jueves, 6 de febrero de 2020

INSOMNE


Podría dormir tranquilo si la noche no fuera
Tan silenciosa o espesa,
Dulce de leche, pastel de nata,
Podría dormir hecho un ovillo,
Junto a mi ovillo de gata,
Azabache en la oscuridad nocturna
Hierática como una egipcia estatua.
Podría dormir si no fuera tan violenta
La nada que en mi dormitorio acecha
Si las cuatro paredes tan blancas
No se estrecharan y me oprimieran,
Podría dormir si dormir no me matara.
Podría cerrar los ojos y dejarme abandonar
A la pequeña muerte cotidiana
Pensando que tu cuerpo contra el mío
En un desliz se rozaba,
Sintiendo tu espalda infinita
Contraerse entre mis manos piratas.
Podría dormir después de abordar tu cubierta
Y saquear tus entrañas,
Después de subir a tu cofia y escalar
Ese indomable palo de mesana.
Podría dormir esta noche, con tu cuerpo
Apresado en las redes del alba,
Mirando desde el castillo de proa
Tus ojos castaños, tu frente despejada.
Podría dormir, pero no duerno,
Porque esta eterna noche ingrata,
El velero que yo amo, está lejos
Surcando la noche encantada de Granada.

martes, 4 de febrero de 2020

UN PASEO POR LA SELVA


Hoy ha tocado excursión a Sevilla con la chavalería del insti. Qué experiencia tan maravillosa y enriquecedora. Yo he llegado a las 7:45, puntual como la muerte, como no podría ser de otro modo. Mi gen celta anda por ahí siempre dando el coñazo. Eso sí, los autobuses han llegado media hora después. Ya sabemos que el yin y el yang siempre tienen que manifestarse; por cada andaluz serio y cabal debe de haber dos juancojones a los que se la refafinfla todo. Pero bueno, he respirado 13500 veces para no empezar mal el día y me he dicho que hacía una bonita mañana de martes y no quería acordarme de la familia de nadie a tan madrugadora hora. Misión imposible. Mientras controlaba que las extraordinarias criaturas que pastoreamos no salieran a la carretera y lo pusieran todo perdido de su sangre, una madre con un transatlántico me ha donado un sonoro bocinazo para poder llevar a su noble vástago hasta la mismísima entrada del instituto, no fuera que la sangre de su sangre anduviera a tan tierna edad un metro sobre el pavimento con sus propios pies y se mancillara de tan vulgar humanidad. Cuando me he dado la vuelta he agradecido tan sonora dádiva con la mejor de mis sonrisas pues el subfusil me lo están limpiando y de nuevo he contado 5532 respiraciones para controlar mis manos que caminaban con voluntad propia a empalmar la "chirla" que siempre llevo en la mochila.
Bueno al final hemos conseguido ubicarnos en los autobuses. Y yo con mi proverbial sentido de la urbanidad me he ido al final para controlar al pasaje. Qué maravillosa idea. Cómo describir aquí con palabras la extraordinaria sensación de sumergirse en esas preclaras mentes. Esos móviles estudiantiles reproduciendo porno, juegos de violencia extrema y “música” trap todo a todo volumen en un disintonía propia de la mejor banda de jazz puesta de peyote y vodka hasta las cejas.
En un determinado momento he dado una cabezada y se ha iluminado en mi mente un maravilloso sueño en el que unos monos rabiosos y babeantes arrancaban mis ojos con sus manos y raían mi piel con sus uñas mugrientas mientras se arrojaban sus propios excrementos en una bacanal salvaje. Sin embargo, cuando desperté, los monos todavía estaban allí …
Así, rodeado de tan agradable compañía hemos llegado al recinto que acogía el concierto. Una descomunal sala fría e impersonal más propia de una fábrica que de un lugar donde deberían sonar las cultas notas de Purcel. Aun así, si uno cerraba los ojos, la música ejercía su mágico poder y era capaz de sacarle a uno de la jauría y transportarlo a un lugar en donde el flautín saltaba pizpireto a las orillas de un lago de aguas cristalinas, mientras las melodiosas flautas caían por una cascada cantarina, y los violines se bañaban en las apacibles aguas a la vista de unos ilustres contrabajos que pacían mansos sobre la hierba recién cortejada por el rocío del alba aún en retirada.
 Por supuesto en cuanto uno habría los ojos, toda la magia desaparecía de modo instantáneo y volvía uno a ver móviles encendidos, golpes saltando de unos asientos a otros y chicles pegados a los asientos del recinto musical. Y quería uno convertirse en un pequeño sátiro y salir corriendo y refugiarse en esa Narnia musical y nunca más volver. Cerrar la puerta del armario por el otro lado, tirar la llave y quemar el puñetero mueble para evitar cualquier posibilidad de regreso.
Pero Narnia solo existe en los corazones puros y las mentes infantiles. Y los uno están agusanados por la telebasura y las otras corrompidas por el uso sin supervisión de las redes.
Así es que sin más contratiempos hemos regresado en una calurosa tarde de enero más propia de la primavera que llega que del invierno que se va. Y yo he vuelto a mi piso y mi gatita que es negra y no conoce las maldades del mundo, ni los gritos ni los malos modos. A mi gatita que se tumba a mis pies a dormir y cuando se “jarta”, se levanta, se despereza y melosa como es ella se allega hasta mí y me pide una carantoña. Y yo, solícito, le paso la mano por su pelaje lustroso y brillante, y ya no me acuerdo de la barbarie de los gritos, ni de niños de doce años que hablan como comadres sobre La isla de las tentaciones o First date. No me acuerdo de los malos modos ni de los chicles pegados en los respaldos de los sillones de telas policromada. Solo somos mi gatita y yo y la alegre música de Purcel saltando de mueble en mueble de mi casa tranquila y silenciosa.