Desde mi balcón puedo ver bajo un
cielo gris un millón de manos que se agitan en la tarde mortecina. Un millón de
cabezas despeinadas y de ojos huidizos, un millón de bocas deseosas de besos,
un millón de cuerpos que anhelan los abrazos. Desde la soledad de mi balcón,
proa de un barco inmóvil sobre la línea de un horizonte que se abate sin medida
sobre las cabezas de mis congéneres en su ajetreo insustancial y cotidiano, veo
el universo que se extiende inmisericorde sobre nuestra fugaz vida que se
agosta con cada bocanada de aire que tomamos. Bajo la inmensidad de la bóveda celeste
que amenaza siempre, cual espada de Damocles, con arrebatarme los últimos
jirones de cordura que me restan, no puedo dejar de ver a los de mi propia
especie como roedores que corren con premura en la rueda de la jaula que los
aprisiona. Manejados a voluntad por las leyes de la biología que les impone el
nacimiento, el raudo crecimiento, la reproducción para la perpetuación de la
especie, la senectud inmisericorde y la feliz muerte que resuelve todos sus
problemas y pone fin a sus sufrimientos y quejas. Y para poder cerrar ese ciclo
maldito, los humanos nos olvidamos de la misma existencia de esa rueda mortal
en imparable giro, de la vacuidad que supone esa huida hacia adelante que en
cada paso, en cada minuto, nos acerca, como la polilla atraída por la luz,
hacia nuestro propio fin. El maldito regalo envenenado que es la consciencia
nos mejora como especie y, a la vez, nos condena a entender, sin lugar a dudas,
la naturaleza absurda de la existencia. Y a pesar de eso, cada mañana, mis
coetáneos se levantan, laboran, construyen rascacielos y autopistas, componen
canciones y redactan libros, sesudos o estúpidos; ocupan set de televisión para
rodar putrefactos programas de cotilleo donde descuartizan a sus semejantes
para consumo de la purulenta sociedad en la que vivimos. Ruedan películas,
profundas, de acción sin argumento, románticas edulcoradas. Suben persianas, se
afanan en vender todo tipo de productos, innecesarios y consumistas, esenciales
para la vida. Productos de diseño, superempaquetados en plástico para nuestra
perdición. Y viajamos, y rodamos por todo nuestro ancho mundo, minucia insignificante
cósmica. Y volamos en la seguridad y la premura hermética enlatada de los
aviones, o en los ataúdes con ruedas que son los automóviles, o en el
anacronismo de barcos que surcan los mares que envenenamos cada día. Y así
nuestra rueda va girando cada día, conscientes de nuestra vida, inconscientes
de la futilidad con la que la gastamos, como la mecha que se consume a toda
prisa para hacer estallar nuestros cuerpos y dispersar los átomos que los
compone en este universo que nos acoge sin propósito alguno.
Un espacio para el pensamiento libre, para lanzarse al vacío, sólo, con el paracaídas de la palabra. Si eres osado en tu pensamiento, si no tienes prejuicios, si la vida te apasiona; di "amigo" y entra.
martes, 14 de julio de 2020
domingo, 3 de mayo de 2020
LA MUJER CON DOS PERROS QUE BRILLABA EN LA OSCURIDAD
-
Hola,
¿vas a tomar café? ¿puedo ir contigo?, me espetó sin más preámbulos cuando me
dirigía a la cafetería.
Me había cruzado con ella un par de
veces en el trabajo y no habíamos ido más allá de un saludo cordial en el
ámbito protocolario. He decir que aquel abordaje, y digo bien, abordaje, porque
ella abordaba a la gente como un pirata que te va a despojar de todo lo que de
valor posees sin siquiera pestañear, me incomodó y me divirtió.
Luego de aquel café inicial recordé
que la primera vez que vi a aquella mujer me pareció alguien corriente, quizá un tanto hiperactiva, como si tuviera
prisa por no llegar a ninguna parte. Más tarde comprendería que en realidad la
prisa no era por no llegar sino por no permanecer.
-Sí, claro, vamos fuera si te parece,
respondí yo, usando una naturalidad impostada que en modo alguno me era propia.
Fueron las primera palabras de lo que
se convirtió en uno de los viajes más fascinantes y desconcertantes de mi vida.
Aquel ser vino a mí como una fresca brisa en una calurosa noche de verano, de
manera por igual inopinada y bienaventurada. Trajo a mi vida una mezcla de desconcierto
e incertidumbre que aunque no desmanteló el bien asentado esqueleto de mi concepción
teleológica de la existencia sí arrancó algunas viejas vigas enraizadas desde
mi infancia que hicieron tanto bien a mi devenir terreno como mal a las pocas
certezas que aún me restaban.
Su nombre era Leonora Tiziana Méndez, hija de un rico
hacendado cultivador, pintor y filántropo que ya retirado disfrutaba de sus
años postreros dedicado a la contemplación de su obra y a las trifulcas insustanciales
con su señora esposa, una mujer vivaracha y coqueta que vivía en su senectud un
tercer rejuvenecimiento que traía de cabeza a todos sus hijos y que a él le
hacía brotar la bilis día sí y día también.
Leonora era su costilla y por ello la amaba y le dolía a
partes iguales. Veía en ella el fiel reflejo de su carácter indomable e
irredento, y era justo esa rebeldía la que a menudo los enfrentaba y
distanciaba. Era el choque del pedernal contra el pedernal lo que incendiaba
las cenas familiares, lo que amargaba las tardes de bizcocho y café en el
jardín.
Leonora lo amaba tanto como para
apartarse de él, me confesaría ella misma más tarde.
Nos tomamos un café como si nos
conociéramos de toda la vida. Yo que soy tímido y reservado por naturaleza con
mi vida privada me explayaba con total confianza como si hubiéramos vivido
cuantiosas noches etílicas y los pesares de la vida hubieran sido compartidos,
más aún, las alegrías del otro celebradas como propias.
Quizá yo estaba en un hito de mi
devenir existencial en que no me importaba ya decir por completo quien era, en
el que me sentía indestructible a fuerza de no tener ya materia que derribar,
quizá ella llegó justo en el momento en que podía desnudarme sin miedo alguno,
pues ya no quedaba cuerpo que ver, quizá lo poco que alguna vez hubiera creído
ser había desaparecido ya y solo era una saco de huesos que deambulaba por el
mundo apresado apenas por el suspiro de un etéreo e inasible amanecer.
En cualquier caso, he de decir que contribuyó,
probablemente sin saberlo, a cimentar aún más, mi desconcierto ante la
naturaleza humana, ante las pasiones y causas que motivan a hombres y mujeres
en su manera de interrelacionarse entre ellos y con el medio que les rodea. Si
siempre fui un misántropo irredento, después de conocerla y tratarla durante
aquel interminable año, me volví un huraño más comprensivo con las debilidades
humanas, un poco menos iracundo ante las miserias del común de los mortales.
El café terminó y volvimos juntos al
trabajo, aunque yo ya sospeché que en su mente, eso era más un concepto que una
situación geográfica. En aquel pequeño trayecto un par de veces paró a otros compañeros
para realizar con tal franqueza un comentario o una petición que yo los veía
tambalearse sobre sus talones, demudarse su cara ante el asalto improvisado y
feroz de su sinceridad impertinente.
De pronto pasó una compañera joven
que caminaba hacia su puesto. Leonora la paró con cualquier excusa y de
improviso le espetó:
-Este es mi nuevo amigo, sonrió sin darle
mayor importancia, con su sonrisa franca que por igual te desarmaba y te
agredía.
Vi como la joven entraba en estado
catatónico. Su rictus sufrió toda una marea de alteraciones involuntarias que
trataban de encontrar algún tipo de expresión acorde con aquella injustificada
confesión, pero no hallaba el camino, y se iba transformando en una serie de
muecas ridículas que solo expresaban desazón e incomodidad. Por último, la
joven esbozó una medio sonrisa que podría ser la expresión facial de un
retortijón y continuó su camino presa de la incertidumbre acerca de lo que el
resto del día le depararía. Para mí fue uno de los días más celebrados pero no
el único en el que Leonor pondría en apuros a los pobres incautos que se
cruzaban en su camino sin la protección de un desorden mental agudo como el
mío.
Aquel pequeño suceso me dejó perplejo
durante un tiempo, debatiéndome entre mi propensión a sufrir por el ridículo
ajeno y una imbatible atracción hacia una persona capaz de ejecutar aquel acto
con tal aplomo que lo convertía en la cosa más normal del mundo. La naturalidad
era uno de los pequeños regalos que Leonor me ofrendaba para desconcierto de
muchos de los que la sufrían.
En aquellos meses, fuimos en muchas
ocasiones a los bares, pero no necesariamente a comer o beber, sino
simplemente, como era costumbre en nuestra cultura, a perder el tiempo charlando
sobre cualquier tema insustancial o trascendente. Nuestros pequeños debates
eran apasionados, amables a veces, airados, otras, pero siempre repletos de
humor y de paciencia. Nos ofendíamos con la amabilidad con la que una familia
lo hace durante una cena de Nochebuena.
Entre ellos, los más acalorados eran
los que se referían al sentido trascendente de la vida. Yo soy un ateo
practicante y ella una creyente desaforada. Sus profundas convicciones
religiosas eran para mí un arcano imposible de desentrañar, ¿de dónde surgían?
¿por qué permanecían? Siendo así que era una persona de extrema inteligencia ¿cómo
persistía en la creencia de aquello a lo que todas las señales racionales llevaba
a pensar que no existía, que era una mera construcción de los humanos, primero
por miedo a la muerte y luego como elemento civilizador en los días más brutales
y oscuros de nuestra especie?
Para mí este era un misterio en el que por más que buceaba
jamás sacaba nada de valor. Ella esgrimía argumentos etéreos, insoslayables por
su inconsistencia, se perdía en un marasmo de sensaciones y sentimientos sin
ninguna base probatoria que por su propia inexistencia eran imposibles de
rebatir. Al final siempre llegábamos a la Fe, esa maldita palabra que tanto
odio y que tanto mal ha hecho a la
especie humana. La fe en todos sus variantes solo ha servido para
justificar las más injustificables atrocidades, para respaldar los más
innombrables comportamientos. Tras la fe solo se esconde el fanatismo y la
oscuridad.
Un día me invitó a ir al día siguiente a la playa que
teníamos apenas a 5 km. A mí la playa no me suele gustar mucho, bueno, en
realidad, lo que no me gusta es la playa en verano, con calor, humedad, llena
de salvajes gritando y atronando con la música a todo volumen como para acallar
la oquedad de sus cráneos hipertrofiados. Pero por fortuna era invierno. Y eso
era otra cosa. La playa era entonces un lugar tranquilo donde sentarse a cierta
distancia del mar solo para oír el batir de las olas sobre la costa, mientras
las dunas de arena dorada se solazaban sin prisa bajo los acariciadores dedos
de unos incipientes rayos de sol.
Así pues acepté encantado y la esperé al día siguiente con el
picnic preparado. Apareció a las diez y media pese a haber quedado a las diez,
en un coche viejo y cochambroso que manipulaba, sin cariño alguno, yo diría que
incluso con un poco de aversión, como la rabia mal disimulada que le tiene un
labriego al roce de la hoz que le llaga
las manos. Era su acendrada relación de amor-odio con la tecnología la que le
empujaba a esa actitud con cualquier artilugio fabricado por los humanos.
Condujo con despreocupación hasta la costa bajo un cielo
límpido en el que unos jirones difusos de nubes apenas dibujaban unas sombras pasajeras.
Finalmente llegamos a la costa y aparcamos en un arcén para dirigirnos por un
camino de arena entre las dunas a la vera del mar. Nos sentamos y nos dejamos
acariciar por la fresca brisa de un día soleado de invierno sin decir palabra,
como una pareja de ancianos que tras 40 años casados no tiene nada que decirse
o lo dicen apenas sin palabras. Quizá la compañía pura era en ese momento
un valor más preciado que las mejor de
las disertaciones que pudiera construirse con palabras. Y por alguna razón los
dos habíamos decidido disfrutar de esa compañía en silencio sin haberlo
acordado previamente.
Al fin se quitó una telaraña de cabello de la cara y dijo:
-
Me
ha escrito mi ex, pronunció las palabras con comedimiento exquisito.
-
Cual,
dije yo como un girasol con la cara expuesta al astro que lucía en el cielo
infinito.
-
Hace
mucho tiempo, dijo lacónica, no sé si para que información mía o recordatorio
suyo.
-
¿Y
qué quería?, más por cortesía que por verdadero interés.
Ella ignoró mi pregunta, como a
menudo hacía, para seguir el hilo de sus pensamientos.
-
Siempre
está yendo y volviendo, apostilló para cerrar el tema y quedarse en silencio.
Su vida amorosa era un dédalo de pasiones y odios, en el que
había naufragado incontables veces, pero del que, al igual que el barco del
holandés errante, siempre salía a flote salvando los tesoros del naufragio.
Tenía una habilidad sobrenatural para enrolar a sus amantes en su propio bando
de modo que lejos de convertirse en ajenos pasaban a formar parte de su elenco
sentimental. Los abducía en una maraña de sentimientos irracionales o razones
sentimentales en los que inevitablemente se veían atrapados sin ser capaces de
buscar una salida o pensar siquiera en que debieran buscarla. Creo que a
diferencia de la mosca en la tela de araña, sus amantes-amigos no se debatían
entre los hilos que los apresaban, quizá porque la tela se les hacía tan cómoda
que finalmente se convertía en un cálido y cómodo somier en el que dormitar
durante un rato en el continuo discurrir de la vida. En realidad, pienso que
para ellos, ella terminaba siendo como un refugio indeseado, similar a un abrazo aceptado a regañadientes, como el
que recibe un adolescente enfermo, demasiado mayor para aceptar las carantoñas
de una madre protectora, pero no tanto como para no ansiar su consuelo
incondicional.
Leonora atrajo el bolso hacia sí y extrajo de él una bolsa de
almendras, me ofreció y comenzó a comer algunas con gran delectación.
Disfrutaba como de todo lo que hacía con un sentimiento profundo de posesión,
en la menor de sus acciones nunca había cabida par lo superfluo. Luego comenzó
a interrogarme de forma casual, como siempre hacía. Nunca entendí si de verdad
le importaba mi opinión o simplemente
trataba de examinarme como a una rara especie recién encontrada y que no se
sabe muy bien donde ubicar en el árbol filogenético. De modo que lanzaba sus
dardos punzantes tratando de maniobrar los resortes que abrieran el cofre de mis
secretos, si es que tales artefactos existiesen. Indagaba en una perpetua
obsesión por encasillarme o bien por atraerme a su manera de pensar, a su
enraizada forma de visión de la vida. Por más que trataba de explicarle que
ello y yo no hablábamos el mismo idioma no se daba por vencida y volvía una y
otra vez a la carga para derribar los muros de mi racionalidad que ella
consideraba ceguera.
Sin embargo, ella misma, a pesar de que era una buena
comunicadora y hablaba y expresaba su opinión sin prevención alguna, era inextricable.
Era imposible saber lo que pensaba a cerca de nada. Su palabrería difusa
escondía con extrema habilidad su verdadero ser, sus auténtica personalidad;
era un enigma encerrado en un telepredicador, capaz de expresar su opinión
sobre los más diversos temas sin siquiera dejar entrever un atisbo de su
verdadera identidad. Como un batiscafo navegaba entre conceptos e ideas,
subiendo o bajando en la profundidad con que los abordaba, pero siempre
encerrada en este artilugio construido con palabras que le impedía mojarse ni
un pelo en el mar impredecible de la controversia.
Tendía trampas en el discurso constantemente. Hablar con ella
era como participar en una película antigua de chinos, llena de celadas y
subterfugios. Evitaba lo políticamente correcto planteando opiniones
abiertamente descarnadas en las que no creía pero de modo que su interlocutor
se sintieran suficientemente cómodo como para expresarse con total crudeza; se
ponía de tu parte para invitarte a saltarte los convencionalismos sociales, aun
cuando ella estuviera plenamente convencida de lo contrario. Creía estar en
posesión de la única moral auténtica y por tanto legitimada divinamente para
maniobrar en beneficio de esa verdad revelada.
-Eres un cobarde incapaz de amar, por eso te guareces en esa
racionalidad metálica, me espetó un día sin que se alterara un solo cabello de
su peinado.
-Bueno primero habría que definir qué es el amor, traté de
defenderme
-El que no lo sepas explica la lástima que siento por ti,
dijo riendo a carcajadas mientras me tomaba del brazo con ternura.
Fue una muestra de su humor afilado y fina ironía que podía
tornarse cruel de ser preciso, y que la mayoría de las personas no entendía y a
no pocos espantaba. Dulce en los modos, afilada en las sentencias, hendía el velo
de la inconsistencia discursiva con la precisión de un neurocirujano que
extirpara el nervio preciso para desmadejar a un individuo casi sin signos
aparentes de haber sufrido la menor herida. Realizaba la incisión de manera tan
exhaustiva y delicada que a menudo sus contertulios u oponentes balbuceaban
como niños incapaces de volver a armar el edificio de sus pensamientos una vez
eliminada la viga maestra que todo lo sostenía.
A veces podía decir una cosa y a los pocos días justo la contraria
con la misma convicción. Pero no era una mentira, simplemente había olvidado lo
dicho anteriormente y construía una nueva opinión, en el momento, con el hilo
que entonces llevaba como si la anterior jamás hubiera existido.
En ocasiones mientras hablaba se podía intuir que su mente se
encontraba muy lejos, al menos una buena parte de ella, mientras que una
pequeñísima fracción de su cerebro mantenía en movimiento los músculos de su
boca articulando frases memorizadas que en realidad no tenían nada que ver con
ella misma.
En algún momento llegué a creer que me apreciaba
sinceramente, pero ahora tiendo a pensar que más bien fue un artificio de mi
propia necesidad, como quien antropomorfiza a un animal y le hace partícipe de
sentimientos humanos a los que el animal es completamente ajeno.
viernes, 1 de mayo de 2020
BARCOS EN LA NIEBLA
Ha vuelto a ocurrir. Es un hecho reseñable por su infrecuencia. En esta vida complicada llena de gente insustancial y trivial, encontrar a otro semejante que merezca la pena es como hallar al esquivo unicornio. Bello y escaso.
Pues bien, otro ser especial, interesante, ignoto y complejo ha aparecido en mi vida. Esta vez es una mujer, hecho aún más raro, pues es sabido la poco conexión que suelo tener con el sexo femenino.
Como un niño con zapatos nuevos, siento una mezcla de extrañeza y ansiedad, por desenvolver el regalo, por descubrir sus secretos, por explorar los más recónditos recovecos de su cerebro.
También cierta ilusión contenida después de la mala experiencia con la última persona con la que pensé tener una relación especial y estrecha.
A estas alturas de mi vida he aprendido a no esperar nada, pero a desearlo todo. Tiempo a tiempo.
Pues bien, otro ser especial, interesante, ignoto y complejo ha aparecido en mi vida. Esta vez es una mujer, hecho aún más raro, pues es sabido la poco conexión que suelo tener con el sexo femenino.
Como un niño con zapatos nuevos, siento una mezcla de extrañeza y ansiedad, por desenvolver el regalo, por descubrir sus secretos, por explorar los más recónditos recovecos de su cerebro.
También cierta ilusión contenida después de la mala experiencia con la última persona con la que pensé tener una relación especial y estrecha.
A estas alturas de mi vida he aprendido a no esperar nada, pero a desearlo todo. Tiempo a tiempo.
lunes, 23 de marzo de 2020
EL BAÑISTA SUICIDA
Una vez vi a alguien que se ahoga
y pedía ayuda. Pero decidí no hacer nada. Al final, claro, lo vi ocultarse bajo
las olas crispadas que empujaba el viento iracundo. Me quedé observando las
gaviotas que progresaban en el cielo nublado haciendo piruetas ajenas a la vida
que se perdía y a mí mismo que no hacía nada por evitarlo. Pero yo sabía bien
lo que hacía. En realidad él no quería salvarse. Solo agitaba los brazos para
llamar la atención, para que el mundo fuera consciente de su desgracia. Pero
solo eso. Podría haber nadado. Podría haber intentado flotar y hacer un
esfuerzo para llegar a la orilla. Pero nada de eso hizo. Se limitó a hacer
aspavientos y gritar de manera patética para que el universo viera como se
hundía sin remisión en las profundidades oceánicas. Hay quien prefiere llamar
la atención y quejarse y gritar a hacer el esfuerzo de salvarse nadando. Por
eso me quedé impasible viendo las olas sucederse en un mar embravecido que como
la vida termina ahogando siempre al que no nada.
sábado, 21 de marzo de 2020
LA CANCIÓN DEL VAQUERO SOLITARIO
Soy un vaquero solitario que surca el espacio
Cabalgando un planeta azul,
Soy un vaquero solitario,
Todos lo habéis visto en las películas.
No llevo armas, soy un hombre tranquilo,
Con la palabra desnuda mi disparo es certero,
Soy un vaquero sin estribo
Que cabalga un planeta azul desierto.
Entre las estrellas, ya lo veis,
En los espacios siderales, voy despacio,
Con mis espuelas, de plata de ley,
Clavadas sobre la tierra de antaño.
Soy un cowboy sin guión
Que espolea en la noche infinita
Un planeta olvidado por el mismo Dios,
Soñando feraces praderas floridas.
Vosotros me habéis visto de imprevisto,
En vuestros sueños de libertad
Quién sabe si os habéis cruzado conmigo,
Un viejo borracho sin rostro ni edad.
Os habéis olvidado de los vaqueros,
De sus caballos y de los cielos,
De los lobos solitarios que libérrimos
Pastorean extensas manadas cerca del Río Rojo.
Joder, que estúpidos sois.
Se os ha olvidado el aire limpio,
El agua fría por la mañana en la cara,
El oscuro elixir líquido
Cuyo humo las nubes preñadas arrastran.
Soy el último vaquero que cabalga
Entre deshilachadas estrellas escarlatas,
Entre los espacios infinitos,
Allá donde las praderas son mi cama.
jueves, 6 de febrero de 2020
INSOMNE
Podría dormir tranquilo si la
noche no fuera
Tan silenciosa o espesa,
Dulce de leche, pastel de nata,
Podría dormir hecho un ovillo,
Junto a mi ovillo de gata,
Azabache en la oscuridad nocturna
Hierática como una egipcia
estatua.
Podría dormir si no fuera tan
violenta
La nada que en mi dormitorio
acecha
Si las cuatro paredes tan blancas
No se estrecharan y me
oprimieran,
Podría dormir si dormir no me
matara.
Podría cerrar los ojos y dejarme
abandonar
A la pequeña muerte cotidiana
Pensando que tu cuerpo contra el
mío
En un desliz se rozaba,
Sintiendo tu espalda infinita
Contraerse entre mis manos
piratas.
Podría dormir después de abordar
tu cubierta
Y saquear tus entrañas,
Después de subir a tu cofia y
escalar
Ese indomable palo de mesana.
Podría dormir esta noche, con tu
cuerpo
Apresado en las redes del alba,
Mirando desde el castillo de proa
Tus ojos castaños, tu frente
despejada.
Podría dormir, pero no duerno,
Porque esta eterna noche ingrata,
El velero que yo amo, está lejos
Surcando la noche encantada de
Granada.
martes, 4 de febrero de 2020
UN PASEO POR LA SELVA
Hoy ha tocado excursión a Sevilla con la chavalería del insti. Qué
experiencia tan maravillosa y enriquecedora. Yo he llegado a las 7:45, puntual
como la muerte, como no podría ser de otro modo. Mi gen celta anda por ahí
siempre dando el coñazo. Eso sí, los autobuses han llegado media hora después.
Ya sabemos que el yin y el yang siempre tienen que manifestarse; por cada
andaluz serio y cabal debe de haber dos juancojones a los que se la refafinfla
todo. Pero bueno, he respirado 13500 veces para no empezar mal el día y me he
dicho que hacía una bonita mañana de martes y no quería acordarme de la familia
de nadie a tan madrugadora hora. Misión imposible. Mientras controlaba que las
extraordinarias criaturas que pastoreamos no salieran a la carretera y lo pusieran
todo perdido de su sangre, una madre con un transatlántico me ha donado un
sonoro bocinazo para poder llevar a su noble vástago hasta la mismísima entrada
del instituto, no fuera que la sangre de su sangre anduviera a tan tierna edad
un metro sobre el pavimento con sus propios pies y se mancillara de tan vulgar
humanidad. Cuando me he dado la vuelta he agradecido tan sonora dádiva con la
mejor de mis sonrisas pues el subfusil me lo están limpiando y de nuevo he
contado 5532 respiraciones para controlar mis manos que caminaban con voluntad
propia a empalmar la "chirla" que siempre llevo en la mochila.
Bueno al final hemos conseguido
ubicarnos en los autobuses. Y yo con mi proverbial sentido de la urbanidad me
he ido al final para controlar al pasaje. Qué maravillosa idea. Cómo describir
aquí con palabras la extraordinaria sensación de sumergirse en esas preclaras
mentes. Esos móviles estudiantiles reproduciendo porno, juegos de violencia
extrema y “música” trap todo a todo volumen en un disintonía propia de la mejor
banda de jazz puesta de peyote y vodka hasta las cejas.
En un determinado momento he dado
una cabezada y se ha iluminado en mi mente un maravilloso sueño en el que unos monos
rabiosos y babeantes arrancaban mis ojos con sus manos y raían mi piel con sus
uñas mugrientas mientras se arrojaban sus propios excrementos en una bacanal
salvaje. Sin embargo, cuando desperté, los monos todavía estaban allí …
Así, rodeado de tan agradable
compañía hemos llegado al recinto que acogía el concierto. Una descomunal sala
fría e impersonal más propia de una fábrica que de un lugar donde deberían
sonar las cultas notas de Purcel. Aun así, si uno cerraba los ojos, la música ejercía
su mágico poder y era capaz de sacarle a uno de la jauría y transportarlo a un
lugar en donde el flautín saltaba pizpireto a las orillas de un lago de aguas
cristalinas, mientras las melodiosas flautas caían por una cascada cantarina, y
los violines se bañaban en las apacibles aguas a la vista de unos ilustres
contrabajos que pacían mansos sobre la hierba recién cortejada por el rocío del
alba aún en retirada.
Por supuesto en cuanto uno habría los ojos,
toda la magia desaparecía de modo instantáneo y volvía uno a ver móviles
encendidos, golpes saltando de unos asientos a otros y chicles pegados a los
asientos del recinto musical. Y quería uno convertirse en un pequeño sátiro y
salir corriendo y refugiarse en esa Narnia musical y nunca más volver. Cerrar
la puerta del armario por el otro lado, tirar la llave y quemar el puñetero
mueble para evitar cualquier posibilidad de regreso.
Pero Narnia solo existe en los
corazones puros y las mentes infantiles. Y los uno están agusanados por la
telebasura y las otras corrompidas por el uso sin supervisión de las redes.
Así es que sin más contratiempos
hemos regresado en una calurosa tarde de enero más propia de la primavera que
llega que del invierno que se va. Y yo he vuelto a mi piso y mi gatita que es
negra y no conoce las maldades del mundo, ni los gritos ni los malos modos. A
mi gatita que se tumba a mis pies a dormir y cuando se “jarta”, se levanta, se
despereza y melosa como es ella se allega hasta mí y me pide una carantoña. Y
yo, solícito, le paso la mano por su pelaje lustroso y brillante, y ya no me
acuerdo de la barbarie de los gritos, ni de niños de doce años que hablan como
comadres sobre La isla de las tentaciones o First date. No me acuerdo de los
malos modos ni de los chicles pegados en los respaldos de los sillones de telas
policromada. Solo somos mi gatita y yo y la alegre música de Purcel saltando de
mueble en mueble de mi casa tranquila y silenciosa.
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