lunes, 7 de enero de 2013

HISTORIA DE UN VIAJE POSPUESTO.


         

            Pablo se sentía aquella mañana un poco más cansado de lo habitual. No era de extrañar. A sus ochenta y seis años y después de una vida de duro y constante trabajo quien no se sentiría así.
            Salió a la puerta de la casa, un viejo cortijo construido al pié de la ladera de Salobreña. Pese a los años con que contaba la construcción, estaba sumamente cuidada. Las paredes relucían al sol de la mañana, encaladas año tras año con parsimonia y esmero. Algunas macetas de geranios y claveles flanqueaban la puerta en donde se hallaba la vieja mecedora de madera de castaño. Cerca, el huertecito, ahora algo descuidado, pero con algunas hileras de hortalizas plantadas, pese a todo.
            El anciano atisbó desde el quicio el mar que parecía no haberse desperezado del todo de la noche. Poco a poco, el Mediterráneo, se desprendía del camisón de bruma nocturno preparándose para el nuevo día.
            Pablo anduvo un poco hasta el huerto e inspeccionó las pequeñas matas que a duras penas se abrían camino entre la tierra hospitalaria. Aún no necesitaban cuidado, aunque algunos matojos de malas hierbas comenzaban a invadir los laterales de los arriates, lo que, tarde o temprano, requeriría la atención de la escardilla.
            Mientras miraba con ojo crítico las matas apenas nacientes, el viejo notó un pequeño dolorcillo en el pecho que, aunque pasó pronto, lo decidió a sentarse un poco en la vetusta mecedora.
            Con esfuerzo se dejó caer y se reclinó. Cerró los ojos y percibió el tibio sol de la mañana que acariciaba con mano delicada su piel acartonada por el trabajo al aire libre en la costa tropical.
            De pronto, notó como todo su cuerpo se relajaba y se volvía liviano, vaporoso incluso. Pensó en abrir los ojos pero terminó por considerarlo innecesario. Sintió perfectamente como sus pulsaciones aminoraban, como el rítmico trote de su corazón se hacía más lento, a la vez que su respiración se volvía trabajosa.
            Pablo no opuso ninguna resistencia. Había luchado toda su vida, había criado a sus hijos y había visto nacer a sus nietos. Luego perdió a su compañera, lo que le trajo dolor y soledad, hasta que aprendió a convivir consigo mismo sin reprocharle nada a la vida.
            Ahora era le momento de descansar, pensó.
            En la costa sonó la sirena de un enorme trasatlántico que abandonaba el puerto. El viejo escuchó como la sirena se perdía en las profundidades del mar, partiendo hacía nuevas tierras reales o imaginarias.
            Su pulso era un minúsculo hilo que lo unía a la vida, tensado más allá de su punto de resistencia, dispuesto ya para dejarlo partir.
            El silencio sordo le sorprendió. Ya no notaba los rayos del sol, ni las olas intentando escalar el acantilado, ni oía a las gaviotas mofándose de los humanos incapaces de alzar el vuelo.
            Y fue justo en ese momento cuando notó una débil presión en su mano derecha. Y desde muy lejos le llegó un suave olor a azucenas y hierba recién cortada, fresca en la mañana aún cubierta de rocío.
            Y escuchó una voz débil pero que atravesaba como un estilete las nieblas del olvido. Una voz imperiosa que le llamaba, que le obligaba a abrir los ojos de nuevo.
            Sintió como el sol calentaba su piel requemada de nuevo y oyó la sirena del barco que se acercaba desde la distancia, profunda y monótona. Y escuchó a las gaviotas chillando irrespetuosas a los humanos que vivían en casas de cal.
            - Abuelo, gritó la voz, abuelo despierta, mira lo que me han traído los Reyes.
            A duras penas Pabló entreabrió los parpados. Su ajado corazón comenzó a latir con renovada fuerza y sus pulmones introdujeron una profunda bocanada de aire en su pecho dolorido.
            - Abuelo despierta, ordenó aquella voz nuevamente.
            Pablo miró a Paula. Ya no le cogía la mano. Lo miraba enfurruñada, con sus bracitos cruzados sobre el pecho, esperando ser complacida.
-         Hola Paula, dijo Pablo, con la voz quebrada y la boca pastosa aún.
-         Qué hacías abuelo, te estaba llamando.
-         Pensaba en un largo viaje que tengo que hacer, hija.
-         Pero abuelo, no te puedes ir, dijo Paula con un atisbo de enfado en la cara. Mira lo que me han traído los Reyes, dijo, mientras señalaba hacia una flamante bicicleta que permanecía de pie sobres sus cuatro ruedas frente a ellos.
-         Oh, es muy bonita, Paula.
-         Abuelo tu me prometiste que me enseñarías a montar en la bici, dijo Paula, presentando la palma de su mano como si mostrara un contrato. Abuelo tu lo prometiste, repitió.
            Pablo tragó saliva y alzó la mano derecha para protegerse los ojos de la luz solar que comenzaba a molestarle.
-Si, es verdad, dijo el anciano, recordando su promesa. Bien, yo nunca he faltado a mi palabra. Tendré que posponer mi viaje.
            La sonrisa volvió a la cara de la niña que se lanzó a sus brazos sin asomo ya del fingido enfado. Su abuelo le acarició los rubios bucles y la besó en la cabeza.
            - Bueno, Paula, dijo el viejo, veamos como montas y, con cierto esfuerzo, se levantó de la hamaca para acercarse a la bicicleta.

viernes, 4 de enero de 2013

Subida a la cumbre


No era silencio,
Era la respiración del aire
Que llenaba nuestro oídos.
Era el mismo tiempo
Preñado de palabras que acariciaban
La piel como un dulce amor nunca olvidado.
Era la nieve
Y el agua,
Y la hierba que crecía,
Olvidada de los humanos
Sobre la agreste ladera,
Presta para la luz
Que la empujaba hacia arriba.
Y todo era lo que hemos olvidado,
Lo que día a día dejamos de lado;
Era el canto de la piedra
Y el recodo del camino
Y el jirón de nube que duerme incauto
Sobre las cabezas desarboladas.
Y subimos la pendiente
Como insectos huidizos
Perseguidos por la mañana.
Y arriba, en la cumbre,
éramos trozos de piel que ateridos,
Doloridos en los huesos,
Contemplábamos el mar que se extendía
Más allá del horizonte
Allí donde nuestro sueños moraban

miércoles, 2 de enero de 2013

MANERAS DE MORIR, MANERAS DE VIVIR


Esta noche dormía yo bien tranquilo,
Me había tomao dos copas y una botella de vino,
Cuando la muerte vino a visitarme de improviso
Y me levanté sudoroso con los nervios en vilo.

Noté el tacto duro de su mano
Acariciando las sábanas de lino
El aire de la habitación quedó congelado
Y crecíó la yedra oscura alrededor del quicio.

Un bullicio como de miles de almas
Rondaba las esquinas de mi suplicio,
Los negros ropajes crueles restallaban
Ahuyentando por momentos mi escaso juicio.

Perecía en la calle la noche herida
Por la lanza del alba y un atroz grito
Lancé con toda la fuerza de mis pulmones,
Más de ningún lugar me llegó auxilio.

Viéndome perdido y sin fuerzas
Rodeado por los colores del delirio
Salté de la cama como un gato erizado
Dispuesto a agarrar las bridas de mi destino.

Torcí el gesto y abrí la ventana
Saltando desde el alféizar con el suficiente tino
Para estrellar mi cabeza contra la acera
Dibujando la silueta de mi cuerpo tendido.

Con el último soplo de aliento
Junto a mí la muerte sentada en el bordillo
Tachaba mi nombre de la lista
Que había sacado de su putrefacto bolsillo.

Y cuando con sublime esfuerzo
Logré lanzar una carcajada de alivio
Me señaló con su carcomido dedo
Y levantándose emprendió su camino.

Pues hacía años que estaba muerto
Enclaustrado entre las cuatro paredes de mi piso
Y ahora por fin el viento tocaba mi cara
Ahora por fin volvía a estar vivo.

jueves, 29 de noviembre de 2012

Tabaco y patatas en Nueva York


Entre humo de cigarro y bronceadas patatas
Merilyn surge como un vástago
De la piel putrefacta de la Gran Manzana,
Colmada de diamantes y oro
En vestido de santén rojo y guantes de lana.

Las volutas caracolean sensuales
Sobre su boca de carmín ribeteada,
Pálida, sensual y esbelta
Como una peligrosa diosa-gata.

El siglo XX vomita sobre el Empire State
El corazón de diez mil niños de África,
Como un bulímico insaciable
Devora los continentes con soberbia contumacia.

 El glamour es un tacón de zapato
Clavado en la columna de una rata,
Un beso, es un certero zarpazo
Perlado de caviar iraní de lata.

Un coche ya no es un transporte
Es una noche de sexo que se acaba
Cuando el bourbon de toda la noche
Con premura va navegando hacia la taza.

Marilyn se va quedando a oscuras
Mientras el desayuno de Tyffanys se enfría,
Las píldoras son amorosas y maternales manos
Que del siglo XXI su camino desvían.

Las patatas son peces dorados que nadan
Sobre un mar de aceite condensado
Lacias como deshuesados lirios vencidos
Que la velocidad del tiempo dejó exhaustos.

No quedan en Nueva York ya héroes
Ni damas vestidas de trajes de piel,
Sólo asfalto,
Sólo marionetas de papel maché
Que se resisten a que termine el último acto.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

NOCHE DE CONCIERTO


Gime el violín un trémulo lamento de otoño
Y se retuerce dolorido entre los dedos inmisericordes
Del joven muchacho de mirada perdida
Que en el estrado con esfuerzo extrae sus acordes.

Y vuela mi mente, prendida de aquellos sones,
Lejos, hacia las altas cumbres de los montes,
Lejos hacia los olivos y los pinares
Tan lejos como lejana llega la memoria de los hombres.

Y colgado de aquellas notas como hojas
que danzan al ritmo que el viento les propone
sobre las altas copas de los esbeltos árboles,
donde mis sueños son peces de todos los colores.

Y vibra el pistilo en la corola
Como vibra mi corazón en el pecho
Que simula el errático vuelo de las alondras
Que Insufla entre mis costillas el aliento.

Y ya el aire de mis pulmones
No quiso volver para darme sustento
Volaba junto con el sonido de los violines,
Unido para siempre al viento,
Voló lejos, libre, huraño y hambriento
De los anchos espacios de los mares
Allá donde no tiene límite el movimiento.

ABUELA


Con un andar cojitranco
Balanceada sobre la mar de sus caderas,
De negro vestida de punta a cabo,
Pequeña, encorvada y negra.
La figura de mi abuela en el tiempo,
Por el camino de mi memoria se aleja,
Atisbo apenas su cabello de plata
Cogido con horquillas de madreselva.
Sus caricias, dulce de membrillo,
Con manos nudosas de vieja,
La frente arrugada,
El gesto altivo,
Doblada sobre los años que le pesan.
Abuela que me dio cobijo
Cuando la propia madre perdiera,
Matriuska que nos guareció como hijos
Bajo su falda de generosa voladera.
Como gallina clueca andaba
Mi abuela ya con sesenta años,
Nunca una voz o un mal gesto tuvo
Aunque nos reprendió cuando fue necesario.
Lo que soy a ella le debo,
Mi carácter y mi arraigo,
Sean estas cuatro palabras
Un sentido homenaje aunque escaso.



lunes, 26 de noviembre de 2012

ESCALERAS


Trenzo con cada latido los minutos de tu ausencia
Hasta preparar la escala con que trepar a tu recuerdo
Que crece por momentos cual solitario Principito
Que en su minúsculo planeta no cede al desaliento.

Y subo, con esfuerzo, cada uno de los peldaños
Con una botella de vino en una mano, la pluma en la otra;
En el ascenso emborrono las guías de la infinita escala
Que me acerca a cada paso a la cárcel que me aprisiona.

Siento el vértigo de la caracola sonora
Que fuera del mar al mar recuerda
Y en el mar a la mar traicionera odia
Temerosa del beso de agua marina que a la playa la arroja.

Y en un súbito golpe imprevisto de mis pensamientos
Se me antoja que si el amor es fallido la redención es imposible
Y que la soga que pusiste a mi cuello en tu partida
No aprieta pero ahoga con cada uno de tus denuestos.

Así pues al final de la escalera que construí sin mesura
Solo me espera el abismo insondable del desconsuelo
Quien sentado junto al camino a la muerte no esquiva
Hace mucho que perdió la vida y solo es un óseo pertrecho.