martes, 6 de agosto de 2019

NO PRETENDO VENCER.

No pretendo doblegar el acero,
Tal vez, convencerlo;
Atraerlo hasta la puerta de mi casa
Encalada y revestida de madreselvas;
No quiero oír su lamento,
Su cotidiana melancolía
Del barco que pudo navegar
Pero amarrado a puerto
Se oxida bajo el aliento inmisericorde
Del salitre que lo carcome por dentro.
No quiero amartillar su dureza
En la fragua del joven herrero,
Yunque contra yunque,
Mano de fierro sobre el duro acero.
No, de verdad que no quiero.
No pretendo verlo en el apero
Del agricultor que lo lleva a los campos
Entre olivos y zumayas
Por los yermos, o hacia el monte
Donde el quejigo crece salvaje y espeso.
¿Cómo voy a rendir su indomable
Esencia de metal forjado al candente fuego?
¿Cómo doblegar su espíritu
Que es espejo de los astros del universo?
Quiero que corra fiero, inflexible, terco
En su intransigencia de metal honesto,
Que no engaña, que no se disfraza,
Que es solo metal bruñido, muerto.
No quiero doblegar a la vida,
Con su frío aliento,
Quiero hacerla mi amiga,
Acurrucarme a sus pies cual fiel perro,
Por dura y feroz que a veces sea
Quiero traerla conmigo a mi sendero,
Caminar bajo sus alas
Hasta que la oscura tierra
Reclame mi, ya cansado, inútil cuerpo.

sábado, 3 de agosto de 2019

HECHO


En general tengo una mala opinión sobre el modelo de sociedad estadounidense. Es el imperio actual, aunque cada vez menos, que amenaza con devorarse a sí mismo y de paso devorar al resto del mundo con él. Pero reconozco que hay unas cuantas películas que son americanadas, en las que como siempre hacen se dedican a hacer propaganda de lo buenos que son ellos y lo malos que somos los del resto, hay unas cuantas digo, que me encantan. Incoherencias tenemos todos. Entre ellas citaría Nacido el 4 de julio, Forrest Gump, Algunos hombres buenos en la que Tom Cruise está como siempre y Jack Nicolson, histriónico y destartalado, como nunca. Y de la que quiero hablar hoy, Philadelphia, que aborda el inicio de la pandemia del SIDA. Y Me gusta no solo por la visión amplia que da de la homosexualidad, o por esa maravillosa escena donde Tom Hank, al que amo por sus películas y odio por su conservadurismo fanático, baila con su gotero mientras la Callas canta La mamma morta perforándome el corazón sin remedio. Solo por esa escena ya amaría esta película pero me gusta más que nada la idea que trata de explicar; que a pesar de todo puede hacerse justicia y que incluso los poderosos pueden perder pie. Pero en realidad de lo que quiero hablar es de una parte de la película en la que se está desarrollando el juicio. En ella la abogada del poderoso buffete de abogados que ha despedido a su mejor abogado, Tom Hank, tras descubrir que tiene SIDA aunque lo que en realidad se esconde detrás es una profunda homofobia, la abogada digo, se dedica a destruir ante el tribunal la reputación de Hank mediante una sucesión de pruebas incontrovertibles. En esa larga secuencia, ella va diciendo, HECHO y lo explica, HECHO, y explica otro y así, de modo que convierte el juicio no en un acto jurídico bajo la supervisión de un tribunal y un jurado, sino en un procedimiento científico donde no hay nada que discutir ya que los hechos no se discuten.
Pues en ese punto de mi vida es justo en el que estoy, en el de los HECHOS. Los hechos contra las palabras. Las palabras son cáscaras vacías que no representan nada, que no quieren decir nada, que no tienen sustancia ni presencia. Los hechos son tangibles, han sucedido, son medibles o evaluables, porque los hechos representan el pasado y el pasado siempre ha sucedido.
Siempre he desconfiado de los que hablan en lugar de hacer. Siempre me ha cabreado esta sociedad experta en diagnosticar problemas pero inoperante a la hora de resolverlos. Hay un tipo de gente que solo se queja pero que nunca se arremanga para enfangarse y resolver las cuestiones. Hay una categoría de políticos que representa la parte más conspicua de este tipo de sociedad; hablan, critican, pero son incapaces de presentar propuestas sensatas, o de renunciar a parte de sus principios para entrar a gobernar y de verdad meterse a cavar en la trinchera.
Cuando estuve en el instituto de Córdoba de manera inmediata distinguí a la parte del profesorado que pertenecía a este grupo, los dolientes, los que se quejan de todo, los que todo le viene mal; de aquellos, curiosamente pertenecientes al departamento de inglés y francés, que eran todo lo contrario y con los que hubo match de manera fulminante. Aquellos que como yo decían, vale, los problemas ya los conocemos, ahora veamos las soluciones, veamos que hacéis cada uno de vosotros para mejorar esto.
Este tipo de gente se encuentra de forma predominante en el funcioraniado. Los privilegiados de nuestro país, que aun teniendo trabajo de por vida, pudiendo desarrollar planes de futuro, etc se dedican sistemáticamente a lamentarse y quejarse de lo mucho que trabajan, pobreticos míos. Me producen verdadera repulsión esta gente egoísta y desconectada del mundo que no sabe o no recuerda, como es el mundo laboral en la empresa privada, donde echas horas extras sin que te las paguen, con el peligro de despido en cualquier momento, con sueldos de miseria, eso por no hablar de que la mitad de los desgraciados trabajadores de este país van a la puta calle o tienen que cerrar sus negocios cada vez que llega una crisis.
Estoy harto de las palabras y de quienes las pronuncian como excusa barata; son el subterfugio de mentirosos e hipócritas, el parapeto de cobardes, la lanza de indignos, el proyectil de los odiadores profesionales, el adarve de los indolentes. HECHOS.
Recuerdo cuando era joven y estaba en la facultad con algún carguillo de representación estudiantil y venían los comerciales a venderme cosas para la facultad. Había uno al que habría decapitado públicamente, que me llamaba campeón. Baboso y genuflexivo hasta el vómito. Sin saber que no hay nada que me ponga más a la defensiva que un buen halago. Yo sé que no soy precisamente un dechado de virtudes así es que en cuenta alguien me suelta una lisonja pienso rápidamente, a ver que quiere este pollo.
También en las relaciones personales ocurre lo mismo. Como decía mi abuela, a mí el que me quiera hacer algo bueno que me lo haga en vida, cuando me muera que no venga a llorarme y que se vaya a tomar por el culo. Pues eso digo yo. HECHOS. Amigos y familiares que vienen muy rápido a tu funeral pero a los que les importas un carajo y no te han preguntado cómo te va en años. Eso es muy español. Esa hipocresía barata de las palabras vacías. De cuánto me alegra lo bien que te va todo o cómo te echado de menos, pero sin ser capaz de descolgar el teléfono para preguntar si estás vivo. HECHOS.
A mí, a veces, me acusan de ser hiriente con las palabras, de ser mordaz o agresivo o de decir lo que pienso y que con eso puedo hacer daño a los demás. Pero las palabras solo hacen daño cuando encajan en la misma herida que las causaron. Las palabras de los seres queridos son las que más daño hacen y es porque en el fondo sabes que son verdad, que están tocando el mismo tuétano que te compone, la misma raíz esencial que te anima. Esas palabras queman como fuego porque tocan allí donde la herida permanece y no ha cicatrizado. En realidad no son las palabras lo que hacen daño, sino el remordimiento sobre aquellos hechos en los que se asientan, sobre las malas conductas que recuerdan, las palabras no son las que hacen daño, son los HECHOS los que duelen.
Así es que a estas alturas de mi vida le digo al amplio mundo: te puedes  ahorrar todas las palabras buenas o males que quisieras dedicarme. Demuéstralo. Demuéstralo con HECHOS.

domingo, 28 de julio de 2019

UN GATO EN LA HABITACIÓN.



-Vamos, cuéntenos cómo fue, no tenga miedo, aquí estamos para ayudarle, dice uno de los hombres de blanco sentado a la mesa metálica y desnuda mientras tamborilea sobre ella con los dedos de su mano derecha. Tiene unas manos regordetas y blanquecinas, yo diría que incapacitadas para cualquier actividad manual que vaya más allá de escribir con un bolígrafo o tal vez teclear con torpeza las teclas de un ordenador o los botones de un móvil. Me mira de soslayo, sentado de medio lado y desparramado sobre la silla de metal bruñido. No sé si con miedo o aburrimiento o tal vez la prisa de terminar pronto para regresar a casa junto a su familia que debe de tiene que ser una copia de la familia Adams pero en loser.
El otro tipo sentado junto a él, sin embargo, me inspira confianza. Permanece erguido con la espalda apoyada en el respaldo de la silla, hierático, me mira con una fijeza calculada, como de manera prospectiva sino más bien esperanzada, cómodamente expectante.
La habitación es bastante rudimentaria. Una mesa, las sillas que ocupamos, algunas estanterías con unos pocos libros. Una papelera. Lo justo para que parezca un espacio de trabajo, pero por el contrario destila cierta agresividad, como si quisiera transmitir comodidad pero sabiendo que estamos en territorio enemigo.
Yo atuso de manera compulsiva mi cabello, sin césar, llevo la mano hasta mi cabeza y lo pliego, lo aplasto contra mi cráneo, pero no se queda quieto. No para de erizarse. Siento como cada cabello toma vida propia y se despega de la piel y se eriza como un mar de púas, una barricada de lanzas preparadas para hacer frente al ataque inmediato, la miedo de la oscuridad, al terror que ya desde hace una semana se ha apoderado de mí, que no me deja dormir y amenaza con aniquilarme.
El terror oscuro que surgió de mi propia cama para adueñarse de mi vida y de mi próxima muerte.
-Quiere un vaso de agua, sugiere el hombre más callado, y sin esperar mi contestación se levanta y lo coge de la bombona que yace boca abajo y lo deposita con tranquilidad frente a mí.
De pronto noto los labios secos, la boca arrasada, como si llevara a la deriva varios días por el desierto, como si la comida y la bebida que he tomado en las últimas horas no hubieran entrado en mi cuerpo o no hubiera sido asimilada. Tomo el vaso y bebo con premura, sediento sin sed.
-Puede traerme más, articulo las palabras con dificultad mientras le alargo el vaso vacío.
No hay respuesta, solo coge de nuevo el vaso y lo llena. Después lo deposita ante mí y se sienta casi como una sombra sin hacer ruido. Y eso hace que todo mi cuerpo se erice mientras unos sudores fríos me embargan y el pánico se apodera de lo poco que de cuerdo queda aún en mí.
Todo comenzó hace unas dos semanas. Lo recuerdo bien. Llegué a casa de noche, tras un día de intenso trabajo. Hacía una tarde primaveral con un aire suave y perfumado de primavera que invitaba a sentarse en una terraza y tomar una cerveza fresca agradeciendo a la naturaleza el don de la existencia. Pero estaba extenuado. Y lo único que me apetecía era una cena frugal y dormir. Dormir como un bendito.
Y eso hice. Abrí la puerta de casa y solté la cartera sobre el sofá.  Vivía en un pequeño piso con tres habitaciones, un pequeño salón, la cocina y el baño. Me dirigí a una de las habitaciones que usaba a modo de trastero y también como residencia de Newton, mi gato. Era un gato de mediana edad, tenía seis años y negro azabache por completo. En realidad más que tener color pareciera que absorbiera la luz de modo que generara oscuridad en derredor de él. Aún en los entornos más lóbregos su negrura resaltaba como una esfinge maciza, en la completa ausencia de luz, su perfil se resaltaba entre las sombras destacando como una presencia rotunda.
Así es que abrí la puerta para que saliera pues no me gustaba que estuviera suelto por la casa y vino a saludarme como hacía cada día. Newton más que un gato se comportaba con las formas de un vetusto y noble cortesano. No requería mimos. Nunca tuvo un gesto de agresividad  y jamás lo vi asustarse. Salía de la habitación con parsimonia y se acercaba hasta mí. Luego se sentaba sobre sus patas traseras e inclinaba levemente la cabeza como dándome la bienvenida. Yo acariciaba su noble cabeza, acto que aguantaba con estoicismo, transcurrido lo cual volvía grupas y se alejaba hasta alguno de los lugares en los que gustaba de reposar para reflexionar sobre las complejidades del universo, supongo.
Después de la cena y un poco de televisión y en vista que los ojos se me cerraban solos me dispuse a acostarme. Por la noche, Newton dormía en mi habitación y como siempre a ellos nos dispusimos. Cerré la puerta pues no me gustaba dormir con la puerta abierta y me acosté. Newton rondaba por la habitación. Siempre lo hacía. Subía a la cama y se tumbaba. A los segundo volvía a bajar al suelo y se metía debajo de la cama o se tumbaba sobre la ropa que estaba en la silla. Por las veces en que me había despertado otras noches, no tenía un lugar fijo para dormir. Sino que a lo largo de la noche iba deambulando y durmiendo en distintos lugares.
Me quedé dormido de inmediato.
Paré de hablar y tomé el vaso de agua; mi mano temblaba ligeramente. El hombre de manos regordetas parecía más aburrido que nunca, su cuerpo casi resbalaba ya de la silla. Su mano seguía tamborileando sobre la mesa, aunque yo no oía el ruido que debía producir. El otro hombre, sereno, impertérrito, no pestañeaba. Parecía una grabadora en funcionamiento. Dejé el vaso sobre la mesa de nuevo.
A alguna hora indeterminada de la mañana me desperté. Había dormido profundamente pero noté una acuciante necesidad de orinar. Me levanté y salí de la habitación con cuidado de cerrar la puerta a mis espaldas para que Newton no escapara y tener que buscarlo por toda la casa de nuevo. A oscuras fui al baño y oriné con los ojos casi cerrados. Salí y apagué la luz para volver a la habitación y de pronto en mitad del pasillo advertir una masa negra en el suelo que me miraba con toda fijeza.
-Pero Newton ya te has escapado, exclamé. Me agaché y lo cogí para volver con él a la habitación. Cerré la puerta y me volví a acostar dejándolo sobre la cama.
Cuando desperté a la mañana siguiente me encontraba mucho más descansado. Había dormido bastantes horas con un sueño profundo y reparador y me encontraba de muy ánimo. Abría la puerta del dormitorio para que Newton saliera y paseara por sus dominios y fui a prepararme el desayuno. Me sorprendió ver en el suelo una lata de atún vacía. Le tenía prohibido a Newton que entrara a la cocina pero sé que buscaba cualquier descuido mío para penetrar y revolver en la bolsa de los envases o en la basura. Supongo que cuando escapó en la noche se había dedicado a eso. Volvía a recordar entonces cuando me desperté en la noche. Estaba seguro de haber cerrado la puerta tras de mí. ¿Cómo había salido Newton entonces? La verdad es que estaba muy adormilado cuando fui al baño y pudo escabullirse entre mis piernas mientras salía de la habitación. De hecho podía haber pasado un hipopótamo por mi lado sin que me diera cuenta. En fin, recogí la lata y me preparé el desayuno bajo la atenta mirada de Newton que me observaba bajo el dintel de la puerta sentado en posición de observación.
El día pasó con sus avatares cotidianos y la lucha constante para no naufragar en este mundo sin remedio y volví a casa nuevamente de noche.
Me hice una ensalada y vi un rato la televisión mientras los ruidos de la calle se iban atenuando y la pequeña muerte de la noche caía sobre la ciudad con la esperanza de la resurrección matinal. Llevé a Newton a la habitación, cerré la puerta y me acosté. De nuevo me desperté de madrugada para ir al baño. Me levanté adormilado y cuando fui a salir me quedé paralizado. La puerta estaba abierta. Pero eso no podía ser. Era una costumbre afianzada desde la infancia. Siempre antes de dormir me aseguraba de cerrar la puerta. Era algo sobre lo que no tenía ninguna duda. Si había una certeza en mi vida era que antes de dormir cerraba la puerta de mi habitación. La verdad es que me invadió el miedo. Encendía la luz. Todo parecía normal. Salí al pasillo y también di la luz. Luego recorrí cada una de las habitaciones del piso hasta que todas las luces estuvieron encendidas. No se advertía nada extraordinario. Ni el menor ruido. Miré la hora, eran las cuatro y media de la madrugada. Todo estaba en calma. Nada era inquietante. Solo un profundo silencio en la luminosidad de la normalidad aterradora que no explicaba por qué la puerta estaba abierta. Parado en mitad del salón reflexioné unos segundos. Y al darme la vuelta me sobresalté. Sobre la silla estaba Newton mirándome con fijeza, con sus ojos ámbar perdidos en la negritud de su pelaje. Si eso fuera posible pensé que una mueca de comicidad asomaba a sus pupilas. Pero por supuesto eso no era posible.
No sabía qué hacer y al final hice lo único que se podía. Fui al baño, apagué de nuevo todas las luces, cogí al gato, me aseguré de cerrar todas las puertas y me volví a acostar. Recuerdo con claridad que durante unos minutos el corazón me palpitaba con todos mis sentidos puestos en escuchar el menor ruido o notar el menor movimiento. Pero solo percibí la tranquilidad más absoluta. Incluso Newton que de manera habitual solía cambiar de lugar en la habitación, permanecía inmóvil en algún lugar de la misma, como si él mismo también permaneciera expectante. En algún momento me volví a dormir.
Cuando me levanté por la mañana la puerta permanecía cerrada. Salí de la habitación y me dediqué a inspeccionar la casa. Nada había de extraordinario. Nada fuera de su lugar. Absolutamente nada delataba cualquier intromisión. Nada era nada.
Pero aquello no iba a quedar así por supuesto. Salí de casa aquella mañana de sábado y fui a una tienda de informática para comprar una webcam. Cuando volví a casa lo primero que hice fue dedicarme a instalarla antes de dejar a Newton salir para que no estuviera enredando por medio, pues ya se sabe lo curiosos que son los gatos. Y en eso Newton sí que no era una excepción. Cualquier cosa que trajera nueva a casa era sometida a una meticulosa inspección por su parte.
Por fin estuvo instalada y comprobé en el ordenador que funcionara adecuadamente. Fui a hacer la compra del fin de semana y a visitar a unos amigos. Llegué a la noche con unas cervezas de más, pero después de una semana de intenso trabajo me merecía aquel exceso.
Cogí a Newton y me acosté. Dormí profundamente toda la noche del tirón. Aunque recuerdo haberme levantado un par de veces para orinar pero lo tengo en una nebulosa alcohólica un poco lejana, así es que no podría jurarlo. Cuando me levanté por la mañana tenía algo de resaca. Me tomé un ibuprofeno y me preparé el desayuno. Mientras tomaba el café y las tostadas me dediqué a navegar leyendo las noticias en el Facebook y escribiendo algunos comentarios incisivos. Las mañanas de los domingos los solía dedicar a estar relajado en casa, leyendo y escuchando música o realizando algún trabajo para el inicio de semana. Estaba a punto de cerrar el ordenar cuando reparé en la aplicación de la webcam del escritorio. La abrí y visualicé la grabación. La habitación aparecía en penumbra pero con la luz que entraba de la calle se reconocían las formas con claridad. Sobre la cama aparecía una forma humana tumbada bajo las sábanas, que obviamente era yo. A un lado la mesita y la silla con la ropa. Todo parecía en calma. De pronto algo se movió frente a la cámara. Era Newton que saltaba desde el suelo hasta la cama y se hacía un ovillo a mis pies para dormir con toda placidez. Luego de nuevo tranquilidad. Avancé un poco en la grabación. Newton había desaparecido de los pies. No se le veía por ningún lado, por lo demás todo estaba en orden. Avancé un poco más. Newton aparecía de nuevo. Sentado sobre la mesita parecía acicalarse con tranquilidad, luego permanecía inmóvil unos segundos, para saltar al suelo y desaparecer bajo la cama. Avancé un poco más en la grabación y entonces me quedé paralizado. La puerta estaba abierta. Se veía con toda claridad. No por completo pero estaba abierta. Volví hacia atrás en la grabación y comprobé lo que jamás hubiera querido comprobar, la puerta aparecía cerrada. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. No puede ser, mascullé, Esto no puede ser. Tiene que haber una explicación. Mi cerebro corría vertiginoso por todos los recovecos de mi razón y de mi saber. Tiene que haber una explicación. Pero la explicación no aparecía. Tomé de nuevo el ratón del ordenador y pasé la grabación segundo a segundo. Y allí estaba. En mitad de la noche. En la oscuridad de la habitación, la puerta se abría de forma lenta pero evidente. No se veía nada que la impulsara. Nada raro. Solo que la puerta se abría. Vi la hora en la grabación, eran las cuatro y media de la madrugada.
Me retrepé sobre el respaldo de la silla. No entendía. No podía entender. No era entendible. No le era. Simplemente.
E hice lo que nunca tendría que haber hecho. Esa noche preparé todo como de costumbre. Cerré la puerta pero puse el móvil en la mesita programado para las cuatro y media de la mañana. Y me acosté. Tardé un rato en dormirme, los minutos pasaron con lentitud mientras yo me revolvía intranquilo bajo las sábanas. Pero en algún momento me quedé dormido. Y en su momento la alarma sonó. La pared y me incorporé. La puerta estaba abierta. Comencé a temblar descontroladamente y sin encender la luz salí al pasillo. El miedo me invadió sin mesura. En el salón la televisión estaba encendida. Anduve impulsado quien sabe por qué energía hasta el salón y atravesé el dintel, no parecía haber nada raro. Y entonces lo vi. Sobre la silla del rincón una masa negra de opacidad sentada sobre sus cuartos traseros clavaba sus pupilas amarillas atravesando mi cordura mientras masticaba deleitándose con la comida. Una lata de atún a medio comer permanecía bajo su pata. Me miraba sin dejar de comer mientras la maldad absoluta se reflejaba en la profundidad de sus ojos.
Salí corriendo. Abrí la puerta y salí del piso. Y no puedo decir mucho más.
El hombre de la mano regordeta había dejado de tamborilear. La habitación permaneció en silencio por un tiempo que no sabría determinar mientras yo volvía a beber agua. El hombre que permanecía quieto cambió el peso de su cuerpo y carraspeó.
-Pero hemos revisado su ordenador en busca de esa grabación y no la hemos encontrado. Como explica eso, como explica que no haya grabación, dijo en un tono que pretendía ser neutro.
Yo fui a añadir algo, pero cambié de idea. Solo dije con el último atisbo de cordura que me quedaba.
-Newton.

LA CREDULIDAD DE LOS IMBÉCILES Y LA INCREDULIDAD DE LOS ILUSTRADOS.



Vivimos tiempos convulsos. ¿Y cuándo no es fiesta?, que diría mi abuela. Siempre son tiempos convulsos. La historia de la vida es convulsa porque es la historia de la lucha por la supervivencia, porque va implícito en el propio principio del universo, el quítate tú que me pongo yo o el de aquí no me muevo así me maten. Porque el aumento de la entropía es lo que rige el universo y para oponerse a ese principio destructor es precisa la energía, y la energía es escasa y hay que luchar y matar y comerse unos a otros para conseguirla.
Así es que no, no es la convulsión lo que desde mi humilde punto de vista caracteriza a nuestro tiempo. Tampoco lo es la credulidad de los imbéciles o ignorantes, esto va de soi. Si uno tiene la capacidad intelectual de una ameba o los conocimientos de Belén Esteban o Paquirrín se da por descontado que puede creer cualquier estupidez. Esto ha sido siempre así y lo será hasta el fin de los tiempos. En todo caso el problema no es la extensión que una estupidez alcanza, probablemente la diferencia con el pasado sea la velocidad a la que lo hace. Pero no olvidemos que desde las cavernas una parte importante de la población se ha dedicado a inventar y creer mitos, religiones y todo tipo de supercherías para explicar la realidad, en lugar de buscar la razón de la misma. Está en los humanos el germen de la comodidad ignorante porque, como ya he dicho, buscar explicaciones racionales requiere tiempo y energía y esta es escasa y costosa como para desperdiciarla en esto en lugar de quedarse cómodamente acampados frente a la televisión o el ordenador escuchando sandeces.
Entonces qué es lo que verdaderamente creo yo que caracteriza nuestro tiempo, la incredulidad de los ilustrados, de aquellos que buscan explicaciones racionales a las cosas, los que piensan y leen y profundizan para buscar el meollo de las cosas. Pero parece una contradicción que la incredulidad que es la base justo para buscar ese pensamiento racional se haya convertido en el problema. ¿Y cómo es esto? Fácil. Porque las cabezas pensantes se han obcecado en no creer la realidad por muy increíble que esta parezca. Decía Sherlock Holmes:
Una vez descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad”
Pero hay quienes se empeñan en seguir sin creer esta máxima y así nos va. Nadie creyó en EEUU que un fascista analfabeto como Donald Trump pudiera ganar unas elecciones a Hillary Clinton. Cómo un advenedizo con la mitad de su partido en contra iba a ganar contra toda la maquinaria democrática americana. Pues lo hizo.
Nadie creyó que cuatro profesores universitarios al frente de una mesnada de estudiantes pudieran conseguir crear un partido político en España, sin financiación casi, sin estructura, con un discurso absurdo y populista que intentaba desmontar nuestro sistema democrático. Y surgió Podemos como un torrente que casi despedaza nuestra democracia.
Cómo iba a ocurrir que el 15% que representaba hace cinco años el nacionalismo catalán se iba a convertir en casi un 50% de los catalanes, que llevarían a cabo un golpe de estado en el parlamento catalán y que llevaran a Cataluña al borde de la guerra civil. Pues ahí está retransmitido en directo por televisión.
Ninguna cabeza pensante ni soñó hace dos años que los franquistas de ultraderecha saldrían a las calles a dar mítines y conseguirían no solo entrar en ayuntamientos y comunidades autónomas, sino marcar toda la política de la derecha y llegar a Congreso de los diputados. Y ahí está Abascal entrando a caballo en la sede de la soberanía popular española.
Cómo va a ocurrir que Reino Unido sea gobernado por otro fascista que la saque de la Unión Europea, amenazando el proyecto común y dándole armas a EEUU para crear un eje antieuropeo que beneficie al peligroso Donald Trump. Pues está a punto de ocurrir.
No queremos creer que la robotización amenaza la existencia de los sociedades y las paz social, no queremos ver que destruirá la economía y el trabajo y que no tenemos alternativa.
Como iba a ganar el fascismo de Salvini en Italia, de Bolsonaro en Brasil, etc. Pues ahí están amenazando todo lo construido durante décadas.
Pues este es el problema. La incredulidad de nuestros líderes intelectuales. Nuestros políticos, científicos, humanistas no quieren creer lo que la realidad trae, ven los signos pero no les gustan y buscan explicaciones alternativas. Ven que la bola de nieve va creciendo y rodando, creciendo y rodando, pero prefieren pensar que en algún momento por intersección divina se parará, o que desviará su rumbo. Y así, en esa incredulidad de que la catástrofe puede ocurrir no intervienen, se mantienen en la indolencia expectante suspirando para que todo sea un mal sueño. Pero no, no es un sueño. Trump gobierna. El fascismo se extiende por el mundo. Europa se rompe. Y mientras seguimos sin querer creer que la bola de nieve va a aplastarnos.

martes, 16 de julio de 2019

LÍMITES

En el límite de la desesperación, está la vida,
En el límite de la llama,
Justo en el lugar donde se vuelve traslúcida
Se halla el lugar más caliente, el más ardiente,
En el centro del corazón que nos delata
En la oscuridad y la luz.
En el límite del odio y del dolor,
Está el perdón, también el perdón a uno mismo,
Por no luchar suficiente o por luchar demasiado
O por rendir las armas o blandirlas
O no pararse en la almena a contemplar la luna.
Corre hacia las fronteras, hacia donde todo termina
Porque también es el inicio de todo,
El comienzo del resto de lo que queda.
Huye por los caminos sin saber a dónde conducen,
Solo huye y recorre senderos
Porque en eso cosiste la vida, 
Al menos la vida que merece la pena ser vivida.

viernes, 21 de junio de 2019

RUMBO A BERLÍN.



Suena el despertador, suena primero de manera pausada, melancólica como una canción de cuna inversa. Tarda poco en detenerse. Durante unos segundos vuelve a reinar el silencio. Luego, de nuevo, comienza a sonar de manera furibunda, esta vez con un estrépito desagradable que retumba en toda la soledad y el silencio de la casa. Me levanto del sillón y voy hasta el dormitorio a apagarlo. Son las cinco de la mañana. Llevo despierto desde las dos. Me acosté a la una. O sea que he dormido una solitaria y raquítica hora. Desde que me levanté he estado enfrente del ordenador navegando por internet y tomando café. De vez en cuando me he dado una vuelta para revisar algo del equipaje o comprobar que todo estaba bien empaquetado.
Las seis menos diez. Por fin es la hora de ponerse en marcha. Odio las esperas. Soy una persona de acción. Me gusta actuar, planificar, quemar etapas. Pero la desidia del lento tiempo reptando en un mar de ondas temporales de manera calmada hacia la nada me desespera. Pero como digo es la hora de ponerse en marcha. Sitúo cada cosa en su lugar previamente fijado en mi cabeza. Todo encaja como en un engranaje perfecto, como un autobox que cambia de forma. Yo me transformo en el Travelman. El bolso con la documentación cruzado sobre el pecho. La mochila encima, sobre la espalda. La maleta en la mano izquierda. Todo perfecto, todo preparado para ensamblarse y desensamblarse de manera autónoma. Me encanta el orden, la simetría. Es tan pulcra, tan carente de la imperfecta humanidad.
Bajo las escaleras y salgo a la oscuridad nocturna de la ciudad. También eso me gusta. Una ciudad silenciosa, despoblada y solitaria. Si pudiera permanecer así para siempre. Sin la ruidosa gente. Sin sus malos modales. Si pudiera permanecer inmutable por incontables eones protegida por una capa sobrenatural que la preservara del desgaste de la entropía. Sería entonces tan bella en su eterno sudario de muerte … Me encantan las ciudades aunque no soporto a sus habitantes.
Me encamino hacia la parada del bus SN2 frente a la sede local del Partido Popular. No puedo evitar que un escalofrío me recorra el cuerpo. Pero no hace frío pese a ser la dos de la mañana. Será algún episodio alérgico, digo yo. Dejo la maleta y sobre ella un jersey y una chaqueta. Porque en Berlín ya refresca y gracias a las políticas low cost cualquier mínimo excedente en la maleta se paga con 60 euros de multa. Así es que viajo, como Machado con lo puesto casi.
Mientras espero miro los horarios: el primer servicio comienza a las seis y veinte. Con mi proverbial habilidad me he adelantado al menos 25 minutos. En fin, no tengo remedio. Me toca volver a esperar. Paseo como una fiera enjaulada, pero a diferencia de estas, no para salir sino para entrar al recinto del bus. Después de un rato de solitarios paseos se acerca un anciano vestido de manera impecable y espigado como un obelisco. Saluda con rotundidad. Y yo contesto un poco indeciso. Ya casi nadie saluda por las calles de la ciudad. Antes, en los pueblos, uno se cruzaba por las calles con gentes a las que no había visto en su vida e intercambiaba los buenos días de rigor, o el con dios que decía mi abuela. Hoy ya ni en los ascensores o las escaleras la gente se dirige la palabra. Pero aún, los más auténticos permanecen fieles a la costumbre educada y, en las solitarias paradas de los autobuses o lugares cerrados, se niegan a abandonar la ancestral manía de demostrar que son humanos.
Los minutos van pasando con lentitud exasperante y mis paseos se hacen más frenéticos ante la duda de si el autobús recorrerá la distancia hasta la estación de autobuses con la suficiente rapidez como para llegar antes de las siete, hora en que sale mi transporte con destino al aeropuerto de Málaga.
Por fin llega. Vacío y enorme como el estómago de la ballena, y me engulle a mí y a mi equipaje. Me siento Jonás navegando por el mar urbanita mecido por las olas silenciosas de la noche de finales de verano. Quedan 45 minutos, teniendo en cuenta la hora y que es un día laborable no creo q haga muchas paradas y debería de arrivar con holgura a la estación antes de la hora funesta. Me relajo y me sumerjo en la ciudad desierta y dura a base de ladrillo y asfalto. Se detiene en la primera parada para recoger un par de pasajeros. Continúa el viaje. Vuelve a parar en la siguiente, sube más gente. Como una Tenia que se va volviendo grávida a medida que recorre los intestinos de la ciudad se va deteniendo en cada una de las malditas paradas sin dejar de engordar con pasajeros que suben y suben y suben. Y a medida que van subiendo el tiempo se hace infinito como en la ecuación de Einstein, donde la masa de pasajeros va alargando los minutos que tarda en llegar a la estación. A mitad de la Redonda se sube el cuarteto Maravilla. Dos chicos y dos chicas que vienen de marcha y amenazan con entrar en combustión espontánea de un momento a otro. Las destilerías ambulantes me rodean y gracias a ellos soy como una fruta que se sumerge en alcohol para obtener esa maceración perfumada.
Me desespero a medida que el autobús va parando. Me gustaría coger al conductor del uniforme y zarandearlo gritando, por dios no pare más, no ve que voy a perder el vuelo. Mientras la ira va colmando mi desazón por fin llego a la estación de autobuses, son las nueve. Salgo del autobús volando como un pájaro al que han abierto la puerta de la jaula y corre hacia otra jaula ante el terror del mundo abierto. Localizo el autobús que ha de llevarme a Málaga. Dejo la maleta en su panza y subo arriba, no sin que antes un guiri se me cuele por estribor con un empujón, demostrando que la mala educación no es algo exclusivo de nuestros lares.
Por fin de nuevo sentado en un cómodo asiento de cuero, único en uno de los laterales del bus. Dormito. El bicho se desliza suavemente por las autovías como por las venas de un ser antediluviano gigantesco. Llego al aeropuerto 45 minutos antes de que salga el vuelo.
El aeropuerto de Málaga. El chiringuito de España. Seres pálidos, casi fantasmales que llegan cargados con enormes maletas en las que supongo tratan de trasladar la civilización a nuestro tercer mundo. Seres crustaceados, cocidos al fuego lento de la costa, enrojecidos a partes iguales por el astro rey y el calimocho o la cerveza. Qué también cargan con descomunales equipajes, quizá los mismos que trajeron o no. El aeropuerto es una marabunta humana, la marabunta que llega de centro Europa para ahogarse en nuestras costas, pero que de forma milagrosa vuelve de nuevo a sus tierras norteñas. Hoy los nuevos peregrinos no llevan vieiras y báculos, llevan bañadores y palas de playa. Eso sí el calzado sigue siendo el mismo, un poco más moderno, la alpargata de esparto es ahora chancla plastificada, con sus calcetines correspondientes para las durezas del camino.
Yo también me he modernizado. Un poco. Llevo mi tarjeta de embarque en el móvil. Pero como soy un desconfiado por naturaleza, también la llevo impresa. Precavido y beligerante con el exceso de tecnología a partes iguales. Al final no puedo retenerme el ramalazo de nostalgia, guardo el móvil y enseño el papel varías veces doblado y arrugado a la eficiente chica de la cola de facturación. Usted no tiene facturación debe ir a las colas de acceso.
Minutos preciosos perdidos. Corro por las infinitas colas del aeropuerto como entre los géiseres del parque de Yellowstone, desaparecen y se crean de forma súbita. Una chica quita una cadena y de pronto, como llovidos de las profundidades magmáticas de la tierra, un chorro de turistas lampantes se apiña frente a ella.
En la lejanía diviso una multitud frente a las puertas de Ishtar. Son los turistas recorriendo laberínticos caminos para pasar por los arcos de seguridad. Menos de 20 minutos para el cierre de la puerta de embarque. Me sitúo en una de las infinitas colas. Y digo bien, infinitas, pues mientras se acortan por delante crecen por detrás, de modo que no tienen fin, siguen y se renuevan sus eslabones uno por uno,  nuevos se unen al final sin parar en una sucesión perpetua.
Por fortuna los funcionarios son eficaces y la cola avanza sin cesar. Por fin llego, me desmonto, me quito todo lo metálico o lo que pudiera serlo en un universo paralelo, o lo que pudiera levantar alguna sospecha, o lo que es líquido o pudiera serlo bajo incrementos brutales de presión y temperatura, o cualquier cosa que piense que puede molestar al agente de la autoridad o a su madre o a su abuela. Por si acaso.
Finalmente paso. Me vuelvo a automontar. Travelman acoplado. Corro ahora hacia la puerta de embarque por fin, llego siete minutos antes de la hora de cierre. Y me pongo en una nueva cola donde la gente se sienta en el suelo, come galletas, bebe café. Qué poco glamour tienen ahora los vuelos. Las primeras veces que yo volé parecía como cuando se iba al médico, bien aseado, pulcro, con modales de persona de bien. Ahora los vuelos se han democratizado, o sea que se puede vestir como un pordiosero, llevar mochilas que se caen a pedazos y sentarse en el suelo a comer bocadillos de mortadela con total impunidad.
Pasa la hora límite de embarque. Y la hora de salida del avión. Y seguimos en la cola. Ya se va acumulando la tensión de las prisas ahora innecesarias, a buenas horas mangas verdes, y el cansancio y la madre que parió a las compañías aéreas que me hacen correr para que ellos luego puedan disponer de mi tiempo con total arbitrariedad. Por fin se abre la puerta de embarque y comenzamos a entrar en una sala que da paso a los espacios donde los aviones se encuentran estacionados. Nos empezamos a hacinar en la habitación. Cada vez entran más personas, niños llorando, jóvenes gritando, padres llorando y suspirando que quien les mandaba a ellos viajar.
Al fin nos dejan entrar al avión. Deambulamos por un pequeño laberinto hasta llegar a la aeronave. Subimos las escaleras. Consigo mi asiento. Lo acaricio. Me parece tan amado, lo he echado tanto de menos. Froto mi nuca contra su piel de plástico. Me siento reconfortado y a salvo.
El señor comandante y toda la tripulación se disponen a ponerse a nuestro servicio para hacernos llegar a Berlín. Hablan en varios idiomas, nos dan la bienvenida, nos proporcionan instrucciones. Todo parece tan formal, tan bien organizado, tan serio. Me incrusto en el asiento y me dispongo a esperar el despegue. No me dan miedo los aviones, nunca desde la primera vez que subí. Como decían en el Bosque Animado, lo que da miedo es la vida. El avión se pone en marcha y pienso que pronto estaremos en el aire. Iluso de mí. Comenzamos un baile desprovisto de toda gracilidad por el aeropuerto; los aviones se deslizan por las pistas, tomando curvas y cediéndose el paso unos a otros en un baile orquestado a través de un dédalos invisible en busca de la pista que les corresponde. Y vamos dando trompicones por las pistas de asfalto, trotando como potrillos neófitos incapaces de lanzarse al galope por cobardía o impericia. Y trotamos y trotamos y trotamos. Más de media hora de trote por las pistas y más de ocho horas desde que salí de mi casa sigo deambulando por las pistas del aeropuerto de Málaga, ciudad situada a unos ciento treinta kilómetros de mi domicilio. He recorrido este trayecto a una prodigiosa velocidad de 16 km/h. ¡Qué portentoso avance el de la aviación!
Por fin el avión parece encontrar un cacho de asfalto que le parece aceptable y empieza a tomar velocidad. En unos pocos segundos estamos en el aire camino de Berlín. Bueno lo peor ha pasado, y ahora toda será comodidad y tranquilidad.
Eso es lo que creía. Pero me equivoco. De un momento a otro el interior del fuselaje del avión se transmuta y se convierte en el plató del Precio Justo o La Ruleta de la Fortuna. Empiezan a pasar  azafatas y azafatos vendiendo cupones de sorteo, todo tipo de bebidas y cachivaches, y cualquier cosa que sea susceptible de poder comprarse en un avión. Pero no pasan una vez, no, que va. Pasan una y otra y otra en una rueda cósmica sin fin, en donde el show se mantiene durante todo el trayecto.
Intento leer un poco y desaparecer de aquel escenario montado para el consumismo. Pero la verdad es que el continuo movimiento acompasado del personal de cabina por un tan estrecho pasadizo es hipnótico. Cuando vuelvo a retornar a la realidad nos disponemos a aterrizar en Berlín.
En la maniobra de acceso me sorprende al bajar de las alturas los entornos de la ciudad. Es un cenagal. Aguas estancadas, lagunas y vegetación acuática en un mar verde es lo único que puedo ver desde las ventanas del avión. Por fin se ven los primeros edificios escondidos por el entorno natural. La primera impresión que tengo de Berlín es la de una ciudad que se esconde para no llamar mucho la atención.
Tras el aterrizaje y un rato esperando el equipaje por fin consigo salir del aeropuerto que me parece diminuto para una gran ciudad como esta y por fin salgo al cielo berlinés que me recibe con un sol radiante. Ahora solo queda llegar a la pensión situada en mitad de la ciudad. Hay una especie de tren pero no me da confianza y yo he mirado por internet que un autobús me deja cerca del alojamiento. Pero donde está la parada de autobuses. Ni idea. Oteo el horizonte y a unos doscientos metros veo un grupo de personas que parecen esperar. Me dirijo hacia allí con todo el montaje de transporte encima arrastrándome como una babosa por la carretera.
Cuando me acerco efectivamente veo postes con números. Consulto mis apuntes. Leo los letreros. Ni rastro del que yo creía que debía de coger. Al fin llega un autobús y yo muy gallito me dirijo al conductor para preguntarle con mi mejor acento en inglés gracias a mi B1 recién adquirido que cuál es el autobús que me lleva a la dirección. El conductor moreno, cejijunto, con un perfecto acento turco-germánico me habla en algún idioma fronterizo entre ambas nacionalidades. Virgen del amor hermoso. Yo insisto en inglés figurado y finalmente el hace un movimiento de asentimiento al escuchar la calle, supongo, y me da un número de autobús. Luego cierra las puertas del bus y sale como alma que lleva el diablo.
 Doy una vuelta y efectivamente encuentro el número en un palitroque. Espero. Son las 18 horas. Doce horas desde que salí de mi casa. El cansancio comienza a apoderarse de mí. Sin comer. Sin agua. Cargado como un porteador africano de los de Tarzán. Sigo esperando. Y por fin, lo veo, el número mágico, el número de la suerte. El número que me llevará al paraíso de la pensión.
Para, entro, saludo en inglés, y lacónicamente digo con un brillo de esperanza en los ojos el nombre de la calle que está junto a la pensión, el conductor, un alemán mallorcete y con cara de bonachón me mira y en un acto de misericordia impremeditada, asiente con una sonrisa. Yo estoy a punto de caer de hinojos y lavarle los pies, pero simplemente le doy las gracias y entro despacio saboreando el olor de la victoria. Me siento. El autobús arranca. Arranca y deambula. Se dirige hacia las afueras de la ciudad hasta incrustarse en uno de sus barrios. Y luego en una romería a la que solo le faltan las sevillanas y el calimocho comienza a recorrer calle tras calle, barrio tras barrio de Berlín, haciendo infinitas paradas, recogiendo y dejando gente. En una trayecto que parece no tener final nunca. Son barrios obreros a tener de las construcciones y de los pasajeros que suben y bajan en ellos. Edificios grises, utilitarios y clónicos unos de otros. Construidos durante la época comunista. Sin una floritura. Todos milimétricamente iguales. Tras 45 minutos viendo el mismo paisaje el suicidio acude a mi mente como un amigo que viene de visita para evitarte la agonía del sufrimiento postrer.
Por fin el autobús parece alejarse de los barrios obreros y dirigirse hacia el centro de la ciudad. Hasta que finalmente me deja en una estación de autobuses situada en una gran plaza. Miro mis notas. Dios mío, no puede ser, me he equivocado, no estoy cerca de la pensión, no es la calle. El cansancio, la ira y la frustración se apoderan de mí. Por fortuna estoy en Europa, en una ciudad civilizada y no en EEUU donde llevaría un Kalashnicov en la maleta para volcar toda mi locura en los pobres desgraciados que me rodean. Me dirijo a otro conductor y le enseño el papel con el número de la calle de los cojones. El hombre me mira turbado, supongo que ve la sangre en mis ojos y con cierta lejanía me señala: el metro.
Me encamino hacia la boca de metro y miro los paneles. Efectivamente una de las líneas me deja en la calle maldita. Me meto por los túneles del metro. Qué diferente al metro de Madrid o Barcelona. Es menos apoteósico, como todo en Berlín es funcional y poco más. Me subo a la línea. El trayecto es corto, solo tres o cuatro paradas. Por fin emboco la salida del metro y al final de las escaleras me paro un segundo para consultar mis notas y saber dónde estoy en un mapa. De pronto me percato de que ya no hay sol. El cielo se ha convertido en una plancha gris que amenaza con desplomarse sobre las cabezas de los berlineses y de los desgraciados turistas como yo. Y efectivamente es lo que ocurre. En apenas unos segundos comienzan a caer unas gotas pequeñas casi insustanciales y de pronto sin más aviso una tromba de agua cae a plomo. En mitad de la calle, guardo el móvil para que no se moje, me quito la mochila y busco un impermeable. El agua me corre por las gafas y casi no veo. Como puedo abro el impermeable y me lo pongo entre la cortina inmisericorde que se desploma del cielo. Me vuelvo a poner la mochila y camino bajo el aguacero enfilando la calle de la pensión. Unos metros antes de llegar como por ensalmo la lluvia cesa de modo tan súbito a como apareció. Al acercarme veo a David que me espera. Me acerco a él. Dejo las maletas en el suelo y me quito la mochila y el impermeable.
-La puta madre que parió a Berlín, grito, mientras unas lágrimas furtivas corren por mi cara mezclándose con las gotas de lluvia berlinesa.

UN MAESTRO EN EL EXILIO.


La aldea tiene un aire como de cementerio chico, familiar, en el que todos los muertos se conocen y se tratan. Está en las estribaciones de una montaña que la protege y la castiga a partes iguales como un progenitor sensato. A veces lanza la montaña sobre la pequeña población su reprimenda de nieves, hielos y fríos para que no olviden los lugareños que hay que hacer frente a la vida y aprender a vadear las adversidades. Luego, pasada la reprimenda, la montaña extiende su mano acogedora de aguas cantarinas, bosques perfumados e hierbas acolchadas en derredor del pueblo, y lo acaricia con la suavidad de su primavera florida y feraz. Todo eso lo sé ahora y lo he aprendido con el tiempo.
Sin embargo, cuando llegué el primer día a aquel pueblo de la serranía tras atravesar la laberíntica carretera de montaña que desemboca en él, pensé que había sido exiliado del mundo civilizado por mis pecados y que era justo que alguien tan abyecto como yo pasara allí el resto de su vida.
Puse el Gps para que me llevara hasta la escuela. Entonces mi desesperación fue absoluta. No funcionaba. Paré en la cuneta y apoyé la cabeza en el volante, como en las películas de Hollywood. Sollocé quedamente. Cuando por fin me tranquilicé un poco al volver por un momento, aunque fuera en mi imaginación, a los filmes de mi época urbanita, volví a conducir hasta llegar a las afueras del pueblo.
Allí, en un pequeño parque volado a forma de balcón sobre la ribera del río, algunos pueblerinos momificados en su vejez iban girando sobre sus propios talones como girasoles en busca de los famélicos rayos del invierno. Paré junto a ellos. Volví a suspirar sin poder soportar la melancolía. Bajé la ventanilla y pregunté desde la distancia, perdonen me pueden decir cómo ir a la escuela.
Los chivos enchaquetados con camisas blancas oliendo a alcanfor y trajes de rejilla pardos me miraron con desconfianza, como evaluando el grado de peligrosidad que yo representaba para sus vidas monótonas e insustanciales.
Tras unos segundos de silencio uno dijo en algún idioma parecido al español, tire esa calle parriba y cuando llegue a la plaza, a la derecha, no tie pérdida.
Di las gracias y seguí la dirección indicada, una pronunciada cuesta semiasfaltada y estrecha que como había dicho el buen hombre me condujo a una pequeña plaza en la cual por supuesto estaba la iglesia. Giré y desemboqué a otra escuálida explanada en la que efectivamente estaba la escuela.
Aparqué el coche y me quedé allí sentado, mirando aquellas cuatro aulas frías, austeras y funcionales, encuadradas por un enorme macizo montañoso que a sus espaldas se levantaba como una gigantesca mole adusta, casi amenazadora.
Volví a llorar, pero esta vez no hubo lágrimas.