viernes, 19 de marzo de 2021

EL EMBARAZO

Cuando Ana se enteró aquella mañana de que estaba embarazada, un sudor frío y pegajoso se deslizó por su espalda empapando el suelo de toda la consulta. Mientras el servicio de limpieza reparaba el estropicio, Ana decidió que tenía que alumbrar a la criatura ese mismo día y así se lo comunicó al médico. El comentario demudó el rostro del facultativo que con un gesto entre asombrado y divertido exclamó: -¡Señora está usted de dos meses! Y además el parto sigue un proceso natural que no depende de usted. Luego le dedicó una paternalista media sonrisa de superioridad incuestionable y se puso a escribir en el ordenador. Ana no se inmutó. Se incorporó trabajosamente de la camilla debido al notable aumento que su vientre había sufrido desde que se enterara de la noticia y abrió las piernas. Por segunda vez aquella mañana el suelo de la consulta del atónito médico se inundó. -Señora, gritó el médico enfurecido. Pero luego su semblante palideció al decodificar que aquel nuevo fluido expulsado por la mujer que se mantenía de pie en el centro de su consulta era líquido amniótico y permaneció durante unos momentos petrificado por aquel hecho indiscutible y perturbador, a todas luces imposible y, sin embargo, cierto y veraz. Finalmente, su cerebro de ginecólogo le impulsó a la acción de manera inconsciente. -Por favor, súbase de nuevo a la camilla, dijo ayudando a Ana a reclinarse. La exploró entonces con tacto y delicadeza. Su perplejidad aumentaba de modo desaforado. Se incorporó y habló más para sí mismo que para informar a Ana. -Está usted de cinco centímetro, exclamó desconcertado. -Ya se lo he dicho, replicó Ana sin que una sola hebra de su cabello castaño se descompusiera pese a las rítmicas contracciones que su útero le producía. Aún a pesar de las evidencias el médico volvió a cerciorarse. No cabía duda, estaba de parto. De manera inmediata activó el protocolo y llevaron a Ana al paritorio. Dos horas después Ana gritaba y gemía entre contracciones feroces luchando por expulsar al neonato de su ser. Nadie entendía nada de aquella situación. En la ecografía de urgencia el niño parecía seguir en formación pero estaba claro que el parto estaba en marcha. Los médicos dudaban sobre si dejar el proceso de forma natural o provocar un aborto. Ana se negó en redondo a recibir ningún tipo de anestesia y dejó clara su intención de parir a aquella criatura entre dolores atroces que amenazaban con partirle la columna cada vez que hacía el puente sobre la camilla. El personal deambulaba de un sitio a otro como hormigas que han sido irritadas al meter un palito en su hormiguero. Entonces una enfermera ya cerca de la jubilación se acercó con calma a Ana y le tomó la mano. Su sonrisa era amplia y franca. Sus sienes plateadas eran un lago otoñal en el que los focos del paritorio arrancaban destellos argénteos. Con una calma infinita dijo: -¿Porqué? La cara de Ana se contrajo en una máscara horrible de dolor y entre gemidos entrecortados pudo decir: -Tengo tres hijos, ufff ufff, llevo dos años en el paro, arrrrrrrggggg, y ayer firmé un contrato de seis meses, ¡su puuuuuuta madre! La enfermera no dijo nada. Se abismó en los ojos negros de Ana como quien salta desde una roca a un lago de lava incandescente. Su cuerpo ser envaró y como una antena de telefonía un chorro puro e invisible abandonó su cuerpo unido al de Ana. Una ola de sororidad se extendió por el centro hospitalario cabalgando como un corcel desbocado que saltaba de consulta en consulta, de sala en sala. Entonces de manera súbita el útero primigenio y colectivo de todas las mujeres del centro se contrajo en una única contracción creadora. Un rugido telúrico se alzó desde los confines de la memoria femenina, allí en donde todo hombre teme mirar. Y Adrián nació. Era pequeñito y prematuro. Pero decenas de úteros habían contribuido para que estuviera sano y completo. Su grito vital acalló el rugido uterino y una serenidad inefable se apoderó del rostro de Ana. -Hermana, yo te creo, dijo al fin la enfermera acariciando su rostro mientras sus compañeras llevaba el vástago al lado de la madre. NOTA. Ana se recuperó y después de haber parido a Adrián jamás usó medidas anticonceptivas. Pese a que su vida sexual fue plena y pródiga nunca tuvo más hijos ya que había decido que cuatro eran más que suficientes y además no podía exponerse de nuevo a que el embarazo le pillara en mitad de un contrato laboral con el consiguiente riesgo de tener que perder otro día de trabajo para parir al niño. Así es que crió como pudo a sus cuatro retoños encadenando contratos temporales mal pagados, pidiendo ayudas al estado y a los vecinos, y gracias a un sobre sin nombre y con algo de dinero que llegaba regularmente. Un sobre pequeño y pulcro tintado de plata. La enfermera se jubiló y diez meses después ella misma tuvo un hijo, pese a que no había mantenido relaciones sexuales desde hacía diez años. De hecho se produjo un aumento significativo de alumbramientos entre todas las mujeres que estaban en el hospital el día en que Ana parió a Adrián. Es evidente que no hay ninguna relación entre ambos hechos, pero lo cierto es que la estadística del centro refleja este dato, lo cual tuvo a dirección de cabeza teniendo que sustituir a todo el personal femenino en estado de buena esperanza, para lo cual despidió a todas las que eran eventuales y cubrió sus puestos con hombres jóvenes que no corrían el riesgo de sufrir un embarazo súbito y múltiple. El ginecólogo que atendió a Ana escribió un artículo que mando a la mejor revista de neonatología. Por supuesto los referee desestimaron su artículo tildándolo de burda patraña. Debido a su insistencia el hospital le amenazó con retirarle la licencia para ejercer. Recabó declaraciones de sus compañeros pero ante las amenazas, estos optaron por callar y vivir su vida de servidores públicos y no meterse en jaleos con la dirección que siempre es vengativa y protege sus propios intereses. Finalmente abandonó el ejercicio de la medicina y se retiró a un templo budista en donde busca la paz interior. El autor de este cuento consiguió un descomunal éxito con la publicación del mismo lo que le llevó a abandonar su carrera de incompetente profesor de instituto, para fortuna de su atormentado alumnado, y dedicarse de manera profesional a la escritura. Pese a su falta de talento, gracias a su gracejo natural y sexualidad desmedida ha conseguido innumerables premios y ha amasado una considerable fortuna de la que vive en su mansión, endiosado de su propia genialidad y esperando la llamada de la academia sueca para otorgarle el premio Nobel que sin duda merece. Ayer cuando se fallaban los premios la llamada aconteció para comunicarle que era finalista pero que el premio lo había ganado una escritora africana, totalmente desconocida, por su fineza femenina y delicado estilo, una cualquiera que desde luego está muy por debajo de su calidad intelectual, pero así es la vida. -¡Todas son unas putas! Ha exclamado al cortar la llamada con el comisario sueco

martes, 10 de noviembre de 2020

Canción del profesor pandémico.

 

Tengo tres cuartos de ESO,

Y eso que yo no quería,

No tenía en la mente aquel día

Bregar con grupos tan aviesos.

 

Mas o dicha del alma mía

En suerte me fue encomendado

Un cuarto de ESO y dos de regalo,

No quieres sopa,

Pues sopa y fría.

 

Hice de tripas corazón,

Y con los intestinos,

Me tejí una bufanda

Pensando que al volver de “parranda”

Me pillara el viento alpino.

 

Lo que jamás pude prever

Fue que un virus llegara de soslayo

Y como un maldito malayo

Su tortura me aplicara de forma cruel.

 

El covid entro en mi centro,

Por cada una de sus cuatro esquinas,

Por más señas se saltó las filas con inquina

Y se coló de rondón para adentro.

 

Y ya con la pandemia desbocada

Un día de un grupo me confinan la mitad,

Del otro un tercio,

Y del tercio que me queda

Otro tanto me da el quiebro

Y entre quebrados y confinados

Vago por los pasillos cual penado irredento

Que ni padezco ni siento

Y espero pronto descansar postrado.

 

Cuando muera por favor

Que quemen mi cuerpo divino

Que en la piran viertan óleos con tino

Y mis cenizas,

¡Ay!, mis cenizas, se las arrojen a mi director.

domingo, 4 de octubre de 2020

ESENCIAL

 Todo lo que quema es suave y dulce,

Un beso es un volcán que hace erupción,
En la noche o la madrugada,
Qué más da mientras la lava fluya.
La roca ardiente que son mis huesos,
Que sale de mí para vaciarse en tu cuerpo.
Todo lo que quema es puro
Tal vez inmaculado, núbil,
Es agua que solidifica en la corriente
De tu sangre que ya no es roja
Sino clara y espesa,
Yogurt de la vida,
Todo lo que es esencial, quema.
Un hilo infinito tejido para la huida
Del enamorado si la noche le persigue,
No corras amor, amor, amor,
No podrás llegar muy lejos
Sin el aire que necesitas para inflar tu pecho.
Todo lo que nutre, quema,
Desgarra las entrañas y abre caminos,
Porque todo lo que es divino
Está en nosotros y nos rodea
Y por ello vivimos y morimos.

domingo, 13 de septiembre de 2020

EL OLVIDADO VALOR DE LA EDUCACIÓN.


Cada vez me deprime más la poca consciencia que existe en España de lo importante que es la educación. Y no lo digo por muchas familias, que también, sino por una buena parte del profesorado. Creo que no tienen claro qué significa la educación, porqué hay que tomársela tan en serio. Cuando se aprueba a un estudiante que ha abandonado las asignaturas en 4º de ESO y se le da el título por la cara, el mensaje que estamos transmitiendo es que no es preciso esforzarse, que no vale la pena esforzarse. Cuando un estudiante llega a 4º de ESO sin haber repetido un solo curso y sin haberle hecho una adaptación curricular significativa, y ese estudiante apenas sabe algo más que poner su nombre; cuando a ese estudiante se le hace titular en ese estado de ignorancia y falta de madurez intelectual y académica no le estamos haciendo un favor. Estamos reconociendo nuestro fracaso, como profesionales y como sistema. Si somos incapaces de ayudarle de verdad y lo único que podemos hacer por él es regalarle un título, es que algo estamos haciendo muy mal. Si un estudiante chino titula prácticamente sin saber español, con casi todas las materias aprobadas, es que esto es un cachondeo, es que no nos estamos tomando en serio la educación.
Pues sí, todo esto pasa, está pasando. Es así de increíble y así de crudo.
Cuando implementamos sistemas que disuaden a los estudiantes de esforzarse o de trabajar en el primer trimestre pq lo compensan haciendo un poquito en el segundo y el tercero, no, no les estamos ayudando, les estamos restando lo mejor que podemos transmitirles, el valor del esfuerzo, el gusto por el trabajo bien hecho.
Cuando un profesor sistemáticamente aprueba a todo el mundo porque así no tiene que hacer exámenes de recuperación ni rellenar informes, está destruyendo la esencia misma de la educación. Está privando al alumnado de su derecho a ser corregido, a ser encauzado en el camino correcto, a mejorar, a aprender a superarse, a ser mejores personas y mejores ciudadanos.
El valor de la educación radica en que podamos transmitir a nuestros estudiantes que pueden mejorar gracias al conocimiento y la mejora de sus competencias. Pero todas esas conductas que he relatado, solo les trasmiten desidia y apatía.
Comprendo ahora la razón por la cual mi querida tierra, la Andalucía que me vio nacer, siempre es el farolillo rojo en todos los índices educativos. Cada vez comprendo más la razón de ese merecido puesto.

martes, 21 de julio de 2020

SI TE DICEN QUE HUÍ.


Tus ojos son la jaula en donde me gusta encarcelarme
Cuando este maldito mundo me pone en busca y captura,
No hay senda por la que no huya y cabalgue,
Al llegar a ti navego en cabotaje.
Tu lengua es el humedal
Donde me gusta regocijarme.
Nunca entendí nada sobre lo divino,
Casi nada tampoco sobre el deambular mundano
De los que se afanan en acumular dinero y joyas
O de aquellos que se revuelcan ufanos
Sobre oropeles y brocados de seda,
Son para mí, meros hinchados gusanos
Que se revuelcan por un lodazal
Engalanado de guijarros.
Deambulo por la vida libre de ataduras
Porque libre es el que solo tiene sus manos
Para cavar pozos si tiene sed
Para recolectar frutos y bayas
Cuando ya se avejenta el verano,
Soy un hilo de algodón que en el cielo
Un breve viento a su antojo se lleva del brazo.
Mis apellidos son de árboles recios,
Terco en el proceder si está justificado
No me he de ver impelido por la muchedumbre
En pos de lo que se cree que es mayoritario,
Que la mayoría de los corderos
Van al matadero con alegría cantarina balando.
Si alguna vez fuiste mi amigo no dudes
Que amigo me puedes seguir llamando,
Los compañeros de viaje que se encuentran en la vida
Son valiosamente escasos.
Cuando me veas partir, desnudo y descalzo
No albergues compasión por mí,
Toma tu copa y álzala hacia el sol mortecino del ocaso
Sobre los últimos rayos bebe el dulce licor
Y brinda por lo poco que de bueno dejé a mi paso.

martes, 14 de julio de 2020

RUEDAS.


Desde mi balcón puedo ver bajo un cielo gris un millón de manos que se agitan en la tarde mortecina. Un millón de cabezas despeinadas y de ojos huidizos, un millón de bocas deseosas de besos, un millón de cuerpos que anhelan los abrazos. Desde la soledad de mi balcón, proa de un barco inmóvil sobre la línea de un horizonte que se abate sin medida sobre las cabezas de mis congéneres en su ajetreo insustancial y cotidiano, veo el universo que se extiende inmisericorde sobre nuestra fugaz vida que se agosta con cada bocanada de aire que tomamos. Bajo la inmensidad de la bóveda celeste que amenaza siempre, cual espada de Damocles, con arrebatarme los últimos jirones de cordura que me restan, no puedo dejar de ver a los de mi propia especie como roedores que corren con premura en la rueda de la jaula que los aprisiona. Manejados a voluntad por las leyes de la biología que les impone el nacimiento, el raudo crecimiento, la reproducción para la perpetuación de la especie, la senectud inmisericorde y la feliz muerte que resuelve todos sus problemas y pone fin a sus sufrimientos y quejas. Y para poder cerrar ese ciclo maldito, los humanos nos olvidamos de la misma existencia de esa rueda mortal en imparable giro, de la vacuidad que supone esa huida hacia adelante que en cada paso, en cada minuto, nos acerca, como la polilla atraída por la luz, hacia nuestro propio fin. El maldito regalo envenenado que es la consciencia nos mejora como especie y, a la vez, nos condena a entender, sin lugar a dudas, la naturaleza absurda de la existencia. Y a pesar de eso, cada mañana, mis coetáneos se levantan, laboran, construyen rascacielos y autopistas, componen canciones y redactan libros, sesudos o estúpidos; ocupan set de televisión para rodar putrefactos programas de cotilleo donde descuartizan a sus semejantes para consumo de la purulenta sociedad en la que vivimos. Ruedan películas, profundas, de acción sin argumento, románticas edulcoradas. Suben persianas, se afanan en vender todo tipo de productos, innecesarios y consumistas, esenciales para la vida. Productos de diseño, superempaquetados en plástico para nuestra perdición. Y viajamos, y rodamos por todo nuestro ancho mundo, minucia insignificante cósmica. Y volamos en la seguridad y la premura hermética enlatada de los aviones, o en los ataúdes con ruedas que son los automóviles, o en el anacronismo de barcos que surcan los mares que envenenamos cada día. Y así nuestra rueda va girando cada día, conscientes de nuestra vida, inconscientes de la futilidad con la que la gastamos, como la mecha que se consume a toda prisa para hacer estallar nuestros cuerpos y dispersar los átomos que los compone en este universo que nos acoge sin propósito alguno.

domingo, 3 de mayo de 2020

LA MUJER CON DOS PERROS QUE BRILLABA EN LA OSCURIDAD


-         Hola, ¿vas a tomar café? ¿puedo ir contigo?, me espetó sin más preámbulos cuando me dirigía a la cafetería.
Me había cruzado con ella un par de veces en el trabajo y no habíamos ido más allá de un saludo cordial en el ámbito protocolario. He decir que aquel abordaje, y digo bien, abordaje, porque ella abordaba a la gente como un pirata que te va a despojar de todo lo que de valor posees sin siquiera pestañear, me incomodó y me divirtió.
Luego de aquel café inicial recordé que la primera vez que vi a aquella mujer me pareció alguien corriente,  quizá un tanto hiperactiva, como si tuviera prisa por no llegar a ninguna parte. Más tarde comprendería que en realidad la prisa no era por no llegar sino por no permanecer.
-Sí, claro, vamos fuera si te parece, respondí yo, usando una naturalidad impostada que en modo alguno me era propia.
Fueron las primera palabras de lo que se convirtió en uno de los viajes más fascinantes y desconcertantes de mi vida. Aquel ser vino a mí como una fresca brisa en una calurosa noche de verano, de manera por igual inopinada y bienaventurada. Trajo a mi vida una mezcla de desconcierto e incertidumbre que aunque no desmanteló el bien asentado esqueleto de mi concepción teleológica de la existencia sí arrancó algunas viejas vigas enraizadas desde mi infancia que hicieron tanto bien a mi devenir terreno como mal a las pocas certezas que aún me restaban.
Su nombre era Leonora Tiziana Méndez, hija de un rico hacendado cultivador, pintor y filántropo que ya retirado disfrutaba de sus años postreros dedicado a la contemplación de su obra y a las trifulcas insustanciales con su señora esposa, una mujer vivaracha y coqueta que vivía en su senectud un tercer rejuvenecimiento que traía de cabeza a todos sus hijos y que a él le hacía brotar la bilis día sí y día también.
Leonora era su costilla y por ello la amaba y le dolía a partes iguales. Veía en ella el fiel reflejo de su carácter indomable e irredento, y era justo esa rebeldía la que a menudo los enfrentaba y distanciaba. Era el choque del pedernal contra el pedernal lo que incendiaba las cenas familiares, lo que amargaba las tardes de bizcocho y café en el jardín.
Leonora lo amaba tanto como para apartarse de él, me confesaría ella misma más tarde.
Nos tomamos un café como si nos conociéramos de toda la vida. Yo que soy tímido y reservado por naturaleza con mi vida privada me explayaba con total confianza como si hubiéramos vivido cuantiosas noches etílicas y los pesares de la vida hubieran sido compartidos, más aún, las alegrías del otro celebradas como propias.
Quizá yo estaba en un hito de mi devenir existencial en que no me importaba ya decir por completo quien era, en el que me sentía indestructible a fuerza de no tener ya materia que derribar, quizá ella llegó justo en el momento en que podía desnudarme sin miedo alguno, pues ya no quedaba cuerpo que ver, quizá lo poco que alguna vez hubiera creído ser había desaparecido ya y solo era una saco de huesos que deambulaba por el mundo apresado apenas por el suspiro de un etéreo e inasible amanecer.
En cualquier caso, he de decir que contribuyó, probablemente sin saberlo, a cimentar aún más, mi desconcierto ante la naturaleza humana, ante las pasiones y causas que motivan a hombres y mujeres en su manera de interrelacionarse entre ellos y con el medio que les rodea. Si siempre fui un misántropo irredento, después de conocerla y tratarla durante aquel interminable año, me volví un huraño más comprensivo con las debilidades humanas, un poco menos iracundo ante las miserias del común de los mortales.
El café terminó y volvimos juntos al trabajo, aunque yo ya sospeché que en su mente, eso era más un concepto que una situación geográfica. En aquel pequeño trayecto un par de veces paró a otros compañeros para realizar con tal franqueza un comentario o una petición que yo los veía tambalearse sobre sus talones, demudarse su cara ante el asalto improvisado y feroz de su sinceridad impertinente.
De pronto pasó una compañera joven que caminaba hacia su puesto. Leonora la paró con cualquier excusa y de improviso le espetó:
-Este es mi nuevo amigo, sonrió sin darle mayor importancia, con su sonrisa franca que por igual te desarmaba y te agredía.
Vi como la joven entraba en estado catatónico. Su rictus sufrió toda una marea de alteraciones involuntarias que trataban de encontrar algún tipo de expresión acorde con aquella injustificada confesión, pero no hallaba el camino, y se iba transformando en una serie de muecas ridículas que solo expresaban desazón e incomodidad. Por último, la joven esbozó una medio sonrisa que podría ser la expresión facial de un retortijón y continuó su camino presa de la incertidumbre acerca de lo que el resto del día le depararía. Para mí fue uno de los días más celebrados pero no el único en el que Leonor pondría en apuros a los pobres incautos que se cruzaban en su camino sin la protección de un desorden mental agudo como el mío.
Aquel pequeño suceso me dejó perplejo durante un tiempo, debatiéndome entre mi propensión a sufrir por el ridículo ajeno y una imbatible atracción hacia una persona capaz de ejecutar aquel acto con tal aplomo que lo convertía en la cosa más normal del mundo. La naturalidad era uno de los pequeños regalos que Leonor me ofrendaba para desconcierto de muchos de los que la sufrían.
En aquellos meses, fuimos en muchas ocasiones a los bares, pero no necesariamente a comer o beber, sino simplemente, como era costumbre en nuestra cultura, a perder el tiempo charlando sobre cualquier tema insustancial o trascendente. Nuestros pequeños debates eran apasionados, amables a veces, airados, otras, pero siempre repletos de humor y de paciencia. Nos ofendíamos con la amabilidad con la que una familia lo hace durante una cena de Nochebuena.
Entre ellos, los más acalorados eran los que se referían al sentido trascendente de la vida. Yo soy un ateo practicante y ella una creyente desaforada. Sus profundas convicciones religiosas eran para mí un arcano imposible de desentrañar, ¿de dónde surgían? ¿por qué permanecían? Siendo así que era una persona de extrema inteligencia ¿cómo persistía en la creencia de aquello a lo que todas las señales racionales llevaba a pensar que no existía, que era una mera construcción de los humanos, primero por miedo a la muerte y luego como elemento civilizador en los días más brutales y oscuros de nuestra especie?
Para mí este era un misterio en el que por más que buceaba jamás sacaba nada de valor. Ella esgrimía argumentos etéreos, insoslayables por su inconsistencia, se perdía en un marasmo de sensaciones y sentimientos sin ninguna base probatoria que por su propia inexistencia eran imposibles de rebatir. Al final siempre llegábamos a la Fe, esa maldita palabra que tanto odio y que tanto mal ha hecho a la  especie humana. La fe en todos sus variantes solo ha servido para justificar las más injustificables atrocidades, para respaldar los más innombrables comportamientos. Tras la fe solo se esconde el fanatismo y la oscuridad.
Un día me invitó a ir al día siguiente a la playa que teníamos apenas a 5 km. A mí la playa no me suele gustar mucho, bueno, en realidad, lo que no me gusta es la playa en verano, con calor, humedad, llena de salvajes gritando y atronando con la música a todo volumen como para acallar la oquedad de sus cráneos hipertrofiados. Pero por fortuna era invierno. Y eso era otra cosa. La playa era entonces un lugar tranquilo donde sentarse a cierta distancia del mar solo para oír el batir de las olas sobre la costa, mientras las dunas de arena dorada se solazaban sin prisa bajo los acariciadores dedos de unos incipientes rayos de sol.
Así pues acepté encantado y la esperé al día siguiente con el picnic preparado. Apareció a las diez y media pese a haber quedado a las diez, en un coche viejo y cochambroso que manipulaba, sin cariño alguno, yo diría que incluso con un poco de aversión, como la rabia mal disimulada que le tiene un labriego al roce de  la hoz que le llaga las manos. Era su acendrada relación de amor-odio con la tecnología la que le empujaba a esa actitud con cualquier artilugio fabricado por los humanos.
Condujo con despreocupación hasta la costa bajo un cielo límpido en el que unos jirones difusos de nubes apenas dibujaban unas sombras pasajeras. Finalmente llegamos a la costa y aparcamos en un arcén para dirigirnos por un camino de arena entre las dunas a la vera del mar. Nos sentamos y nos dejamos acariciar por la fresca brisa de un día soleado de invierno sin decir palabra, como una pareja de ancianos que tras 40 años casados no tiene nada que decirse o lo dicen apenas sin palabras. Quizá la compañía pura era en ese momento un  valor más preciado que las mejor de las disertaciones que pudiera construirse con palabras. Y por alguna razón los dos habíamos decidido disfrutar de esa compañía en silencio sin haberlo acordado previamente.
Al fin se quitó una telaraña de cabello de la cara y dijo:
-         Me ha escrito mi ex, pronunció las palabras con comedimiento exquisito.
-         Cual, dije yo como un girasol con la cara expuesta al astro que lucía en el cielo infinito.
-         Hace mucho tiempo, dijo lacónica, no sé si para que información mía o recordatorio suyo.
-         ¿Y qué quería?, más por cortesía que por verdadero interés.
Ella ignoró mi pregunta, como a menudo hacía, para seguir el hilo de sus pensamientos.
-         Siempre está yendo y volviendo, apostilló para cerrar el tema y quedarse en silencio.
Su vida amorosa era un dédalo de pasiones y odios, en el que había naufragado incontables veces, pero del que, al igual que el barco del holandés errante, siempre salía a flote salvando los tesoros del naufragio. Tenía una habilidad sobrenatural para enrolar a sus amantes en su propio bando de modo que lejos de convertirse en ajenos pasaban a formar parte de su elenco sentimental. Los abducía en una maraña de sentimientos irracionales o razones sentimentales en los que inevitablemente se veían atrapados sin ser capaces de buscar una salida o pensar siquiera en que debieran buscarla. Creo que a diferencia de la mosca en la tela de araña, sus amantes-amigos no se debatían entre los hilos que los apresaban, quizá porque la tela se les hacía tan cómoda que finalmente se convertía en un cálido y cómodo somier en el que dormitar durante un rato en el continuo discurrir de la vida. En realidad, pienso que para ellos, ella terminaba siendo como un refugio indeseado, similar a  un abrazo aceptado a regañadientes, como el que recibe un adolescente enfermo, demasiado mayor para aceptar las carantoñas de una madre protectora, pero no tanto como para no ansiar su consuelo incondicional.
Leonora atrajo el bolso hacia sí y extrajo de él una bolsa de almendras, me ofreció y comenzó a comer algunas con gran delectación. Disfrutaba como de todo lo que hacía con un sentimiento profundo de posesión, en la menor de sus acciones nunca había cabida par lo superfluo. Luego comenzó a interrogarme de forma casual, como siempre hacía. Nunca entendí si de verdad le importaba mi opinión  o simplemente trataba de examinarme como a una rara especie recién encontrada y que no se sabe muy bien donde ubicar en el árbol filogenético. De modo que lanzaba sus dardos punzantes tratando de maniobrar los resortes que abrieran el cofre de mis secretos, si es que tales artefactos existiesen. Indagaba en una perpetua obsesión por encasillarme o bien por atraerme a su manera de pensar, a su enraizada forma de visión de la vida. Por más que trataba de explicarle que ello y yo no hablábamos el mismo idioma no se daba por vencida y volvía una y otra vez a la carga para derribar los muros de mi racionalidad que ella consideraba ceguera.
Sin embargo, ella misma, a pesar de que era una buena comunicadora y hablaba y expresaba su opinión sin prevención alguna, era inextricable. Era imposible saber lo que pensaba a cerca de nada. Su palabrería difusa escondía con extrema habilidad su verdadero ser, sus auténtica personalidad; era un enigma encerrado en un telepredicador, capaz de expresar su opinión sobre los más diversos temas sin siquiera dejar entrever un atisbo de su verdadera identidad. Como un batiscafo navegaba entre conceptos e ideas, subiendo o bajando en la profundidad con que los abordaba, pero siempre encerrada en este artilugio construido con palabras que le impedía mojarse ni un pelo en el mar impredecible de la controversia.
Tendía trampas en el discurso constantemente. Hablar con ella era como participar en una película antigua de chinos, llena de celadas y subterfugios. Evitaba lo políticamente correcto planteando opiniones abiertamente descarnadas en las que no creía pero de modo que su interlocutor se sintieran suficientemente cómodo como para expresarse con total crudeza; se ponía de tu parte para invitarte a saltarte los convencionalismos sociales, aun cuando ella estuviera plenamente convencida de lo contrario. Creía estar en posesión de la única moral auténtica y por tanto legitimada divinamente para maniobrar en beneficio de esa verdad revelada.
-Eres un cobarde incapaz de amar, por eso te guareces en esa racionalidad metálica, me espetó un día sin que se alterara un solo cabello de su peinado.
-Bueno primero habría que definir qué es el amor, traté de defenderme
-El que no lo sepas explica la lástima que siento por ti, dijo riendo a carcajadas mientras me tomaba del brazo con ternura.
Fue una muestra de su humor afilado y fina ironía que podía tornarse cruel de ser preciso, y que la mayoría de las personas no entendía y a no pocos espantaba. Dulce en los modos, afilada en las sentencias, hendía el velo de la inconsistencia discursiva con la precisión de un neurocirujano que extirpara el nervio preciso para desmadejar a un individuo casi sin signos aparentes de haber sufrido la menor herida. Realizaba la incisión de manera tan exhaustiva y delicada que a menudo sus contertulios u oponentes balbuceaban como niños incapaces de volver a armar el edificio de sus pensamientos una vez eliminada la viga maestra que todo lo sostenía.
A veces podía decir una cosa y a los pocos días justo la contraria con la misma convicción. Pero no era una mentira, simplemente había olvidado lo dicho anteriormente y construía una nueva opinión, en el momento, con el hilo que entonces llevaba como si la anterior jamás hubiera existido.
En ocasiones mientras hablaba se podía intuir que su mente se encontraba muy lejos, al menos una buena parte de ella, mientras que una pequeñísima fracción de su cerebro mantenía en movimiento los músculos de su boca articulando frases memorizadas que en realidad no tenían nada que ver con ella misma.
En algún momento llegué a creer que me apreciaba sinceramente, pero ahora tiendo a pensar que más bien fue un artificio de mi propia necesidad, como quien antropomorfiza a un animal y le hace partícipe de sentimientos humanos a los que el animal es completamente ajeno.