sábado, 23 de marzo de 2013

Óxido en las cañerías

Hoy solo puedo llorar,
no me sale otra cosa que no sea llanto,
es tiempo de añorar,
que lo que fue ido es causa de canto.

Si yo fuera un trovador antiguo
de los que tiene en la piel el son cubano
sonreiría entre dientes soplados
el desdén de la vida que se pone de canto.

Pero, ay, compañeros, soy granaino
de carácter doblado y faz de santo
de los que ladran a la luna llena
y con la faca la van calando.

No se irme por la aceras
que bordean la pasión ni el amianto
de las casas que se construyen a prisa
sin el sedimento de lo bien trabajado.

Soy de los de antes en mis venas
los que tenían sombreros bien templados
sobre las sienes escarlatas a fuerza de lunas
que no tenían miedo al futuro ni al pasado.

Por eso sin aspavientos aquí bien alto
grito a los cuatro vientos que no soy preso
que soy soldado que a la lucha va sin miedo
pues nada tiene que perder en el asalto.

sábado, 23 de febrero de 2013

PORQUE ME DA LA GANA


Me escupiste tus palabras iracundas
Envenenadas a fuerza de incomprensión;
Nada se odia más que lo que no se entiende
Que aquello que es diferente
Percibido entonces como una agresión.

Me dolió he de decirlo,
Al menos el primer momento pues creí olvidados
Aquellos tiempos en que el reproche constante
Era el modo de comunicación adecuado.

Hoy ya cicatrizó la herida
Por tanto tiempo abierta a la intemperie,
Ya por la vida camino erguido
Y me resbala lo que diga la gente.

jueves, 14 de febrero de 2013

DECADENCIA

Estaba escuchando esta mañana la radio cuando dan la noticia de que en Gran Hermano un "individuo" se ha roto los dos húmeros de un sonoro piñazo. Muchas cosas han acudido a mi mente en ese momento.
La primera y la segunda están conectadas. A saber, que Gran Hermano por fin proporciona una prueba irrefutable de la Teoría de la Evolución y que todo en la vida es circular. Digo esto porque la existencia de este programa prueba de una vez para siempre y de forma irrefutable que el hombre proviene de la ameba y que en su andar evolutivo la especie ha vuelto al lugar del que emergió, las charcas putrefactas donde las nuevas amebas del mencionado "programa" se emponzoñan. La existencia de esos seres infrahumanos que exponen sus miserables vidas al escarnio público para espectadores que se regodean en la podredumbre y se embadurnan con las vísceras íntimas de a los que allí se destripa devuelve a la humanidad a los comienzos de la vida unicelular, al oscurantismo de los ajusticiamientos públicos de la Edad Media o a las carnicerías sanguinarias de las guerras más cruentas. 
Por otro lado también me ha traído a la mente una cita bíblica que decía algo así como "todo se ha consumado". Efectivamente por primera vez empiezo a creer en el fin de los tiempos. Nuestra sociedad está agónica y en sus últimos estertores muestras sus impúdicas entrañas llenas de gusanos. El sistema capitalista salvaje huérfano de poderes políticos ha destrozado la economía mundial y ahora sólo es una inmensa bola que rueda por el planeta aplastando a los ciudadanos que sólo huyen en vano hasta cuando no haya donde huir. En nuestras democracias, los partidos políticos se han convertido en empresas de marketing electoral que a base de mentiras y corrupción ocupan el poder alimentando con él su propia endogamia que da como resultado políticos cada vez más estúpidos y menos capaces de enfrentarse a los poderes económicos. Eso por no hablar del resto de países en donde la democracia sólo es una quimera y que son gobernados por dictaduras, abiertas o encubiertas, que apacentan a los ciudadanos con pan y circo para mantenerlos en la ignorancia.
Las religiones, el otro vértice de ese todopoderoso triángulo junto a políticos y dinero, se afanan en convertir a los seres humanos en miserias estupidizadas que no se plantean los preceptos morales que se les impone y coadyuban para mantenerlos sumidos en la ignorancia del analfabetismo, sobre todo científico, y destruir con todos los medios posibles su espíritu crítico. Las religiones, el invento de los débiles para enjaezar a los libres so pretexto de un ser superior que dicta las normas, son una de las peores lacras de las sociedades modernas.
Y, por si todo esto fuera poco, las televisiones que con inmundicias, como Gran Hermano, destruyen cualquier sistema de valores en las personas y convierte las miserias humanas, ahora también las miserias físicas, en espectáculo lamentable. No tardará mucho, y espero verlo, el día en que un nuevo "programa" aparezca para, en el summun de la indignidad de las personas, mostrarnos como se descuartiza a una persona viva mientras el público aplaude enfervorizado sediento de la sangre que una Mercedes Milá cualquiera le irá disparando desde las arterias abiertas del alegre infortunado, que en el suplicio supremo del ara televisiva tendrá, por fin, sus cinco minutos de gloria. 
Y digo que todo esto me alegra porque como he dicho, todo en la vida es cíclico. Así pues cuando las bacanales romanas llegaron a su máximo apogeo dieron el pistoletazo de salida para la caída del Imperio Romano. Sus más sangrientos espectáculos en el circo fueron el inicio de la decadencia del imperio que a la postre lo llevó a su caída.
Así, de la misma forma, estas señales que he nombrado indican que nuestra sociedad está llegando a su extrema decadencia y que la renovación está cerca.
El día en que en Gran Hermano se ampute la primera mano y se ofrezca en ofrenda a los espectadores, ese día, todo comenzará de nuevo.
Así sea.

sábado, 9 de febrero de 2013

UN PUERTO EN LA NOCHE MÁS OSCURA


Tiemblo ebrio de miedo
Como un álamo castigado por una tormenta sin par,
Como un pájaro estremecido por un disparo,
Tililo como una estrella en el firmamento
Perdido en esa indescriptible inmensidad
De oscuridad y silencio;
Tiemblo porque humano es temblar.

Siento el doloroso aguijón del tiempo
Clavado en mitad de mi espina dorsal
Siento el frío de su inmisericorde dedo
Abriendo un río en mi espalda hacia la mar.
Y no puedo ni quiero
Comprender lo que a mi alrededor pasa,
Sólo quiero llorar,
Que los hombres cuando lloran
Son hombres de verdad.

Aterido mi cuerpo y mis huesos
Perdido en la enorme soledad
De las horas que corren presurosas
Sin volver jamás la vista atrás,
De las horas que perdidas
Ya nunca volverán,
De la vida que jamás detiene ni por un momento
Su fugaz caminar.

Desarbolado en la tormenta de la vida
Mi barco en alta mar
Extraviado entre el oleaje
Mecido por las manos del azar
Boga sin rumbo fijo
Y yo me siento en cubierta a esperar
Que el alba rasgue la noche
Con su cuchillo de azahar
Venido de las tierras andaluzas
Donde de pequeño aprendiera a caminar.

Pero el viento no sopla del sur
No trae el tañido de la Vela ni la cal
De las blancas casas del Albahicín
No trae esperanza,
sólo el sabor de la sal
Que se asienta sobre mis heridas abiertas
Que no hacen mas que supurar
En esta noche eterna
Con ojos de frío cristal.

Ya no queda nada en la barca
Que no sea madera podrida,
Destrozada a fuerza de navegar,
Sólo queda el silencio infinito
De las palabras que dejaron de sonar.

Y cuando todo creí perdido
Cuando el océano abría su seno de par en par
A mi vino el recuerdo de tus ojos de miel
El tacto de tu piel y tu voraz
Boca preñada de besos,
De tus manos que en su asalto pertinaz
Siempre destruyen mis defensas
Y toman la torre más alta de mi castillo
Donde cuelgan su divisa que siempre ha de perdurar.

Entonces el céfiro sopló de nuevo
Con ímpetu sobre las crestas dormidas
Trayendo el calor del sol de primavera
Sobre los altos picos del Veleta,
Allá donde el acéntor salta sobre las lajas
Y la manzanilla real se corona
Con las lágrimas  de la madrugada.

Con esfuerzo me puse en pie sobre la cubierta
De la barca destrozada,
Arranqué los jirones de mi camisa que até
A mis manos y mis pies con cuerdas improvisadas
Construidas con mis propios cabellos
unidos con hilos de luz de plata.

Sobre la cubierta navegando con la vela hinchada,
La cara al viento helado
De los momentos que preceden al alba,
Moribundo, hambriento y rendido
Me mantengo erguido sobre las tablas
Pues ya no tengo miedo,
Pues voy en tu busca a tu propia casa.

Cuando el cuchillo del alba sajaba la mano de la noche
para que la luz del día manara
llegué al alféizar de tu habitación
en mi barca aupada sobre las macetas de albahaca.
Salté a tu lecho que me esperaba como una atarazana,
Me enrollé en las sábanas junto a tu cuerpo
Y con un último suspiro, deposité sobre tu pecho mi alma.

martes, 15 de enero de 2013

Vencedores ovencidos


VENCEDORES O VENCIDOS. Yo siempre he sido pobre. Pobre para un país occidental quiero decir. Así es que aunque nunca he disfrutado de grandes cosas he comido tres veces al día. Pero poco más. De joven nunca supe lo que eran unas vacaciones salvo gracias a la beneficiencia de mis amigos, que por alguna razón que desconozco siempre he tenido pese a ser un tipo huraño e insoportable. El hecho es que en una de esas un querido amigo, y sus padres por supuesto, tuvieron la gentileza de hacerme pasar unos días en las benditas tierras asturianas. De lo que allí paso, confesable o no, no hace al caso. Lo cierto es que aproveché aquellos días para acercarme a los Picos de Europa. Imponente macizo montañoso que surge de las entrañas del norte de España como un iceberg en pleno mar.
Algún día comentaré mi subida a pie por aquellas pendientes inauditas cargado con mi mochila de treinta litros hasta que una pareja de samaritanos me recogiera en su seat panda y me allegara hasta la cumbre. De como planté mi tienda en la misma orilla del Enol, un lago de alta montaña, virgen a la sazón, no hablaré para no despertar la envidia de quienes no saben nada del planeta que habitan.
Lo relevante es que a la mañana siguiente me acerqué al refugio para preguntar a los montañeros, entonces no existían interntet gracias a dios, y las personas aún nos comunicábamos gracias a la antigua tradición del intercambio de palabras, como llegar a la garganta del Cares.
La garganta del Cares es un tajo, a golpe de machete, en la misma piel de los picos de Europa, que deja sin aliento cuando uno se encierra entre sus paredes.
Pues bien, aquellos montañeros asturianos, que por tales son unos hijos de puta, dicho con todo cariño, me condujeron por una senda que el mismo Frodo no habría podido seguir.
Y, he aquí cuando vuelvo a la peli de VENCEDORES O VENCIDOS. La senda partía del Enol y la seguí sin problema alguno. Pero a algunos cientos de metros, la senda desaparecía por completo y me encontré en mitad de los dientes rocosos, sin señal alguna que marcara el camino, atrapado entre el cielo azul y la roca desnuda. Y, en ese momento, sin premeditación alguna, separé lo principal de lo accesorio. Cuando el camino ya no era una cicatriz marcada sino, solo el puro rastro de la pisada antigua de los montañeros sobre la roca desnuda. Y casi a ciegas, mis pasos me guiaban por una senda señalada a fuego en la memoria colectiva de los que antes habían pasado por allí. Y a tientas, con mi mochila de una semana, avancé sin conocer el camino de los que otros habían abierto en la roca, hasta la propia garganta del  Cares, en donde otras buenas gentes, de las que en la montaña abundan, me allegaron hasta las tierras de Cabrales, que por cierto estaba en fiestas.

lunes, 7 de enero de 2013

HISTORIA DE UN VIAJE POSPUESTO.


         

            Pablo se sentía aquella mañana un poco más cansado de lo habitual. No era de extrañar. A sus ochenta y seis años y después de una vida de duro y constante trabajo quien no se sentiría así.
            Salió a la puerta de la casa, un viejo cortijo construido al pié de la ladera de Salobreña. Pese a los años con que contaba la construcción, estaba sumamente cuidada. Las paredes relucían al sol de la mañana, encaladas año tras año con parsimonia y esmero. Algunas macetas de geranios y claveles flanqueaban la puerta en donde se hallaba la vieja mecedora de madera de castaño. Cerca, el huertecito, ahora algo descuidado, pero con algunas hileras de hortalizas plantadas, pese a todo.
            El anciano atisbó desde el quicio el mar que parecía no haberse desperezado del todo de la noche. Poco a poco, el Mediterráneo, se desprendía del camisón de bruma nocturno preparándose para el nuevo día.
            Pablo anduvo un poco hasta el huerto e inspeccionó las pequeñas matas que a duras penas se abrían camino entre la tierra hospitalaria. Aún no necesitaban cuidado, aunque algunos matojos de malas hierbas comenzaban a invadir los laterales de los arriates, lo que, tarde o temprano, requeriría la atención de la escardilla.
            Mientras miraba con ojo crítico las matas apenas nacientes, el viejo notó un pequeño dolorcillo en el pecho que, aunque pasó pronto, lo decidió a sentarse un poco en la vetusta mecedora.
            Con esfuerzo se dejó caer y se reclinó. Cerró los ojos y percibió el tibio sol de la mañana que acariciaba con mano delicada su piel acartonada por el trabajo al aire libre en la costa tropical.
            De pronto, notó como todo su cuerpo se relajaba y se volvía liviano, vaporoso incluso. Pensó en abrir los ojos pero terminó por considerarlo innecesario. Sintió perfectamente como sus pulsaciones aminoraban, como el rítmico trote de su corazón se hacía más lento, a la vez que su respiración se volvía trabajosa.
            Pablo no opuso ninguna resistencia. Había luchado toda su vida, había criado a sus hijos y había visto nacer a sus nietos. Luego perdió a su compañera, lo que le trajo dolor y soledad, hasta que aprendió a convivir consigo mismo sin reprocharle nada a la vida.
            Ahora era le momento de descansar, pensó.
            En la costa sonó la sirena de un enorme trasatlántico que abandonaba el puerto. El viejo escuchó como la sirena se perdía en las profundidades del mar, partiendo hacía nuevas tierras reales o imaginarias.
            Su pulso era un minúsculo hilo que lo unía a la vida, tensado más allá de su punto de resistencia, dispuesto ya para dejarlo partir.
            El silencio sordo le sorprendió. Ya no notaba los rayos del sol, ni las olas intentando escalar el acantilado, ni oía a las gaviotas mofándose de los humanos incapaces de alzar el vuelo.
            Y fue justo en ese momento cuando notó una débil presión en su mano derecha. Y desde muy lejos le llegó un suave olor a azucenas y hierba recién cortada, fresca en la mañana aún cubierta de rocío.
            Y escuchó una voz débil pero que atravesaba como un estilete las nieblas del olvido. Una voz imperiosa que le llamaba, que le obligaba a abrir los ojos de nuevo.
            Sintió como el sol calentaba su piel requemada de nuevo y oyó la sirena del barco que se acercaba desde la distancia, profunda y monótona. Y escuchó a las gaviotas chillando irrespetuosas a los humanos que vivían en casas de cal.
            - Abuelo, gritó la voz, abuelo despierta, mira lo que me han traído los Reyes.
            A duras penas Pabló entreabrió los parpados. Su ajado corazón comenzó a latir con renovada fuerza y sus pulmones introdujeron una profunda bocanada de aire en su pecho dolorido.
            - Abuelo despierta, ordenó aquella voz nuevamente.
            Pablo miró a Paula. Ya no le cogía la mano. Lo miraba enfurruñada, con sus bracitos cruzados sobre el pecho, esperando ser complacida.
-         Hola Paula, dijo Pablo, con la voz quebrada y la boca pastosa aún.
-         Qué hacías abuelo, te estaba llamando.
-         Pensaba en un largo viaje que tengo que hacer, hija.
-         Pero abuelo, no te puedes ir, dijo Paula con un atisbo de enfado en la cara. Mira lo que me han traído los Reyes, dijo, mientras señalaba hacia una flamante bicicleta que permanecía de pie sobres sus cuatro ruedas frente a ellos.
-         Oh, es muy bonita, Paula.
-         Abuelo tu me prometiste que me enseñarías a montar en la bici, dijo Paula, presentando la palma de su mano como si mostrara un contrato. Abuelo tu lo prometiste, repitió.
            Pablo tragó saliva y alzó la mano derecha para protegerse los ojos de la luz solar que comenzaba a molestarle.
-Si, es verdad, dijo el anciano, recordando su promesa. Bien, yo nunca he faltado a mi palabra. Tendré que posponer mi viaje.
            La sonrisa volvió a la cara de la niña que se lanzó a sus brazos sin asomo ya del fingido enfado. Su abuelo le acarició los rubios bucles y la besó en la cabeza.
            - Bueno, Paula, dijo el viejo, veamos como montas y, con cierto esfuerzo, se levantó de la hamaca para acercarse a la bicicleta.