viernes, 24 de enero de 2014

IN THE MORNING

Venzo el tedio de la monotonía matutina
Y como un ofidio repto entre las sábanas
Para caer al helado suelo,
Y más abajo hasta las entrañas de la misma Tierra,
Que con una fuerza telúrica irremisible
Me arrastra hasta su centro.

Y ya no soy corpóreo ni albergo
En mi interior entrañas ni órganos,
No poseo
Sangre ni arterias que la contenga,
Soy un saco hueco,
Un odre traslúcido que deambula
Entre las calles de la ciudad,
Cual muerto,
Soy un lánguido hilo de luz
Que se perpetúa en el intento
De no evanescerse sin más
En el atropellado correr del tiempo.

Resuenan entre el asfalto
Los ruidos de los caminantes yertos,
Son como trozos de frío hielo que se deshacen
Al contacto del cálido beso del incesto
Entre el poder y el dinero,
Son carne de cañón sin saberlo.

Y voy hacinando mis sueños
En el cada vez más estrecho hueco
Que con infinito esfuerzo mantengo
entre la razón y el miedo.
Ese pedazo ínfimo de cielo
En el que aún vuelan las cometas
Atadas con las sonrisas de los viejos,
Donde los adultos perdidos
Hallan a los niños que perdieron.

El espacio en que respiro
Cada día es más pequeño,
Las paredes sin cesar se estrechan
Y sólo con un tremendo esfuerzo
Mantengo los muros apartados
Para sobrevivir en el centro,
El techo es la cubierta
De un barco marinero,
El suelo es de salmuera,
No preciso mayor pavimento.

Pero a pesar de todo,
Aquí proclamo sin aspavientos
Que incólume en la tormenta,
Erguido cual mástil de fierro,
No he de desaparecer,
No existe en mi vocabulario
La palabra desaliento,
En ese pedazo de tela vacía
En que por las mañanas me convierto
A fuego está impresa la frase:

O camino o reviento.

martes, 3 de diciembre de 2013

EL FANTASMA DE MONFRAGÜE

Hemos bajado desde el castillo de Monfragüe hasta la carretera que nos conduce hacia el salto del Gitano. En nuestra bajada el ocaso va avanzando y los buitres comienzan a aposentarse en las repisas de la roca, visibles a simple vista, con su enorme envergadura, los más grandes entre las rapaces ibéricas. Dejado atrás el tupido madroñal que ha oscurecido durante buena parte de la jornada el cielo, salimos a campo abierto, en una dehesa de bosque bajo y alcornoques que nos permite ver el camino de regreso. Aceleramos es paso, sabiendo ya que llegaremos de anochecida a San Carlos, lugar en el que tenemos el coche.
Caminamos con la retina impresa por las maravillosas vistas del Tajo y su afluente el Tiétar que se besan bajo las faldas del castillo. La senda corre paralela a la carretera hasta llegar al impresionante roquedal del Salto del Gitano, lugar de acomodo de una enorme buitrera. Aun con la premura de la hora paramos a hacer la preceptiva foto, quizá la más conocida del parque nacional, David, por supuesto, trata de fotografiar hasta los parásitos de los buitres.
Luego reemprendemos la marcha a toda velocidad. El camino nos baja desde la carretera hasta la propia ribera del río, ahora por un bosque de alcornoques jóvenes y monte bajo. Nos lanzamos a tumba abierta. En una caminata rauda impelidos por la oscuridad que nos empuja como una jauría de perros. Hace frío en Monfragüe, nuestros cuerpos sudorosos no lo notan pero el viento gélido que corta nuestras caras y manos da cuenta de ello.
Corremos, a toda velocidad, casi sin resuello, con las piernas, anestesiadas por el cansancio, moviéndose de forma autónoma, mientras los últimos rayos de sol todavía iluminan el camino y escucho a mi espalda el continuo resoplar de David que a pesar del cansancio corre como si huyera de un partido de fútbol.
Por fin, salimos del bosque hacia un carril de tierra y, a cierta distancia, vemos el viejo puente semiderruido que cruza el Tajo y que, a menudo, está inundado por las aguas. Por fortuna ahora está al descubierto. Nos lanzamos hacia él a toda velocidad y llegamos justo cuando la última claridad ilumina sus ojos.
Al llegar al otro extremo la oscuridad nos envuelve. Saco la pequeña linterna y seguimos camino. Un cierto temor ancestral me embarga. El temor a estar perdido en la noche, al monte que tan extraño es para los humanos modernos, a los precipicios inadvertidos, a las rocas camufladas que pueden hacerte romperte un pie, en un lugar en donde la ayuda puede tardar horas en llegar. En donde el móvil no vale, sólo tú mismo, con tu mecanismo. Sólo tus fuerzas, tus habilidades, tus destrezas. Consciente de que un accidente en esta noche puede ser una experiencia muy seria.
Y, entonces, de modo imprevisto, justo delante de nosotros un tropel resuena en el silencio de la noche y unas figuras fantasmales saltan desde la senda hacia las retamas cercanas. Lo has visto, lo has vito, dice David. Si, claro que los he visto, ciervos, varias hembras con las crías, corriendo fuera de nuestra vista.
Ahora avanzamos despacio, despreocupados de la noche y los peligros. Sólo queremos ver a esos magníficos animales de cerca, salvajes, auténticos en su entorno.
Y al volver un recodo del camino, nos quedamos petrificados. Un enorme macho con una gran cornamenta, está a cinco metros de nosotros, quieto, gelificado en su postura de postal, con la cabeza vuelta hacia nosotros, mirándonos en la oscuridad. Sus ojos son dos puntos brillantes en la noche. Impertérrito, orgulloso, arrogante, nos observa, nos interroga. Qué hacéis aquí, en mi territorio, en mis dominios. Porqué molestáis a los míos. Y de pronto uno se siente un extraño, un observador privilegiado, de pronto se siente un simple animal bípedo perdido en la oscuridad de un bosque al que hace tiempo que renunció.
El enorme venado mantiene su posición preponderante sobre la pequeña loma y yo saco la cámara de fotos pensando que el flash les asustará pero que merecerá la pena la instantánea. La foto, sin embargo, no es buena, pero sobre todo, el orgulloso macho permanece inalterable. Desafiante ante el destello de luz, pareciera decir que nada tiene que temer en sus dominios, que no teme daño alguno de alguien tan minúsculo como un ser humano.
Con un poco de avaricia intento acercarme más, ver los pequeños detalles de su majestuoso porte en la oscuridad. Y, sólo entonces, con los movimientos de la realeza, vuelve grupas y se aleja caminando lentamente, hacia la espesura, sin volver la vista atrás, sin siquiera una mirada de reparo, como si nosotros simplemente no existiéramos y nunca pudiéramos representar una amenaza.

Reemprendemos el camino hacia el coche, con tan enorme excitación que a penas somos conscientes del trayecto. El sabor de este regalo nocturno permanecerá largo tiempo en nosotros.

lunes, 21 de octubre de 2013

SOBRE LO NATURAL Y LO MANUFACTURADO.



Hoy es un buen día para los que amamos la razón y la ciencia. Y esto, porque se acaba de publicar un estudio según el cual las causantes de la Fibrosis pulmonar idiopática son las plumas de edredones y almohadas.
La primera consecuencia es cambiar el nombre a la enfermedad pues al localizarse el agente etiológico que la produce ya lo de idiopática sobra. Este adjetivo lo usan los médicos para no decir no tenemos ni puñetera idea de lo que causa su enfermedad, porque claro, en tal caso, perderían su aura de omnisciencia, y eso si que no, que para eso llevan bata blanca.
La segunda consecuencia es, para mi, más interesente. A saber, que lo natural no es mejor ni peor que lo manufacturado por los seres humanos y apoya un argumento que ya esgrimí un día, ese según lo cual lo artificial no existe, pues todo lo que los seres humanos hacemos lo hacemos conforme a las leyes naturales y, por ende, es natural.
Vivimos una época en la que una corriente importante va atravesando el planeta denostando lo manufacturado a favor de los productos llamados naturales y ecológicos. Lo cual desde mi punto de vista es absolutamente absurdo. He de recordar que esa “arficiosidad” permite poner productos frescos, como verduras y hortalizas, o carnes y pescados en las mesas de millones de personas a precios asequibles, lo cual sería imposible sin esos medios industriales y poco ecológicos.
Así mismo, esa tecnología nos ha permitido crear vacunas y fármacos que impiden que las epidemias asolen Europa, como ocurría otrora, acabando con la vida de millones de personas al año. Cosa que por desgracia sigue ocurriendo en los países subdesarrollados, en muchos de los cuales la esperanza de vida sigue sin superar los 40 años.
Y ahora se descubre que lo “natural”, la pluma de aves, produce una enfermedad extremadamente grave y de escasa supervivencia.
No es que a mi no me guste lo llamado natural y ecológico. Creo que es importante adoptar determinadas aptitudes razonables y guiadas por la ciencia en pos de conservar el planeta. Y creo que un tomate de la huerta no se puede comparar ni de lejos con uno del Carrefour. Pero también digo que la industria y la ciencia nos ha permitido unos niveles de confortabilidad y salud imposibles de alcanzar de otra manera.
Por ello cuando veo esas campañas contra determinados productos, o contra las vacunas o contra los transgénicos, etc, me cabreo bastante. Porque casi todas ellas adolecen de un profundo desconocimiento de la ciencia cuando no de una insoportable manipulación de la opinión pública.

Por último recordar que el planeta Tierra ni está ni estará jamás en peligro por causas humanas. Siempre recuerdo a quienes me escuchan que la Tierra tiene un largo historial de extinciones en masa, una de las cuales, la del Cámbrico hace unos 500 millones de años acabó con el 95 % de la vida del planeta. El planeta puede desertizarse o congelarse, inundarse o arder literalmente en supervolcanes que produzcan los efectos de un invierno nuclear durante años, pero su propia dinámica le lleva a posteriores equilibrios. Lo único que puede amenazar al planeta Tierra son los fenómenos cosmológicos. Los seres humanos, por muy importantes que se crean, no son más que una excrecencia orgánica puntual en la historia de la Tierra.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Y, A PESAR DE TODO, REBELDÍA



Una flor de escarcha se mece dormida en la noche
Sobre su tallo lapizlazuli
Clavado sobre la húmeda tierra ocre,
Y gime en su sueño núbil;
Se agita, suspira y oye
El impenetrable silencio nocturno roto
por el llanto quedo del oboe,
Preso de una repentina tristeza
Mezcla de dolor y reproche.

Nace en la profunda oscuridad del universo
La semilla tierna que corrompe
El último de los corazones límpidos,
Feraz ribera preñada de olores
Donde las aves riparias cazan
Al amparo de los juncos cantores.

Ya no brama el toro en la dehesa
Ni la esquila marca el galope
De la manada que pisa con fuerza
Bajo las encinas y los alcornoques,
Ya no enseñan el romero y la salvia
Sus ropajes multicolores,
Ahora Agata Ruiz de la Prada
Nos viste como payasos informes.

No partió de Granada, Boabdil con su corte,
Para que fuera ahora esclava
De los estúpidos inversores
Que jamás pusieron el pie en sus calles
Pero nos adjudican míseros valores
En su maldito juego de monopoly
Donde juegan con nuestras vidas de manera innoble.

Tan altas las cumbres de Sierra Nevada,
Tan fieras las altas torres
Desde la alcazaba de la Alhambra
Lloran como lloran los hombres
Aquellos que se fueron hacia las Alpujarras
Y dejaron las tierras soñadas
En manos de rufianes y sacerdotes.

Ahora ya, el ocaso es un paño negro de azogue
Que lentamente teje con hilo escarlata
Un futuro cercano que sólo esconde
La miseria de una tierra sedada,
Enfebrecida, concentrada en sus dolores,
Que no es capaz de erguir su espalda
Y agitar en la tarde los antiguos pendones
Para echar de nuestras casas

A esta pléyade de malditos ladrones.

viernes, 27 de septiembre de 2013

FELICES, POR UN MOMENTO

Quizá la vida no sea más que la incesante
Búsqueda de una esquiva felicidad
Que se deja aprehender por un momento
Para luego escabullirse entre los dedos.
Es ese venero de agua clara
Que de improviso mana en un recodo del camino,
Pero que pronto se seca,
Para volver a nacer quien sabe donde
Y bajo que circunstancias.
La felicidad es una golondrina libre
Que anida por épocas cerca o lejos,
Que vuelve a nuestro balcón, inquieta,
Y desaparece tan pronto llega el invierno.
Y, sin embargo, cuanto duele
Perder ese rayo de sol que distraído
Permanece aún por unos segundos
En el lento adormecer del ocaso,
Cuan se echa de menos una vez ido,
Mientras con la mirada triste
Fijamos aquel momento efímero

En que aún permanecía en nuestro regazo.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

POSEÍDA

Aquello no estaba preparado. Simplemente se levantó para ir al trabajo como cualquier martes y se sintió incapaz. Incapaz de ducharse, ponerse el traje, desayunar con su marido y sus hijos, coger el coche, esperar en el atasco, llegar al trabajo. Incapaz de sonreír a las víboras de sus compañeras, de acatar las órdenes estúpidas de su jefe. Sintió que aquello le estaba drenando la vida. Qué aquella mujer era un parásito que se había adueñado de su cuerpo y usurpaba su voluntad mientras los años pasaban y ella era incapaz de desalojarla y tomar las riendas.
De modo que esa mañana cogió a aquella furcia por el cuello y la golpeó contra los azulejos del baño en la soledad de la ducha, hasta que una mancha oscura y sanguinolenta quedó alojada junto al espejo con una perfecta simetría.
Llenó una bolsa de viaje con algunas pertenencias y salió con sigilo. Condujo el coche hacia la salida de la ciudad; hacia aquella carretera que era el cordón umbilical que la uniría a su felicidad.
Decidió volver al pueblo de su infancia. Aquel lugar apartado y recóndito, perdido en las montañas, camino de la costa. Un lugar abrigado del mundo, todavía protegido del ataque de la vida moderna, de las prisas, de las ataduras.
Cuando llegó lo reconoció como el pueblo de su infancia. Y se reconoció a sí misma. La otra había muerto, había quedado lejos en la ciudad, en aquel cuarto de baño que había sido su cárcel por dos décadas. Había quedado en aquella casa, donde su propia familia había sido su carcelera, donde su lecho era un ara que la ofrecía en sacrificio al concepto de familia.
Se instaló en la casa de sus abuelos, largo tiempo abandonada. La decoró con mimo y paciencia y vivió aquella nueva felicidad cotidiana gracias a las inversiones que la perra, como ella la llamaba, había hecho en el pasado.

Pero por desgracia aquello no duró mucho. Una mañana al mirarse en el espejo, la vio de nuevo, de improviso. Estaba allí. Había cambiado el traje de alta costura por un sencillo vestido de flores y un delantal. El peinado de diseño, por un pelo suelto recogido a penas por dos horquillas. El collar de ágata, por una cruz de madera. Pero era ella. Había vuelto una vez más, para usurpar su vida.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Ruta Sacromonte-Llano de la perdiz

Hoy ruta campera con la parienta. Salimos desde Plaza Nueva, para dicurrir por la Carrera del Darro hasta la Cuesta del Chapiz. Subimos la susodicha entre los hermosos cármenes granadinos y nos desviamos a la derecha para coger el camino del Sacromonte que tantas veces anduviera mi añorada abuela. Vamos entre las casas cuevas encaladas y las pencas cuajadas de higos-chumbos ya coloraos atravesando la zona bien llamada Valparaíso. Son fiestas y al lado de la carretera dos fornidos cocineros emblancados cortan ajos y cebollas por arrobas junto a una cazuela en la que podrían bañarse sin problemas diez personas o Falete, verbigracia. Continuando el sendero siempre por la margen izquierda del Darro, se van espaciando las cortijas y las casas con mayor o menor lustre. El olor que emana de ellas es inconfundible, una mezcla de perro añejo, madera ahuecada y rica marijuana mañanera; no hay duda, es zona colonizada por los hippiosos de granada. Seguimos andando y como andamos un poco perdidos pregunto a un lugareño, chaparro, renegrío y semidentado, si está muy lejos el cortijo de Jesús del Valle. Ahí, cortas el río y te avienes paca, y luego entevuelves, y estáunamiajalejos, pero ahí. Como soy políglota no dudo de las instrucciones y seguimos.
Las últimas construcciones van quedando atrás y efectivamente, como bien nos había indicado el autóctono, cruzamos varias veces el río, atravesando por un campo de olivos que hacen las delicias de David, tan amante de la Olea europea.
Finalmente llegamos al cortijo derruido de Jesús del Valle y giramos hacia la derecha para dirigirnos hacia el Canal de los franceses que irá ascendiendo entre retamas y encinas, especies indicadoras del bosque mediterráneo, hasta la meseta del Llano de la perdiz.
Con algún sudor, alcanzamos el altiplano y paramos en una mesa para comer el bocata, rodeado de la paz propia de las zonas de merendero, cuando un domingo con 27 grados se llenan de alegres familias, con sillas, parasoles, neveras, radios, pelotas, los niños, la tía, la abuela, el loro, un elefante africano y la madre que los pario a todos y el ruido que hacen que parece la Gran Vía.
Trasegados líquidos y alimentos, embocamos hacia el cruce, pasados el reloj de sol y el Algibe de la lluvia, que nos llevará hasta la restaurada Silla del Moro, lugar de juegos de mi infancia cuando no era mas que un montón de piedras.
Por último, descendemos por los bosques de la Alhambra, con el sonido hipnótico de las acequias cantarinas, hasta la cuesta de los Gomérez que nos devuelve a Plaza Nueva.
Por pudor, no describiré los dos pasteles con café y batidos que nos hemos jalao.


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