y superfluas ocurrencias.

martes, 6 de agosto de 2019

NO PRETENDO VENCER.

No pretendo doblegar el acero,
Tal vez, convencerlo;
Atraerlo hasta la puerta de mi casa
Encalada y revestida de madreselvas;
No quiero oír su lamento,
Su cotidiana melancolía
Del barco que pudo navegar
Pero amarrado a puerto
Se oxida bajo el aliento inmisericorde
Del salitre que lo carcome por dentro.
No quiero amartillar su dureza
En la fragua del joven herrero,
Yunque contra yunque,
Mano de fierro sobre el duro acero.
No, de verdad que no quiero.
No pretendo verlo en el apero
Del agricultor que lo lleva a los campos
Entre olivos y zumayas
Por los yermos, o hacia el monte
Donde el quejigo crece salvaje y espeso.
¿Cómo voy a rendir su indomable
Esencia de metal forjado al candente fuego?
¿Cómo doblegar su espíritu
Que es espejo de los astros del universo?
Quiero que corra fiero, inflexible, terco
En su intransigencia de metal honesto,
Que no engaña, que no se disfraza,
Que es solo metal bruñido, muerto.
No quiero doblegar a la vida,
Con su frío aliento,
Quiero hacerla mi amiga,
Acurrucarme a sus pies cual fiel perro,
Por dura y feroz que a veces sea
Quiero traerla conmigo a mi sendero,
Caminar bajo sus alas
Hasta que la oscura tierra
Reclame mi, ya cansado, inútil cuerpo.

sábado, 3 de agosto de 2019

HECHO


En general tengo una mala opinión sobre el modelo de sociedad estadounidense. Es el imperio actual, aunque cada vez menos, que amenaza con devorarse a sí mismo y de paso devorar al resto del mundo con él. Pero reconozco que hay unas cuantas películas que son americanadas, en las que como siempre hacen se dedican a hacer propaganda de lo buenos que son ellos y lo malos que somos los del resto, hay unas cuantas digo, que me encantan. Incoherencias tenemos todos. Entre ellas citaría Nacido el 4 de julio, Forrest Gump, Algunos hombres buenos en la que Tom Cruise está como siempre y Jack Nicolson, histriónico y destartalado, como nunca. Y de la que quiero hablar hoy, Philadelphia, que aborda el inicio de la pandemia del SIDA. Y Me gusta no solo por la visión amplia que da de la homosexualidad, o por esa maravillosa escena donde Tom Hank, al que amo por sus películas y odio por su conservadurismo fanático, baila con su gotero mientras la Callas canta La mamma morta perforándome el corazón sin remedio. Solo por esa escena ya amaría esta película pero me gusta más que nada la idea que trata de explicar; que a pesar de todo puede hacerse justicia y que incluso los poderosos pueden perder pie. Pero en realidad de lo que quiero hablar es de una parte de la película en la que se está desarrollando el juicio. En ella la abogada del poderoso buffete de abogados que ha despedido a su mejor abogado, Tom Hank, tras descubrir que tiene SIDA aunque lo que en realidad se esconde detrás es una profunda homofobia, la abogada digo, se dedica a destruir ante el tribunal la reputación de Hank mediante una sucesión de pruebas incontrovertibles. En esa larga secuencia, ella va diciendo, HECHO y lo explica, HECHO, y explica otro y así, de modo que convierte el juicio no en un acto jurídico bajo la supervisión de un tribunal y un jurado, sino en un procedimiento científico donde no hay nada que discutir ya que los hechos no se discuten.
Pues en ese punto de mi vida es justo en el que estoy, en el de los HECHOS. Los hechos contra las palabras. Las palabras son cáscaras vacías que no representan nada, que no quieren decir nada, que no tienen sustancia ni presencia. Los hechos son tangibles, han sucedido, son medibles o evaluables, porque los hechos representan el pasado y el pasado siempre ha sucedido.
Siempre he desconfiado de los que hablan en lugar de hacer. Siempre me ha cabreado esta sociedad experta en diagnosticar problemas pero inoperante a la hora de resolverlos. Hay un tipo de gente que solo se queja pero que nunca se arremanga para enfangarse y resolver las cuestiones. Hay una categoría de políticos que representa la parte más conspicua de este tipo de sociedad; hablan, critican, pero son incapaces de presentar propuestas sensatas, o de renunciar a parte de sus principios para entrar a gobernar y de verdad meterse a cavar en la trinchera.
Cuando estuve en el instituto de Córdoba de manera inmediata distinguí a la parte del profesorado que pertenecía a este grupo, los dolientes, los que se quejan de todo, los que todo le viene mal; de aquellos, curiosamente pertenecientes al departamento de inglés y francés, que eran todo lo contrario y con los que hubo match de manera fulminante. Aquellos que como yo decían, vale, los problemas ya los conocemos, ahora veamos las soluciones, veamos que hacéis cada uno de vosotros para mejorar esto.
Este tipo de gente se encuentra de forma predominante en el funcioraniado. Los privilegiados de nuestro país, que aun teniendo trabajo de por vida, pudiendo desarrollar planes de futuro, etc se dedican sistemáticamente a lamentarse y quejarse de lo mucho que trabajan, pobreticos míos. Me producen verdadera repulsión esta gente egoísta y desconectada del mundo que no sabe o no recuerda, como es el mundo laboral en la empresa privada, donde echas horas extras sin que te las paguen, con el peligro de despido en cualquier momento, con sueldos de miseria, eso por no hablar de que la mitad de los desgraciados trabajadores de este país van a la puta calle o tienen que cerrar sus negocios cada vez que llega una crisis.
Estoy harto de las palabras y de quienes las pronuncian como excusa barata; son el subterfugio de mentirosos e hipócritas, el parapeto de cobardes, la lanza de indignos, el proyectil de los odiadores profesionales, el adarve de los indolentes. HECHOS.
Recuerdo cuando era joven y estaba en la facultad con algún carguillo de representación estudiantil y venían los comerciales a venderme cosas para la facultad. Había uno al que habría decapitado públicamente, que me llamaba campeón. Baboso y genuflexivo hasta el vómito. Sin saber que no hay nada que me ponga más a la defensiva que un buen halago. Yo sé que no soy precisamente un dechado de virtudes así es que en cuenta alguien me suelta una lisonja pienso rápidamente, a ver que quiere este pollo.
También en las relaciones personales ocurre lo mismo. Como decía mi abuela, a mí el que me quiera hacer algo bueno que me lo haga en vida, cuando me muera que no venga a llorarme y que se vaya a tomar por el culo. Pues eso digo yo. HECHOS. Amigos y familiares que vienen muy rápido a tu funeral pero a los que les importas un carajo y no te han preguntado cómo te va en años. Eso es muy español. Esa hipocresía barata de las palabras vacías. De cuánto me alegra lo bien que te va todo o cómo te echado de menos, pero sin ser capaz de descolgar el teléfono para preguntar si estás vivo. HECHOS.
A mí, a veces, me acusan de ser hiriente con las palabras, de ser mordaz o agresivo o de decir lo que pienso y que con eso puedo hacer daño a los demás. Pero las palabras solo hacen daño cuando encajan en la misma herida que las causaron. Las palabras de los seres queridos son las que más daño hacen y es porque en el fondo sabes que son verdad, que están tocando el mismo tuétano que te compone, la misma raíz esencial que te anima. Esas palabras queman como fuego porque tocan allí donde la herida permanece y no ha cicatrizado. En realidad no son las palabras lo que hacen daño, sino el remordimiento sobre aquellos hechos en los que se asientan, sobre las malas conductas que recuerdan, las palabras no son las que hacen daño, son los HECHOS los que duelen.
Así es que a estas alturas de mi vida le digo al amplio mundo: te puedes  ahorrar todas las palabras buenas o males que quisieras dedicarme. Demuéstralo. Demuéstralo con HECHOS.